Monotonía

Alicia Álamo Bartolomé.-

Para unos, la vida es monótona. No digo que no, sobre todo en estas circunstancias pandémicas y de cuarentena. Tengo prácticamente un año que no salgo a la calle, que no cruzo el umbral de la puerta de mi casa. Mis dos últimas salidas fueron en febrero de 2020 para dar mi curso en la Universidad Monteávila. Pero ya estaba restringida, sin carro y sin chofer, una alumna me venía a buscar. Llegó marzo con coronavirus y me encerré.

¿Cuál puede ser mi vida? En esta época de invierno me levanto a las 7 am -de marzo a noviembre a las 6.30-, hago mis primeras abluciones, tomo un pre-desayuno de jugo de frutas, café claro y las píldoras prescritas, me meto en mi meditación matutina, mitad sentada, mitad caminando por el pequeño jardín a un costado de la casa, luego subo a la terraza y llevo un poco de sol-cuando hay- mientras rezo el rosario del día y la coronilla de la misericordia.

Según la época, bajo directamente a oír la santa misa por TV o al desayuno completo y después la misa. Me gusta la que trasmite desde Estados Unidos el canal EWTN, sea a las 8 am en verano, sea  las 9 am en invierno. Esto, todos los días, sin variación ni alternativa, además de mis ganas de no levantarme, mis dolores de cadera, mi torpeza de rodillas, mis pasos vacilantes y mi eterno cansancio. ¿No es esto rutina, monotonía, fastidio?… ¡Claro que lo es! Y; sin embargo…

¿No es esto rutina, monotonía, fastidio?… ¡Claro que lo es! Y; sin embargo…

No lo es. Cuando comienzo a sentir mi rutina diaria como monotonía, enseguida reacciono y exclamo: ¡Todo por tu gloria, Señor! Y se me cambia el panorama. Además, no es verdad que no cambia nada. El clima varía y puedo o no caminar o subir a la terraza. La plataforma cibernética falla, como en estos días, el canal de la misa se vuelve un hormiguero sin señal y oigo entonces la de TV-Familia a las 12 m, aunque no me gusta mucho.

El rasgueo de guitarra y el furruco me perturban el rigor de la liturgia, pero finalmente es un cambio. Nada es rigurosamente exacto en el día a día. Lo es en ciertas manifestaciones del arte y de la fe.

En arquitectura, el remate de un zócalo, desde el arte milenario hasta hoy, suele ser una greca, ya sea en piedra, cerámica, mosaico o pintura. La greca es un dibujo repetido en cadena, monotonía, sí, pero convertida en arte.

En la poesía un estribillo que remata la estrofa, da cadencia musical al lenguaje y lo monótono lo transforma en belleza. En música, no se diga, la repetición se impone. El acompañamiento a la melodía es una insistencia de los mismos acordes y la misma melodía el compositor la reitera in crescendo hasta exaltar la emoción del oyente. Monotonías que conmueven.

En la fe, el enlace sin fin es la oración vocal, camina a lado del silencio de la meditación, como apoyo sonoro. Repetición, sí, pero trascendente y útil. El ritmo es importante en los espacios del espíritu. El mejor ejemplo de esta monotonía orante es el Santo Rosario. Mientras se meditan los misterios de la vida de Cristo, las avemarías van cayendo como pétalos de rosa al paso del Señor. Monotonía inspiradora e impetratoria de probada eficacia: ha ganado batallas, ha convertido incrédulos y curado enfermos.

Repetición, sí, pero trascendente y útil. El ritmo es importante en los espacios del espíritu

Monótona es la lluvia que cae, pero no en vano, fertiliza la tierra, hace que la naturaleza estalle en verdes, colores, perfumes y formas. Si observamos el mundo donde estamos, esta casa común, que dice el Papa Francisco, todo es producto de una monótona repetición creadora: nace el día, muere en la noche para volver a nacer; el agua evaporada de la tierra se transforma en nubes que volverán a bajar; la planta se poda y retoña; la semilla germina, se convierte en árbol que da frutos cuya semilla volverá a germinar; también el hombre nace y muere, pero otro hombre nace; la luna recorre con rigurosa precisión de tiempo todas sus fases; los ríos fluyen sin cesar hacia el mar, a otros ríos, a llenar lagos o caer en saltos.

¿Quién puede negar la majestuosa hermosura de la monótona caída del agua, luego convertida en espuma, de las cataratas del Niágara o del Salto Ángel?

Entonces, si en el arte, la religión y la naturaleza la reiteración de la monotonía puede ser trascendente, ¿por qué no en la vida corriente? Es cuestión de actitud, de enfrentar la realidad cotidiana con natural y positiva aceptación, de dar a cada instante que vivimos sustancia de eternidad.

*Alicia Álamo Bartolomé es decana fundadora de la Universidad Monteávila

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