Fanatismo

Alicia Álamo Bartolomé.-

Más de heridos dejó reyerta en un partido de fútbol en México. Foto: Cortesía

Estoy en desacuerdo con toda forma de fanatismo y lo he escrito varias veces. Para mí éste es responsable de muchas páginas dolorosas de la historia humana, así sea fanatismo político, ideológico, religioso o de otra índole, como por ejemplo, el deportivo, a cuyo caso quiero referirme hoy.

Con espanto hemos sabido de lo acontecido en México en un simple partido de fútbol local, entre dos equipos anónimos para el resto del mundo, el Querétaro y el Atlas. Los fanáticos de ambos, después de arrancar una reja que los separaba, se enfrascaron en una guerra sin cuartel donde hubo decenas de heridos, ¿es lógico? Lo encuentro lo más absurdo como manifestación humana.

Está bien que uno vaya con uno u otro equipo, que aúpe y se entusiasme con el preferido, pero no hasta el punto de deformar el espectáculo deportivo, que es para solaz y recreación, en una batalla campal. Conocidos son esos fanáticos al balompié ingleses que creo llaman hooligans, cuyo acceso vetan países y estadios de Europa. Son una verdadera peste que ha llevado la violencia extrema al espectáculo deportivo.

Parece mentira que hayan surgido en un país tan civilizado como el Reino Unido, ¿qué podemos esperar ni criticar de la nación del Jalisco nunca pierde y los charros fanfarrones?

El problema está en el fútbol en sí mismo como deporte, como se le toma en la actualidad. Ha perdido toda la elegancia de llevar sólo con los pies un balón hacia su meta. Más limpio no podría ser, pero se ha trucado la pulcritud por el triunfo y el rendimiento económico. Hay que meter goles a toda costa, aunque por medio de fouls disimulados o no, vayan cayendo las víctimas en el camino. Lo que es igual no es trampa: el procedimiento es válido para ambos bandos.

Aunque el referee se agote de pitar, sacar tarjetas amarillas y rojas, expulsar a individuos, amén de que muchas veces se hará la vista gorda, para acelerar el asunto o porque simplemente no tiene ojos en la nuca. Lo cierto es que a los aspirantes a futbolistas hoy en día los deben preparar, sobre todo, como boxeadores, aptos para recibir golpes por todos lados y, sobre todo, a saber sortear las zancadillas, que son las reinas del fútbol contemporáneo. Si no es así, los engañan. Tienen que estar listos para recibir y responder la maldad. ¿Es esto deporte?

Antes se decía que el deporte era para el desarrollo armonioso del cuerpo, la firmeza de los músculos, la salud, la belleza plasmada en las esculturas griegas, no para hacer colección de moretones y rompeduras de huesos. Por eso prefiero el boxeo, los individuos se preparan para caerse a golpes, conscientes de lo que hacen y aunque también este deporte ha caído en un mercantilismo degradante, muchas veces una pelea por el campeonato mundial de pesos pesados resulta más limpia que la final del fútbol del campeonato planetario cada cuatro años. ¿Si o no? ¿Quién no recuerda ese ballet maravilloso de Muhamad Ali frente a su adversario? ¡Aun cayendo por K.O. el tipo caía con gracia!

Pero ahora el fútbol ha acaparado todo el interés del orbe. Se juega fútbol hasta en las islas desiertas y cada cuatro años se paraliza el mundo ante las pantallas de TV que registran la competencia de los equipos de las naciones que clasificaron. El futbol acabó con las corridas de toros en España y las peleas de gallos en Latinoamérica. ¿Quién habla de la Plaza de Las Ventas en Madrid?

La nueva catedral del espectáculo es el estadio Santiago Bernabeu. Ya no hay Joselitos ni Belmontes, Manoletes ni Arruzas, sino Ronaldos y Messis. Adiós a unas glorias que se fueron y coleccionaban heridas de cuernos en su cuerpo y ave a los que llevan ahora contusiones, morados y huesos astillados. Todos pagan con quebranto del cuerpo sus triunfos, pero los unos por arrojo, arte y valor, los otros por motivos más bajos. Creo que hace falta una tarea de purificación del deporte. Una vuelta a su origen olímpico en Grecia. Un renacimiento del ayer, aunque parezca una paradoja, no se vuelve atrás, pero las enseñanzas del pasado pueden servirnos para una renovación en el futuro. Quizás haya que poner en boga otra vez el deporte amateur, alejarse del profesionalismo pervertido.

*Alicia Álamo Bartolomé es decana fundadora de la Universidad Monteávila

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