Ilusiones juveniles corren libres al ritmo de un balón

Rafael Rodríguez Vargas.-

Desde muy niño Saggiomo entendió que el fútbol sería su prioridad. Foto: Cortesía

Recuerdo la última vez que pisé la cancha sin mirar atrás. Me despedí no solo de mis compañeros, sino de ella. Agachándome por un momento. Sintiéndola en mis yemas. Era oficial: estaría dispuesto a dejar media vida entera, aún demasiado corta, dedicada a correr y patear balones tres días a la semana durante casi diez meses de los doce totales.

No entendería qué es vivir el fútbol, y cómo éste se vive con el corazón, sino hasta años más tarde después de haberlo dejado todo. Supe que el verdadero significado de correr y patear balones no era otro sino la vida misma. Y que esa vida sería fructífera a medida que me refugiara en la pasión. La mejor amiga, amante y musa de todo futbolista.

Así es como él, Daniel Saggiomo, de muy niño lo entendió y decidió asumir esa pasión como prioridad. De más no está decir que lleva en sus genes eso de jugar al fútbol pues su padre, Luis Saggiomo, durante su juventud jugaba tanto como él. Y  fue sin duda quien le enseñó junto a su hermano mayor, Luis, ese culto al deporte rey.

A los cinco años de edad ya tenía una noción bastante clara de lo que era el fútbol. Una habilidad motora que lo diferenciaba de los demás niños de su entorno. En parte por instinto, pero también gracias a la orientación en materia futbolística que llevaba por norma en casa. Tanto su madre, Ana, como su padre, Luis, son fanáticos del fútbol. Así que no tendría escapatoria alguna del balompié si no hubiese decidido amarlo.

Su primera vez, recién estrenando uniforme, fue en el equipo de su colegio, San Agustín de El Marqués. Los gloriosos Agustinos. Para ese entonces jugaba en la categoría “semillita” de la liga ascenso. Allí lo vería jugar Eduardo Saragó, actual director técnico del Deportivo La Guaira, y quien fuera su entrenador al, por su desempeño, subir de categoría. Lo que ambos no sabían era que, varios años después, volverían a encontrarse, y por supuesto con una importante diferencia en relación a sus comienzos durante una temporada jugando para Deportivo Agustinos. Después de todo el primer entrenador jamás se olvida.

Más tarde pasaría a jugar en el Galicia (Hermandad Gallega). Desde sus inicios jugó de volante creativo y esa sería su posición hasta entonces. Nunca probó otra. Siempre fue un jugador distinto, con perfecta visión amplia de la media, y sirviendo de enganche entre la defensiva y el ataque. A tan corta edad era casi dionisiaco su ritmo, su velocidad y su llegada al pase largo. Por eso estaría entre los tantos niños habilidosos y destacados jugando en torneos infantiles de carácter internacional. Si una palabra lo define es constancia.

Estuvo un brevísimo tiempo allí pues una tarde un ojeador del Caracas FC lo había visto entrenar en la Hermandad Gallega. En seguida lo fichó para las filiales de los Rojos del Ávila. Al poco tiempo ya jugaba de titular con el número diez atrás. El tan ansiado diez. Y así empezaría desde los once años a vestirse de rojo todos los días.

Saggiomo ha brillado en los torneos juveniles. Foto: Cortesía

Después de un año y medio, aproximadamente, luego de debutar con el Caracas FC, es convocado a un torneo de la Vinotinto a disputarse en Maturín, estado Monagas, para jugadores nacidos entre los años 1998 y 1999. Esa fue la primera vez que la selección nacional lo convocó. Sin duda, otra gran experiencia clave de su vida como futbolista. Siguió entrenándose en los módulos. Terminaría el sub 14, para luego pasar al sub 15.

Pero nada en su vida entera se compararía a aquella vez que sudó la camiseta de la Vinotinto en un partido oficial del campeonato juvenil más importante en América del Sur. El corazón le latía fuerte, el estómago se le revolvía y el apéndice se le subió a la garganta de un solo respiro. Fue en el Sudamericano Sub 15 cuando se estrenaría entonces con la Selección. Más tarde, lo convocaron también al  Sub 17, donde jugó varios minutos clave para su repertorio de un fútbol adolescente, apenas tomando impulso para trascender a la maduración.

Estando establecido en las filiales de los Rojos del Ávila, a tiempo con la Vinotinto, se encontraría a Saragó, de nuevo, quien  al cabo de unos meses le brindaría una de las oportunidades más importantes de su vida: jugar con la primera plantilla del Caracas FC apenas con dieciséis años. Esa sería la primera vez que jugaría en un ambiente más profesional, y por ende, mucho más rudo y exigente.

Su tamaño y contextura siempre lo han limitado durante toda su carrera, con respecto al nivel físico que llevan sus otros compañeros contemporáneos de juego. Sin embargo, también le han impulsado una mayor destreza en su posición nata, casi sobrehumana, con su amague y precisión de pase al hueco. A la hora de vascular lo hace sin problema y tan natural como respirar, incluso controlando el balón con calma y carácter. Así que es relativo el dilema con su masa corporal que tanto le preocupa al cuerpo técnico del club y de la selección.

El esfuerzo y el trabajo diario tienen sus frutos. Después de todo, cuando se ama tanto algo, al final, por más obstáculos que haya en el camino, se alcanza. Para muestras está Saggiomo, diciendo presente con cada pase que da y con cada gol que marca.

Aunque actualmente se encuentre en la primera plantilla del Caracas FC, y  haya participado aunque sea unos pocos minutos para conseguir el boleto a lo que sería su primer Mundial (Sub 20) que, sin duda, se convertirá en la mayor experiencia de su vida futbolística presente, sigue esperando el llamado a la selección mayor de la Vinotinto. Sabe que algún día llegará. Porque cree en él, en su juego, y en su país. Porque tiene fe en el de allá arriba. Y, sobre todo, porque supo enfocarse en su camino, a pesar de haber tantos. El balón es el mismo, pero los rumbos siempre son distintos.

* Rafael Rodríguez Vargas es estudiante de Comunicación Social de la Universidad Monteávila.

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