En la Monteávila, vinimos a crecer

Isabel Lessmann.-

“Deberí­ais crecer, niñas… Estáis muy verdes aún”, Svetlana Aleksiévich La guerra no tiene rostro de mujer

Vivimos tiempos de cambios. Internos y externos. Buenos o malos son etiquetas que asigna quien los observa, quien los vive y quien se apresura a calificarlos. Después de todo, ¿no es, acaso, el cambio “la única constante”?

Nuestras anclas y fortalezas se encuentran en la fe, sí­.

Y también en el encuentro con el otro, en las fuentes que nos nutren y enriquecen con sus valores y principios, en las instituciones sólidas que responden a sus fines desde la permanencia de su identidad, de su sentido y de la razón de ser. En sus familias, en sus casas… en la universidad.

Una universidad con la que compartimos valores y nos invita a ser copartí­cipes de su misión. Una universidad que propicia encuentros estimulantes con profesores, compañeros, textos y discusiones que, de otra manera, no hubiéramos podido encontrar por nuestra cuenta.

Es la Universidad Monteávila, en particular, donde nuestro deseo de aprender se une a la búsqueda de la verdad, donde la libertad se plantea como una manera de compartir conocimientos desde la colaboración, donde nos encontramos personas para compartir saberes.

Es allí­ donde, además, cada discí­pulo aprende de un maestro dispuesto a enseñar y aprender, en nombre de un fin común, en aras de un bien mayor.

Nos encontramos conectados en identidad y actividad, en estructura y fundamentos y en efectos y crecimiento. Como comunidad, nos identificamos con la institución a la que pertenecemos y participamos en sus proyectos desde la vocación de servicio y de convivencia.

Vivir la experiencia universitaria pasa, necesariamente, por conocer la misión, orí­genes y fundamentos de la institución educativa a la que pertenecemos y por desarrollar nuestro rol en ella desde nuestra mejor intención y voluntad. Con vocación. Con responsabilidad.

Vivir la experiencia universitaria pasa por interesarnos en conocer a los miembros de la institución que nos recibe y sentirnos acogidos y cobijados por ellos.

Vivir la experiencia universitaria pasa por explorar nuestro potencial como seres humanos, entregarnos al profundo desarrollo de nuestro ser y hacernos partí­cipes de los cambios que nos rodean –que siempre existirán- en procura de la construcción del mejor horizonte que podamos soñar y crear.

Mostrar nuestro espí­ritu universitario pasa por amar la verdad, por abrirnos al saber, por desarrollar un pensamiento crí­tico que nos permita vencer prejuicios y superficialidades y por ver más allá de modas y tendencias.

Mostrar nuestro espí­ritu universitario se fortalece en la valoración de la inteligencia y del lugar que ocupa la edificación de la persona en nuestros planes y acciones.

Mostrar nuestro espí­ritu universitario se evidencia en la convivencia, en la alegrí­a del encuentro con cada persona que habita el campus.

Recreamos en este verde ambiente responsabilidades desde el diálogo, desde la apreciación de todo lo que nos rodea, en el detalle del amor a lo cotidiano y al valor de cada segundo que forma parte de la atemporalidad que nos acoge y nos nutre. Desde ellas, nos invita a actuar y a crecer con confianza.

Nuestro ideal, tomado con serenidad y conciencia, nace del trabajo bien hecho, de los años de preparación y estudio, de las herramientas adquiridas para afrontar una vida en movimiento, con sus ilusiones e inquietudes, con sus retos y triunfos, con sus cambios siempre presentes.

Regresamos a la presencialidad con un animado espí­ritu universitario y, sobre todo, con un alto sentido del deber y la responsabilidad. Somos parte de algo más grande que todos nosotros.

Vivimos la experiencia universitaria y mostramos nuestro espí­ritu universitario en la institución que escogimos: en la Universidad Monteávila.  El mundo seguirá moviéndose, el interno y el externo… Nosotros, ¡vinimos a crecer!

*Isabel Lessmann es profesora de la Universidad Monteávila

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