Reflexiones universitarias | La Formación del Espíritu (III)

Fernando Vizcaya  Carrillo.-

Sabio es el que es capaz de mirarlo todo con mente tranquila. Foto: photopin (license)

Escribimos en el último artículo sobre esa necesidad real de leer. Leemos constantemente y se lee con profundidad en la medida en que se lee mucho y reflexivamente. Este es otro aspecto, más específico dentro del campo de los hábitos, la laboriosidad, que es en efecto una disposición del espíritu, la cual en el plano intelectual y en el trabajo universitario tiene una gran importancia. Leer como labor ordinaria, es decir diaria.

Estamos trenzando lectura y escritura como esos dos pilares de la formación, de dar forma al espíritu. Y viene poco a poco la respuesta a esa pregunta anterior: ¿cómo aprender a escribir? Creo que lo único indispensable es escribir mucho. Para ello requerimos una disposición en el hábito anunciado: la laboriosidad. Además la sencillez de saber que no basta con el hacer, hay que tener la sabiduría de consultar y oír las sugerencias de esas otras personas. Es decir, aquí tenemos un factor importante: alguien tiene que leer lo que escribimos.

Nos acogemos a lo sugerido por un profesor de Universidad de Navarra, Nubiola. “Para enseñar a escribir en el marco del asesoramiento personal, lo que es indispensable es leer pronto y con atención lo que los estudiantes escriban, corregirlo cuidadosamente y comentar con ellos nuestras correcciones y sugerencias”. Parece fácil lo que acabo de decir, pero no lo es, pues requiere dedicar tiempo y atención a esa tarea.  Creo interpretar que esto nos llama a la visión de que este profesor posee la virtud de leer y corregir y esto en un tiempo no muy lejano, es decir, tiene laboriosidad.

Además tenemos la certeza que una persona que lee o escribe no necesariamente es sabia en ello que se aprende de manera memorística. Y peor aún, si su escritura es simplemente un “cortar y pegar” como se dice actualmente con los recursos tecnológicos. Ya ese problema lo trató Platón en el Fedro (275ª), con el mito del rey Theuth. “Este conocimiento, oh rey -dijo Theuth- hará más sabios a los egipcios y vigorizara su memoria: es el elixir de la memoria y de la sabiduría lo que con el he descubierto. A lo que respondió el rey: ¡Oh ingenioso Theuth! Una cosa es ser capaz de engendrar un arte y otra comprender qué daño o provecho encierra para los que de ese arte han de servirse. Y así tu, que eres el padre de los caracteres de la escritura, por benevolencia les has atribuido facultades contrarias a las que poseen. Porque en efecto, producirá en el alma de los que lo aprendan el olvido por descuido de la memoria, ya que fiándose de la escritura, recordarán de un modo externo valiéndose de caracteres ajenos a ellos mismos. No es pues el elixir de la memoria sino de la rememoración. Es la apariencia de la sabiduría, no su verdad, porque una vez que hayas hecho de ellos eruditos sin verdadera reflexión, su compañía será difícil de soportar porque parecerán sabios en lugar de serlos”

Detenimiento y serenidad de espíritu para ver lo que hacemos y producimos. Estamos entrando en el tercer ámbito anunciado, el amor por la sabiduría. Lo que puede completar, hilar y darle sentido esta conferencia es el amor por la sabiduría. La cercanía impetuosa de nuestra naturaleza a una actividad que nos atrae a todo el ser personal.

Sabio, por tanto, no es el que conoce todas las cosas, sino el que es capaz de mirarlo todo con mente tranquila, es decir, con una serenidad de espíritu que posee el que tiene las competencias y capacidad propias de su alma para entender la realidad, influir en ellas, proyectar cambios y también inducirlos en otras personas, como es el caso de los educadores en toda la extensión de la palabra. El que comprende lo humano en su profundidad. Comenta Julián Marías: “Lo humano se entiende mejor por las necesidades, los requisitos, las pretensiones, que por la realidad. Cuando decimos por ejemplo que el hombre es racional, no queremos decir que el hombre razona (mucho menos que razone bien) sino que necesita razonar, que no tiene más remedios que razonar; en otros términos, que la razón es una exigencia del hombre”

Todo esto nos lleva a un arte de vivir. Los esfuerzos de la Universidad, de los distintos grupos de trabajo como esta línea de investigación, posee en sí por definición, una invitación al trabajo y éste, en el sentido más profundo de la palabra, es una actividad llena de hábitos positivos. Es decir, ámbitos plenamente humanos donde nos podemos proponer pensar, actuar, conocer a otros, amar esas cosas que conocemos y a las personas que se relacionan con nosotros porqué esta actividad que une, es el vínculo del entramado humano.

* Fernando Vizcaya Carrillo es decano de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Monteávila.

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