Historia y libertad | Razones para la esperanza

Carlos Balladares Castillo.-

Hay muchas razones para luchar por Venezuela. Foto: Rubén Sevilla Brand

El año 2016 me dejó varias certezas, una de ellas surgió de una discusión con mi gran amigo y colega Daniel Terán Solano. Yo siempre he pensado que los profesores y docentes debemos decir la verdad a nuestros alumnos, porque la verdad es el centro de la enseñanza. ¿Pero y si esa verdad lleva al desánimo debemos decirla? Daniel me dijo que nuestro principio fundamental como docentes y cristianos es transmitir esperanza a los jóvenes cuando pareciera que no hay razones para tenerlas. En ese momento percibí que esta era una verdad indiscutible y que por encima de la evidente catástrofe que padecemos los venezolanos, y que amenaza con hacerse peor, está nuestra condición humana que busca ver las posibilidades donde no las hay.

En este sentido les propuse un ejercicio a mis alumnos. Les dije que enumeráramos el mayor número de hechos y razones para creer en un cambio positivo en el corto o mediano plazo en nuestra triste situación nacional. Al principio me dijeron que dicha búsqueda  era una pérdida de tiempo porque “esto no lo resuelve nadie”, pero al contarles que yo me había planteado dicha tarea «exprimiéndome el cerebro» y examinando minuciosamente nuestra realidad, pues les dio curiosidad escucharme y poco a poco fuimos elaborando una lista de razones para tener esperanzas en medio del desastre.

La primera de ellas es que a mayor agudización de la crisis hay mayores posibilidades de cambio. No es una ley pero la historia habla de muchos ejemplos al respecto, porque la gente se decide a hacer sacrificios debido a que ya no tienen nada que perder. La segunda es que el régimen nunca había tenido tal porcentaje de rechazo (más del 80%). Solo pensemos en los tiempos de Chávez para contrastar. La tercera es que poseemos la unidad de las principales fuerzas opositoras en una organización que ya tiene años de experiencia tratando de conciliar una gran diversidad de ideas y partidos, y a pesar de sus defectos esta ha obtenido algunos triunfos importantes. No estamos atomizados como otras oposiciones en el mundo de las dictaduras o regímenes híbridos. La cuarta es que tenemos una mayor atención del mundo. La quinta: ya no nos quieren como inmigrantes por lo que debemos quedarnos y cambiar esta realidad. No nos queda otra.

La sexta: nuestra tradición democrática que ha resistido durante 18 años y que viene desde la Generación del 28 (e incluso más atrás), por lo que resulta casi imposible demorar por mucho tiempo la realización de las elecciones. La séptima: nuestros emigrantes son una ventaja, porque nos ayudan desde afuera tanto en lo que respecta a la opinión pública internacional como en recursos para seguir resistiendo. La octava: ver el cambio va a ser algo emocionante de vivir. La novena: una vez logrado el cambio seremos los que lo aprovecharemos porque nos quedamos, porque hemos resistido y hemos ganado experiencia para hacerlo realidad. Además, seremos un mercado atractivo para las inversiones debo al tiempo que hemos pasado sin ellas. La décima: cuando viejo tendrás una gran aventura que contar a tus nietos: lograste derrotar una dictadura y reconstruir la próspera y hermosa democracia que ahora ellos disfrutan.

Al final llegamos a la conclusión que un diagnóstico de la realidad está incompleto si este solo observa los peligros y el mal, sin valorar las oportunidades y la bondad que existe en cada persona. Algunos probablemente piensen que una mentalidad optimista niegue la realidad, y ciertamente conozco individuos así los cuales podemos calificar como ingenuos. Los mismos pueden llevar a sacrificios inútiles fruto de su ceguera. La actitud, entonces, es ampliar nuestra visión asumiendo un optimismo realista. Dicha visión nos hizo afirmar – aunque siempre están los que no creen en nada y que no ven la posibilidad del cambio – que el final de la pesadilla está más cerca de lo que pensamos. “No tengamos miedo”.

* Carlos Balladares Castillo es profesor de la Universidad Monteávila.

* Rubén Sevilla Brand es estudiante de Comunicación Social de la Universidad Monteávila.

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