Cuento – Retazos

Hoy comenzamos la publicación de las historias ganadoras del concurso de cuentos de los alumnos del segundo semestre de Comunicación Social, de la sección D, en la materia de Redacción y Estilo. Retazos obtuvo el tercer lugar.

Juan Pablo Abolio.-

Ya no es solo un recuerdo. Sé que están ahí, osadas como el haz que se asoma en la oscuridad y que se convierte en el centro del universo, sus figuras inconfundibles se plantan como torres en la distancia. Las necesito.

¿Dónde estoy? Recuerdo la noche acuarelada que me arropaba en el sendero que recorría. ¿A dónde iba? Todavía siento la alegría, los nervios y el amor de un viaje apresurado. ¿Qué me pasó? El frío del pavimento en el pecho se mezcló con el ardor de las ascuas que abrasaron mi espalda.

«Sebastián».

Una voz; una que reconozco enseguida. La voz de alguien que conozco desde hace tiempo. Una persona importante en mi vida y por quien la daría. Pero no logro verla.

—¿Quién eres?

Un silencio impaciente enmudece el vacío que me rodea antes de que la voz familiar vuelva a pronunciarse:

«Ven».

De pronto, como una ráfaga de centellas ante mis ojos, imágenes de una muchacha dulce, risueña y de gran belleza. Estaba recordando a Ángela, mi esposa.

—¡Ángela! ¿Dónde estás?, no veo nada.

La voz no me responde y siento cómo el abismo quiere apoderarse de mí.

Reflejos de rubíes y zafiros vienen acompañados desde la lejanía por un llanto agudo e inquietante que me mantiene a salvo de esta oscuridad. No entiendo qué pasa.

Escucho fragmentos de voces agitadas:

—¡Sigue vivo! ¡Súbanlo a la camilla!

Al son de los gritos, pienso en aquella voz confortante que ya no me da respuesta. Su dulzura apaciguó mi tormento y el recuerdo de mi esposa me da paz.

Una corriente súbita y violenta, que desde el pecho se esparce por todo mi cuerpo, arremete contra mi descanso. Veo rostros borrosos y siento bajo mis costillas un corazón que late exaltado. En la confusión y el alboroto que hay, logro escuchar a uno de los que se encuentra allí:

—La mujer falleció con la bebé.

Otra corriente súbita atraviesa mi cuerpo y mi alma con él.

Recuerdo.

—Mañana van a ser papás —nos avisó el doctor a Ángela y a mí—. ¿Cómo se sienten?

Él estaba satisfecho. Había sido un embarazo sin complicaciones y nos felicitó por nuestro seguimiento de instrucciones, que fue impecable desde el comienzo.

Recuerdo un profuso amor parental que esperaba por ser estrenado.

Pinceladas de carmín y azafrán en una habitación que sería el refugio de los sueños para una niña. Mecedora para los arrullos de cada noche. A una abuela que reservaba el amor de sus últimos años de vida a una nieta por nacer.

Recuerdo el jazmín que perfumaba un hogar en el que se limpiaban las prendas de un ser que seguía creciendo en el vientre de su madre. Las noches en las que una pareja imaginaba la vida de alguien que ellos mismos crearon. El enojo de una embarazada que quería más pañales y de la frustración que sentí, porque sabía que iban a sobrar.

Recuerdo aguas rotas horas antes de lo previsto. Las lágrimas que se deslizaban nerviosas y emocionadas por nuestros rostros y las respiraciones que nos enseñó el doctor, que ya no estaba tan lejano. Y de nuevo escucho la voz de mi amada que me llama a lo lejos. De nuevo siento esa corriente súbita e implacable de un mundo en el que no me queda nada.

*Juan Pablo Abolio es estudiante de la Universidad Monteávila

This article has 2 Comments

  1. Excelente cuento de uno de los mejores alumnos de mi cátedra de Redacción y Estilo ii semestre.
    ¡Sigue así, Juan Pablo! Te auguro un futuro brillante.
    Estoy orgullosa de ti
    Profesora Susana Spada

    1. Profe, infinitamente agradecido por su apoyo y guía durante estos dos semestres.
      Un gran abrazo.
      Juan Pablo.

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