Apología de la libertad hecha por un ex izquierdista

Kelvin Brito.-

Vargas Llosa no rehúye el debate político. Foto: photopin (license)

Es difícil, por no decir imposible, que un intelectual se mantenga ajeno a la política. Las razones pueden ser infinitas, pero podemos aducir dos en principio: por presión de la sociedad, de los medios de comunicación, de gremios o de otras fuentes, que le exigen al individuo que fije una posición ante un hecho o suceso en concreto; o precisamente por lo contrario a la primera, pues el intelectual se siente tan turbado –o complacido- que se ve en la obligación de manifestarse. Las diferencias no pueden ser más sencillas: en aquella, la persona opina por una demanda que exigen otras personas; en esta, toma partido inducido por su conciencia.

El caso de Mario Vargas Llosa no es la excepción a la imparcialidad política. Y esto le ha ganado tanto la admiración de muchos como el desprecio por otro, ya sea porque se vea obligado por la sociedad o por sus propios principios. Esto no le ha cohibido de fijar posturas ante las noticias más álgidas y escabrosas, que muchos intelectuales preferirían evadir.

Es harto conocido que las polémicas declaraciones dadas por el Premio Nobel de Literatura le han merecido, aun hoy por hoy, el respeto de unos y la satanización de otros, pero no por eso deja de perfilarse como uno de los intelectuales más importantes del continente y del mundo.

Estos son los motivos por los que Aguilar, perteneciente al grupo Santillana, publicó en 2009 una recopilación de ensayos bajo el título de Sables y Utopías. Visiones de América Latina, texto en que se deja de manifiesto los postulados políticos, económicos, sociales y culturales del Premio Internacional Rómulo Gallegos.

Desde el mismo prólogo –hecho por Carlos Granés- se deja muy en claro que el criterio de compilación no es el temporal, sino el temático: el orden de los escritos obedece más a razones de tópicos que a fechas. La extensión de los mismos es bastante variable, desde tres o cuatro páginas hasta ensayos extensos que pueden sobrepasar las diez páginas.

El libro está dividido en cinco capítulos, de los cuales cuatro están referidos directamente a temas político-ideológicos y uno se dedica a asuntos literarios. Los escritos también tienen un contenido rico en varios aspectos: Desde cartas a mandatarios como Videla y Fidel Castro, semblanzas anecdóticas y análisis generales de Latinoamérica; hasta radiografías concretas a países, críticas a presidentes y otros intelectuales.

Acaso uno de las apreciaciones que podemos rescatar de la recopilación es que Vargas Llosa no niega su pasado. Todo lo contrario: lo abraza hasta exponerlo en varias páginas, donde aparecen los ensayos escritos de su pluma y letra en la época donde era fiel seguidor de los ideales de izquierda y abierto defensor de la revolución cubana. El cambio ideológico también es algo apreciable en el texto, y lo podemos ubicar entre finales de la década de los sesenta y principios de los setenta, cuando finalmente se vuelve partidario del liberalismo.

Las críticas del autor de La Fiesta del Chivo son infinitas, pero se puede fijar en estas líneas algunas de ellas. Principalmente él no critica a los intelectuales de izquierda por ser tales, sino porque se contradicen: mientras  apoyan a tal o cual régimen en sus escritos, promueven la censura de aquellos que discrepan de sus ideales. Es entonces cuando Vargas Llosa acota que un régimen más o menos democrático se caracteriza por promover –o reprimir- la libertad creativa, de expresión, de pensamiento. Esos son grosso modo los principios que defiende el arequipeño.

Otro de los dilemas tratados es la discordancia de la realidad latinoamericana: mientras sus gobiernos son de corte autoritario y dictatorial, su literatura crece y es ejemplo para el mundo. A esto da respuesta alegando que la literatura es el escape perfecto para liberar los deseos utópicos de los escritores. O dicho de otro modo: la imperfección de la realidad latinoamericana tiende a crear obras idealistas donde la realidad sea perfecta. Un ejemplo de esto es el surgimiento del realismo mágico en los diversos países que le dan cuerpo a Hispanoamérica.

Sin excepción, todos los países latinoamericanos cuentan con su propio análisis. Incluso hay algunos que cuentan con varios, como es el caso de Venezuela: en el libro aparecen escritos donde se plasma, por ejemplo, una apreciación que le hace a Rómulo Betancourt cuando lo visitó a finales de los setenta en la Quinta Pacairigua de Altamira; titulada Charla con un viejo zorro. Es de especial mención un análisis que elabora de los primeros años de Chávez en el poder, bajo el nombre ¡Fuera el loco!

Vargas Llosa entiende que no puede desprenderse de la literatura por completo, y por ello el último capítulo del libro está dedicado totalmente a la actividad literaria latinoamericana, donde dedica varias páginas a la obra de escritores de la talla de García Márquez, Borges y José Lezama Lima.

Sables y Utopías constituye uno de los mejores compendios de actualidad realizado por un intelectual de indiscutible trayectoria y experiencia. Es en suma un escape de lo literario; una actitud rebelde en contra de los que prefieren permanecer imparciales ante las aberraciones y abusos del poder en Latinoamérica.

* Kelvin Brito es estudiante de Derecho de la Universidad Monteávila.   

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