Vida en abundancia | Gratitud

Carlos Lanz.-

EL amor entre padres e hijos entraña gran nobleza. Foto: photopin (license)

El amor de los padres a los hijos es una actividad del alma de una gran nobleza, y también la de los hijos hacia los padres. Se cuenta que a un artesano forjador de campanas un gran rey le hizo el encargo de hacer la campana con el sonido más dulce que jamás se hubiera escuchado. La encomienda tenía aparejada una grave amenaza: si el retintín de la campana no era del gusto del monarca debía pagar con su vida no atender los regios requerimientos. Habiendo oído la bella y joven hija del maestro campanero que la carne humana otorgaba al metal el más deleitoso de los sonidos, no dudó en arrojarse a la fundición donde su padre fabricaba la campana para asegurar la exigente manufactura y evitarle así infausta muerte a su progenitor. Esto es lo que denomina piedad filial. Los hijos nos debemos a nuestros padres.

No hay manera de retribuir el amor y los sacrificios que los padres hacen por sus hijos. Por esto la Sagrada Escritura ofrece en el cuarto mandamiento que honrar a padre y madre conlleva una recompensa en este mundo y en el próximo. Nuestra cultura imbuida de  individualismo quiere hacer ver que los hombres y las mujeres somos completamente autónomos y no reconoce la naturaleza humana dependiente en distintas épocas de la vida. En las edades avanzadas de la vida debe haber una preocupación por las generaciones más jóvenes de velar por sus padres.

Siempre admiré la estatura espiritual, intelectual y moral de San Juan Pablo II. Me preguntaba cuando vivía si había alguna faceta de su personalidad no desarrollada o desconocida, hasta que publicó Memoria e Identidad. Allí encontré al Papa patriota, al amante profundo de su Polonia natal. En esos textos desgrana un amor inmenso a su tierra, sustentada por razones históricas, culturales, filosóficas, y, por su supuesto, sobrenaturales.

Escribe el Papa: “la expresión ‘patria’ se relaciona con el concepto y la realidad de ‘padre’ (pater). La patria es en cierto modo lo mismo que el patrimonio, es decir, el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados. Es significativo que, en este contexto, se use con frecuencia la expresión ‘madre patria’. En efecto, todos sabemos por experiencia propia hasta qué punto la herencia espiritual se transmite a través de las madres. La patria, pues, es la herencia y a la vez el acervo patrimonial que se deriva; esto se refiere ciertamente a la tierra, al territorio. Pero el concepto de patria incluye también valores y elementos espirituales que integran la cultura de una nación”. 

Estos elementos recibidos tienen el talante de una tradición, de algo recibido, forjado con los años, que debemos agradecer y transmitir.  Por esto debe haber un sentido de gratitud y compromiso con la cultura o nación a la que pertenecemos, por nacimiento o por decisión, del mismo modo que debemos velar por el bienestar de nuestros padres.

Sigue diciendo el Papa, al relacionar la patria celestial, a la que aspiramos, con la terrena: “la patria, como herencia del padre, proviene de Dios, pero en cierta medida procede también del mundo. Cristo vino al mundo para confirmar las leyes eternas de Dios, del Creador. Pero ha iniciado al mismo tiempo una cultura totalmente nueva. Cultura significa cultivo. Cristo, con sus enseñanzas, con su vida, muerte y resurrección, ha vuelto a ‘cultivar’ en cierto sentido este mundo creado por el Padre. Los hombres mismos se han convertido en el ‘campo de Dios’, como escribe san Pablo (1 Co 3, 9). De este modo, el ‘patrimonio’ divino ha tomado la forma de la ‘cultura cristiana’. Esta no existe solamente en las sociedades y naciones cristianas, sino que se ha hecho presente de alguna manera en toda cultura de la humanidad”.

Más argumentos para el agradecimiento y la disposición a servir a nuestros hermanos en la tierra común: compartimos el mismo encargo de cultivar para el bien de todos.

La madre puede que en algún momento de su historia se haga achacosa y enferma. En ese momento no debemos abandonarla. No lo haríamos con nuestra madre.

* Carlos Lanz es profesor de la Universidad Monteávila.

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