La huida de las musas

Emilio Spósito Contreras.-

Con una lluvia de misiles rusos cayendo sobre Ucrania como telón de fondo, presenciamos el calentamiento de la lucha climática.

El 25 de mayo de 2022 un ecologista radical lanzó pastel sobre la Monna Lisa o La Gioconda, de Leonardo da Vinci (1452-1519), obra emblemática del Museo del Louvre y de la Historia del arte.

El 9 de octubre dos miembros de Extinction Rebellion se unieron con pegamento al cuadro Masacre en Corea de Pablo Ruiz Picasso (1881-1973), exhibido en la Galerí­a Nacional de Victoria, en Melbourne.

El 14 de octubre, en la Galerí­a Nacional de Londres, dos activistas de Just Stop Oil lanzaron sopa de tomate a Los Girasoles de Vincent Van Gogh (1853-1890).

El 23 de octubre miembros de Letzte Generation arrojaron puré de papas a Los Pajares de Claude Monet (1840-1926), expuesto en el Museo Barberini de Potsdam.

El 27 de octubre, en el museo Mauritshuis de La Haya, nuevamente miembros de Just Stop Oil pegaron sus manos a la obra La joven de la perla, de Johannes Vermeer (1632-1675).

El 5 de noviembre dos integrantes del movimiento Futuro Vegetal se pegaron a la Maja vestida y a la Maja desnuda de Francisco de Goya (1746-1828), que se encuentran en el Museo del Prado.

El 9 de noviembre dos mujeres, pertenecientes a Stop Fossil Fuel Subsidies, se adhieren con pegamento a las Latas de sopa Campbell de Andy Warhol (1928-1987), en la Galerí­a Nacional de Canberra.

El 15 de noviembre, nuevamente miembros de Letzte Generation arrojaron un lí­quido negro sobre el cuadro Muerte y Vida de Gustav Klimt (1862-1918) en el Museo Leopold de Viena.

También se han atacado fósiles de dinosaurios en el Museo de Historia Natural de Viena (10 de noviembre) y momias en Museo Egipcio de Barcelona (13 de noviembre).

Esta serie de actos puede traducirse simplemente como una agresiva campaña de sensibilización contra la contaminación ambiental y el deterioro climático, aunque por lo reiterado del objetivo y contexto de los ataques, también podrí­a interpretarse como una campaña contra la exhibición de colecciones de arte y otros objetos en museos.

En la antigí¼edad, se sabe que los griegos Atalo Sóter (269-197 a. C.), rey de Pérgamo, y su hijo Eumene II (221-159 a. C.) organizaron exposiciones de arte. Así­ como que los romanos Marco Claudio Marcelo (circa 270-208 a. C.) y Cayo Asinio Polión (75 a. C.-4 d. C.) reunieron importantes botines de guerra que expusieron en pórticos y atrios de la ciudad. En el mismo sentido, puede considerarse a Marco Vipsanio Agripa (c. 63-12 a. C.) el iniciador de las exhibiciones de obras de arte como un espectáculo público.

En la modernidad, Pedro Leopoldo de Habsburgo-Lorena (1747-1792), antes gran duque de Toscana y después emperador del Sacro Romano Imperio, además de artí­fice del célebre Código Leopoldino (1786) por el que se abolió la pena de muerte —según los postulados contenidos en De los delitos y las penas (1764) de César Beccaria (1738-1794), marqués de Gualdrasco y de Villareggio—, es especialmente recordado por abrir al público, en 1769, su gran gabinete de curiosidades: la Galerí­a de los Uffizi.

Después del gesto florentino, uno de los mayores logros de la Revolución Francesa (1789) y de la propia edad Moderna, fue la nacionalización de las colecciones reales y sobre todo su exhibición pública en un “museo” —en homenaje al antiguo Museion de Alejandrí­a—. Tal es el origen del Museo del Louvre, abierto el 8 de noviembre de 1793, seguido del Museo Nacional de ímsterdam (31 de mayo de 1800), el Museo del Prado (19 de noviembre de 1819), la Galerí­a Nacional de Londres (10 de mayo de 1824), el Antiguo Museo de Berlí­n (3 de agosto de 1830), la Antigua Pinacoteca de Múnich (16 de octubre de 1836) o el Museo del Hermitage (5 de febrero de 1852).

En el Nuevo Mundo, continuaron el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (20 de febrero de 1872), el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires (1895), el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana (28 de abril de 1913), el Museo de Bellas Artes de Caracas (1917), el Museo del Palacio de Bellas Artes de México (29 de noviembre de 1934) y el Museo Nacional de Bellas Artes de Rí­o de Janeiro (13 de enero de 1937), entre otros.

Efectivamente, las colecciones de obras de arte no son inocentes. Las exposiciones de arte se asocian al poder, que magnánimo, se muestra para la admiración del público a través de sus riquezas. De allí­ que los museos estén en la mira de los conquistadores de turno, para tomarlos como botí­n, saquearlos, o simplemente destruirlos. En la invasión rusa de Ucrania, por ejemplo, se ha denunciado el despojo de unos 40 museos.

No obstante, también es fácil entrever la importancia universal de los museos para la conservación y promoción de bienes que hoy forman parte del patrimonio cultural de los pueblos, así­ como la participación ciudadana, el desarrollo social, el intercambio de ideas o la creatividad.

La irrupción de extremistas en el moderno templo de las musas y el ataque —aun simbólico— de la obra de arte, de la obra maestra que preside el espacio museí­stico, reproduce los ataques iconoclastas, la ruptura de imágenes, en la supuesta defensa del ambiente, divinidad panteí­sta, distinta y enfrentada a los hombres, en sí­ntesis, la oposición entre la técnica y la naturaleza.

La acción de los ecologistas radicales parece estar provocando más rechazos que simpatí­as en la opinión pública, y respecto de los museos, además del aumento de las primas de los seguros, los costos de vigilancia y los protocolos de acceso, parece estar despertando el peligroso interés de los egoí­stas, que buscan apropiarse de la visión de lo bello.

*Emilio Spósito Contreras es profesor de la Universidad Monteávila

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