En tono menor | El viaje de la luz

Alicia Álamo Bartolomé.-

La luz es vertiginosa, pero más rápido viaja el pensamiento. Foto: photopin (license)

Si alguna cosa es fascinante en la Física es el estudio sobre a luz. La rama de esta ciencia que la estudia es la Óptica. Se la define como una de las radiaciones electromagnéticas, cuyas partículas, carentes de masa, se llaman fotones y viajan, en el espacio vacío, a la velocidad vertiginosa de 299.792,458 km/s. Un rayo de luz entre la tierra y la luna tarda 1,26 s. ¡Qué cerca  estamos… a la velocidad de la luz!

Hasta aquí la ciencia, con su aparente fría y exacta descripción de la realidad. Digo aparente porque no es del todo verdad. Quien se adentra en la ciencia -para mí especialmente la Física- va descubriendo un maravilloso universo que termina por enamorarlo y apasionarlo. Sin embargo, la luz no es sólo objeto de la ciencia, sino del humanismo, de la poesía, de la religión. Porque la luz descubre, disipa las tinieblas, suscita la claridad para la mente, para las decisiones, las rutas a seguir.

¿A qué velocidad viaja el pensamiento? ¿Alguien lo ha medido? Me imagino que es más rápido que la luz. Ya no se trata de fotones sin masa sino de… ¡no sé! Sólo sé que estoy aquí y al mismo tiempo me veo contemplando el Partenón o/y bajo el techo miguelangélico de la Capilla Sixtina, por ejemplo. Sobran estos. El viaje más maravilloso es el de la imaginación. Y es un viaje luminoso.

La poesía es luz. El poeta despierta la metáfora, el sentido oculto de las palabras, el giro, los contrastes, el ritmo o el impacto sonoro, con el misterioso rayo de luz que nace y crece en su cerebro, se proyecta sobre la realidad y la transforma, con la imprescindible ayuda del corazón. El poeta ama y crea, reflejo, pálida repetición humana del acto mismo de la Creación que se hizo en la palabra, el Verbo: ¡Hágase la luz…! Y comenzó el universo.

Sin embargo, la luz también puede ser tinieblas. Se mira de frente al sol y nos quedamos ciegos. La luz traspasa la capacidad de asimilación del sentido. Así la razón no puede ver a Dios porque la sobrepasa y la deja a oscuras. Solo hay una luz que puede, que intenta avizorar la divinidad: es una luz negra, es la luminosa oscuridad de la fe. Parece un contrasentido pero no lo es. La fe es creer sin ver. Si uno ve ya no necesita fe. De ahí el valor inconmensurable de la fe. El mismo Jesucristo lo definió al decirle  al incrédulo Tomás que había creído porque había visto, pero dichosos eran los que sin ver creían. Dichosos entonces nosotros, todas las generaciones siguientes de cristianos, creyentes sin ver.

Maestro de esta doctrina de las tinieblas de la fe es San Juan de la Cruz, el poeta y el místico de la Noche. Va más allá. La fe se nutre y se afianza dentro de otra luz invisible pero cálida y constructiva: la caridad.  Sobre ambas se afianza la esperanza, tan necesaria para seguir adelante en la lucha diaria del hombre sobre la tierra.

¿Acaso en este  artículo no hemos viajado en un rayo de luz?

* Alicia Álamo Bartolomé es decana fundadora de la Facultad de Ciencias de la Comunicación e Información de la UMA.

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