Miguel González.-
La Grita, una pequeña ciudad situada en la región andina, es considerada la “capital suplente” del Estado Táchira por ser uno de los exponentes más importantes en el área financiera, económica y religiosa de la región. Fue fundada en el año 1576 por el capitán español Francisco Cáceres. En el año 2010 fue declarada ciudad, pero no deja de tener la esencia y el ambiente de un pequeño pueblo venezolano.
Los recuerdos de un viaje a La Grita evocan imágenes cálidas, familiares, de juegos y paseos en un pueblo lleno de alegría, solidaridad y costumbres, un pueblo que parecía haberse congelado en una burbuja. Ahora hay un ambiente de tristeza y melancolía por los viejos tiempos, por las memorias que se van convirtiendo en una simple historia para contarle a los más jóvenes.
Para llegar a La Grita desde el aeropuerto más cercano se deben atravesar aproximadamente tres poblaciones, en un recorrido de una hora. En el viaje de este año una protesta de los habitantes de La Fría forzó una primera parada en el camino. Al parecer es algo usual las protestas por falta de gas, por eso muchos de los habitantes que no estaban manifestando pasaban caminando tranquilos y conversando como si ya estuvieran acostumbrados a este tipo de escenas.
Para evitar el bloqueo el taxista decidió atravesar una “trocha” (camino de tierra que une dos carreteras) y así proseguir el viaje. Mientras transitaba por la vía el carro golpeó una roca por la parte de abajo, dañando el radiador, lo que ocasionó la segunda parada.
En medio de la carretera el taxista se bajó para ver qué le sucedía al motor del carro. No había pasado más de diez minutos cuando se detuvo una primera persona para ver en qué podía ayudar, y así fueron llegando más personas hasta que otro taxista decidió remolcar el auto hasta el pueblo más cercano: Seboruco. No dejaba de sorprender la educación y la amabilidad de los lugareños: parecía que todos eran amigos de la infancia a pesar de que apenas se conocían.
La Grita estaba fría, de esos fríos que hace años no se sentían, como si el clima entendiera la situación que vivía la ciudad. Sin embargo, era el mismo sitio familiar de siempre. Al caminar por el lugar, visitar zonas no recorridas, es imposible no encontrar un rostro conocido, un rostro amable que devolvía una sonrisa.
Para ser Navidad la ciudad se veía muy apagada, se sentía una indiferencia, una especie de rechazo en sus calles que antes eran repletas de luces navideñas en los balcones y la música que se podía escuchar desde la calle que las acompañaba.
A lo mejor se debe a las colas para echar gasolina que se forman en las avenidas, o tal vez las colas en el centro de la ciudad por solo existir tres entidades bancarias y seis cajeros automáticos, la cantidad de personas y perros que se encuentran en situación de calle, las fallas en los servicios básicos como el agua, el gas, las líneas telefónicas, la luz, el aseo. Se hace evidente que ni el adorable pueblo podía salvarse del día a día que se vive en Venezuela. Era imposible ignorar el contraste, no parece justo comparar La Grita de hace unos años con La Grita de ahora: fría, en crisis y sufriendo, como muchos otros, en silencio.
Todas estas escenas son recordatorios de la situación que no solo se vive en Caracas sino en todo el país. Por lo general se piensa que la problemática actual se centra en la capital, pero La Grita es la prueba de que llega a todos los rincones del país y afecta a todos.
Pero es esperanzador encontrarse con rostros llenos de alegría, esa picardía que caracteriza al venezolano, solidaridad, amabilidad, educación y especialmente humildad, que a pesar de la situación difícil buscan la manera de sobrevivir y siguen fieles a sus tradiciones y costumbres. No importa cuántos golpes reciba La Grita en sus casi 441 años desde su fundación, sigue siendo una ciudad fuerte que se levanta y se defiende.
* Miguel González es estudiante de Comunicación Social de la Universidad Monteávila.
Excelente crónica!!! Adelante Miguel!!! Felicitaciones!!!