Reflexiones universitarias | La Formación del Espíritu (I)

Fernando Vizcaya  Carrillo.-

Los libros, como los amores humanos nobles, son excepcionales. Foto: Carolina Sánchez

Ante la necesidad imperiosa de contrarrestar la visión negativa de la realidad política, social y económica nuestra, escribiré algunos artículos que puedan ayudar a pensar en otra dirección, de manera que se puedan dar algunas luces en el mejoramiento personal y con la esperanza que podamos mejorar comunitariamente.

La formación del espíritu -les comentaba a mis alumnos de postgrado- se puede reducir a dos cosas: lectura reflexiva de textos y escribir textos.

La primera idea, leer textos, es aparentemente clara. Aquí surge una idea maravillosa: los libros, como los amores humanos nobles, son excepcionales, elegidos por sí mismos, con ansia de amarlos y dar la vida por ellos.  Y esos libros aparecen, son concebidos y “dados a luz”, en actividades de búsqueda propia y rigurosa de la academia: la investigación. Ella es parte esencial y señera de la institución universitaria. Es el arte de amar, deseado y concretado en obras del espíritu.

La frase de Marco Tulio Cicerón: Nulla Dies sine scriptum, (De Oficii) -ningún día sin escribir-, nos refiere a varios aspectos de la persona humana: hábito de trabajo reflexivo, laboriosidad y amor por la sabiduría (philosophía) o como la definía Platón (Banquete) pasión erótica por la verdad. En esas líneas de investigación, sus publicaciones, sus libros, los informes, e incluso las actas de las reuniones donde se conciben y crean.

Además de estos aspectos, podemos tener en cuenta otro factor importante, y es que se debe tener un abordaje intelectual con asertividad, es decir, positiva y oportunamente. Aumentando la confianza en las propias fuerzas, ganadas en el protagonismo del propio vivir. En pocas palabras, aprender a querer a las personas que tratamos cotidianamente y a los saberes en los que estemos involucrados.

Un primer concepto anunciado es el hábito, la hexis griega. Este es lo único que hace variar al ser de la persona humana a mejorar, pues lo que hace crecer esa estructura creada y racional es el hábito, no son los conocimientos o la erudición, ni las costumbres o rutinas; tampoco los dones que recibimos en nuestra naturaleza. Es la intencionalidad de mejorar en un aspecto concreto de nuestro ser de manera habitual y sistemática. Sin embargo, esa misma estructura ontológica, llevada hacia un fin no natural, produce vicios, que desmejoran esa misma naturaleza, a veces hasta llegar a destruirla.

Lo primero por tanto, es el hábito. Hábito de poner por escrito, guardando los códigos y la gramática correspondiente. En este caso, para quien aspira a una vida intelectual, la escritura es una de las expresiones más genuinas del ese vivir. Eso, como tenemos experiencia de vida, se tropieza con la dificultad del esfuerzo diario, que obliga por la nobleza del oficio  poner por escrito algo de su propio espíritu en un papel o (actualmente) en una pantalla. En este punto recordé una frase de Kant en la Crítica de la razón pura, muy sugerente sobre cómo vencer la dificultad y ponía un ejemplo metafórico luminoso: “…la resistencia del aire podría llevar a pensar a un ave que volaría mejor en un espacio sin aire. Sabemos que es la dificultad del aire lo que sustenta a sus dos alas para el vuelo. La analítica de los conceptos debería comportar una deducción metafísica y una deducción trascendental. La primera demuestra su carácter a priori y la segunda funda su carácter en el conocimiento objetivo”

Lo mismo nos sucede cuando comenzamos a escribir o a estudiar. Y, sin embargo, sabemos que la dificultad es lo que afina el pensamiento a través de la voluntad, y ello va formando el hábito que modifica al ser de la persona. La escritura no es una esclavitud del pensamiento, en realidad es uno de los caminos para su liberación.

Comenta también sobre la trascendencia de esa acción humana un escritor Nobel como John Steinbeck: “Después de las simples necesidades de vivir y reproducirse, el hombre quiere sobre todo dejar alguna constancia de su ser, una prueba quizá, de que ha existido realmente. Deja su huella sobre madera, o piedra o papel, o en las vidas de otras personas. Este profundo anhelo existe en todos, desde el muchacho que escribe groserías en el servicio público hasta el Buda que gritaba su imagen en la mente de la raza. Todo esto en mi reflexión… La vida es tan irreal… Pienso que nosotros dudamos seriamente de que existimos y damos rodeos tratando de demostrarlo”.

* Fernando Vizcaya Carrillo es decano de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Monteávila.

* Carolina Sánchez es estudiante de Comunicación Social de la Universidad Monteávila.

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