La edad de la vanidad

Felipe González Roa.-

Enamorado de su propio reflejo, no podía dejar de mirarse. Estiraba su mano para intentar alcanzarse, pero era inútil todo su esfuerzo.

Hoy tal vez Narciso no se contemplaría en las aguas de un estanque. Hoy, quizá, solo suspiraría por un like y un retweet, añoraría más followers. Pocas son las dudas: bienvenidos a la edad de la vanidad.

La vanidad es esa sensación de desmedido amor propio, de desmesurada superioridad, de sentirse mejor que todos los demás, de mirar por encima del hombro y despreciar al resto. Exigir amor, admiración, simplemente por ser quien es, solo para no dejar de situarse en el centro de todo. Vanidad, arrogancia, soberbia…

La tradición cristiana sitúa a la soberbia dentro de los siete pecados capitales, junto con la pereza, la ira, la gula, la avaricia, la envidia y la lujuria. Y así como, tal vez, se puede asegurar que el siglo XX fue la era de la lujuria, el siglo XXI es ya la edad de la vanidad.

El vanidoso no puede sentir real empatía porque estima que todo debe girar a su alrededor. Nunca hará algo por alguien más que no sea él mismo, jamás brindará una mano amiga ni ofrecerá el apoyo de su hombro. Siempre exigirá lo que cree que merece: siempre cree merecerlo todo.

Son cientos de miles los “rey-sol” que hoy pululan en el mundo, sobre todo en su versión digital. Unos pequeños, otros aún más pequeños, ansían siempre más atención. Hoy muchos de ellos intentan copar lugares que deberían ser entendidos como espacios de encuentro: Instagram, Tiktok, Facebook, Twitter… ¡Mírame, mírame, mírame!

Algoritmos y metaversos aparte, la tecnología será siempre una maravilla. En el espléndido discurso de The Great Dictator ya lo recordaba Charles Chaplin cuando decía “los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana”. Y lo mismo puede decirse de las redes sociales, sitios creados para compartir y unir, no para ser una competencia por los focos.

Más que mirar la diminuta pantalla de un teléfono celular esperando la explosión de los like, en lugar de apelar por la calculadora (por supuesto, que también está en el teléfono celular) para sumar los follower ganados en la última semana, todos aquellos que deseen compartir sus ideas e inquietudes deberían pensar primero en lo realmente importante: el contenido, el mensaje… El fondo y el trasfondo.

Hace casi cuatro años, en una entrevista concedida al diario español El País, Jürgen Habermas recordó que la invención de la imprenta hizo de todos potenciales lectores, mientras que la creación de internet convirtió a todos en potenciales autores. ¿Pero qué estamos creando? ¿Para qué?

“Es posible que con el tiempo aprendamos a manejar las redes sociales de manera civilizada. Internet ya ha abierto millones de nichos subculturales útiles en los que se intercambia información fiable y opiniones fundadas. Pensemos no solo en los blogs de científicos que intensifican su labor académica por este medio, sino también, por ejemplo, en los pacientes que sufren una enfermedad rara y se ponen en contacto con otra persona en su misma situación de continente a continente para ayudarse mutuamente con sus consejos y su experiencia. Se trata, sin duda, de grandes beneficios de la comunicación, que no sirven solo para aumentar la velocidad de las transacciones bursátiles y de los especuladores. Yo soy demasiado viejo para juzgar el impulso cultural que originarán los nuevos medios. Lo que me irrita es el hecho de que se trata de la primera revolución de los medios en la historia de la humanidad que sirve ante todo a fines económicos, y no culturales”, afirmó el filósofo alemán.

Y mientras tanto todos nos empezamos a volver demasiado viejos, pero Narciso sigue extasiado frente a su reflejo. 

*Felipe González Roa es director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila

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