Ideas en palabras | Un disco estético

Estefanía Maqueo A.-

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El Premio Nobel a Bob Dylan genera mucha controversia. Foto:photopin (license)

Vamos a leer. Estas tres palabras pueden ser mágicas si se usan correctamente. La lectura ha sido, por mucho tiempo, objeto de placer y estudio, que ha originado a grandes poetas, escritores y críticos que viven por y para ella. Hoy en día no se puede concebir un mundo sin lectura, ni siquiera para aquellas personas que afirman que “no les gusta leer”, puesto que leer un mensaje de Whatsapp en el teléfono es una forma de lectura.

Lectura y literatura van de la mano. La una no puede vivir sin la otra y viceversa. No obstante, cuando se intenta darle una definición a la literatura, casi resulta imposible. ¿Por qué? Porque la literatura posee un proyecto estético que ha intentado ser definido y cuyos resultados son diferentes e inciertos. Sin embargo, algo sí se puede afirmar: la literatura vive para la estética.

Muchas obras han sido escritas y muchas más leídas. De los más de 2000 mil años de vida, el hombre siempre ha buscado la manera de comunicarse y expresar sus pensamientos, ideas y emociones, ya sea porque busca ser leído, o simplemente porque quiere dejar la esencia de su existencia. Sin embargo, es importante entender que más allá de todas las manifestaciones de lenguaje que existe, no todas son literatura. ¿Por qué? Porque la literatura necesita de una estética y una ficción. Tal como afirma Alfonso Reyes en su obra Apolo o de la Literatura (1940): “Sin intención estética no hay literatura”.

Si se realiza un recuento histórico sobre la importancia de la literatura, se observa que el autor es una pieza importante puesto que en él reside el objetivo de mostrar algo que va más allá del entendimiento o que, por el contrario, se conoce pero se ignora. De esta manera, los autores de la época antigua y medieval eran alabados por las historias que narraban, las cuales eran contadas en reuniones y celebraciones con el fin de embelesar a los presentes. Gracias a esta función, hoy en día se conocen obras como la Ilíada, Tristán e Isolda, El Cantar de los Nibelungos, Beowulf, etc. Para el autor, no era necesario un reconocimiento en aquella época, solo bastaba con que las historias fueran conociéndose.

El hombre moderno, no obstante, ha cambiado de idea: ahora busca el reconocimiento. Y el hombre posmoderno más aún. Así, ha creado premios con la finalidad de exaltar sus características y su superioridad hacia los demás. Si bien no se debe negar que estos han ayudado a conocer ciertas ideas y principios que anteriormente eran ignorados, no se puede obviar que la objetividad no está a la mano de este tipo de situaciones. Quizás en algún momento sí lo fue, pero ahora no. Basta con recordar, por ejemplo, a Flaubert y su juicio por su obra Madame Bovary: más allá de alabar la creación literaria que había escrito (la cual, por cierto, cambió el sentir del romanticismo francés del siglo XIX), fue juzgada por la temática que empleaba su autor, el cual buscaba crear una conciencia y una crítica hacia la sociedad en la que estaba viviendo. Obra incomprendida por la burguesía francesa, fue en el siglo XX cuando se le dio la importancia que merece.

Actualmente, existen muchas maneras de premiar y reconocer un autor. Nombrar y enumerarlos todos sería sumamente largo y extenso, lo cual no es el objetivo, pero sí de reconocer uno de los premios que más interés tiene en el público en general: el Nobel de Literatura.

El Nobel de Literatura es un reconocimiento que se le hace a un autor a partir de las creaciones que este ha hecho a lo largo de su vida, lo cual conlleva un largo proceso lleno de obstáculos y dificultades que solo el escritor conoce. Para unos importante y para otros no, el Nobel representa para la sociedad una forma de re-conocer nombres y obras que, en algún momento, pudieron ser olvidados o que, por el contrario, se conocen y se desean homenajear.  Tal es el caso, por ejemplo, de autores como Gabriel García Márquez, Mo Yan, Thomas Mann, Gabriela Mistral, T.S. Eliot, William Faulkner, Ernest Hemingway, Albert Camus, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, etc., quienes recibieron en algún momento el galardón. De nacionalidad diversa, todos tienen algo en común: escribieron literatura y crearon un proyecto estético.

No obstante, este año ha ocurrido algo completamente distinto a los anteriores: un músico gana el premio. Las razones, en palabras de la Academia Sueca, son: “Por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”. Releyendo estas palabras y conociendo al personaje, Bob Dylan, cualquiera que haya escuchado su música y leído sus composiciones está completamente de acuerdo. Sin embargo, las opiniones han sido diversas y, ante la admiración de algunos, también hay el rechazo de muchos más.

¿Cuál es la razón del rechazo? Bob Dylan nunca ha escrito literatura. Ese es el argumento. Válido o no, este no es un espacio para este debate. Pero si se puede analizar por qué un músico, según un estrato de la sociedad, no debe ganar un Nobel de Literatura. La respuesta es muy simple: no es un literato.

Pueden sonar las palabras muy vagas y frías, pero sí tienen algo de verdad. Bob Dylan jamás ha escrito literatura pero sí canciones. Ahora bien, ¿las composiciones musicales son literatura? Ese es el punto a tratar. Si se piensa en la antigua Grecia, los textos homéricos fueron escritos a partir de una tradición oral cantada que contiene, evidentemente, elementos de estética y ficción. Inclusive más cercano a la época actual, la Generación Beat utilizaba la influencia del jazz para componer sus poemas y, en ocasiones, los declinaban en compañía de ella, de tal forma que ambos ritmos se mezclaban para crear una composición perfecta y armónica. Si se piensa de esta manera, entonces la música sí puede contener ciertos elementos literarios.

Es muy difícil tratar de responder los planteamientos anteriores, pero sí se puede entender que el problema aquí radica en la actitud de las personas que, de cierta manera, reaccionan ante su desconocimiento. Quizás sea cierto que Bob Dylan no debió ganar el Nobel o todo lo contrario, lo merecía por todo lo que ha hecho y contribuido al mundo de las artes y las letras, pero si no se sabe definir o entender qué es literatura, no se puede dar una visión objetiva y concreta. Además de ello, hay que comprender que la Academia Sueca está compuesta por hombres y mujeres que tienen la capacidad de decidir acorde a sus ideologías y principios las cuales, en ocasiones, pueden ser cuestionadas. Si no se cree así, solo hay que pensar en autores como Jorge Luis Borges, cuya extensa obra literaria nunca fue reconocida por la Academia, o el tiempo que tardaron en otorgarle el reconocimiento a Mario Vargas Llosa, o el Nobel que merece Haruki Murakami, que viene haciendo ruido desde hace un tiempo.

Puede que el premio a Bob Dylan siga dando de qué hablar por algún tiempo, o sea olvidado tal como ocurrió con Winston Churchill, pero la sociedad debe comprender que el mundo está cambiando y las inclinaciones también. No obstante, lo que se debe recordar es que literatura seguirá siendo un arte escrito que contiene estética y elementos de ficción, la cual puede combinarse con otras artes como la música, mientras que esta última es un arte que combina sonidos a partir de las leyes de armonía, melodía y ritmo.

Quizás más sencillo sea que exista un Nobel para la literatura y otro para la música. No obstante, ¿en dónde quedaría el debate?

* Estefanía Maqueo A. es profesora de la Universidad Monteávila.

This article has 2 Comments

  1. Ejemplos de músicos-poetas: Los bardos o trovadores medievales, los copleros de nuestros llanos, el actual hiphop. Controversial el premio: ¡The times are a-changing!
    Bueno su artículo. Saludos

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