San Juan Pablo II y los venezolanos del 2020

Carlos Balladares Castillo.-

El biopic de la TV italiana sobre la vida de San Juan Pablo II (Karol: el hombre que se convirtió en Papa, 2005, Giacomo Battiato) que va desde su juventud truncada por la invasión a Polonia en 1939 hasta su elección como Papa en 1978, centra la trama en un principio cristiano fundamental que tendemos a olvidar, aunque lo tenemos frente a nosotros. Me refiero al sentido del que es el símbolo fundamental del cristianismo: la cruz. El poder salvífico de la cruz, del sufrimiento, del dolor, de la entrega de nuestra vida como donación, cueste lo que cueste, para hacer realidad el amor en su pleno sentido.

Son muchas las enseñanzas que nos dejó el Santo Padre, pero me parece que esta es la más importante y la más necesaria para nosotros los venezolanos de principios del siglo XXI. Me gustaría, como una humilde forma de conmemorar el centenario de su nacimiento (18 de mayo de 1920), mostrarles algunos momentos y aprendizajes de mi “trato” con San Juan Pablo II a lo largo de mi vida, y que en buena parte están relacionados con este aspecto.

Al ser electo en 1978, y después de medio siglo que no se elegía a un Papa no italiano, permitió visibilizar una historia de sufrimiento. La de un pueblo que había padecido los dos grandes totalitarismos del siglo XX: el comunismo que seguía controlándolo y el fascismo en su versión nazi durante la Segunda Guerra Mundial. No olvidemos que Polonia fue la nación que estuvo ocupada por más tiempo bajo el orden de exterminio y esclavitud del Tercer Reich, y que después no fue “liberada” por los tanques soviéticos, sino que de inmediato la Rusia Bolchevique la convirtió en su satélite.

En ese ámbito de dolor y opresión Karol Wojtyla no eligió la frustración, el resentimiento y el odio sino transformar el sufrimiento en una entrega llena de caridad, asumiendo desde muy joven la vida sacerdotal.

Como decían algunos en broma: “hacer de la Polonia profundamente católica un país socialista era como ensillar una vaca”, su naturaleza profundamente espiritual no podría soportar el estatismo ateo. En ese ámbito de dolor y opresión Karol Wojtyla no eligió la frustración, el resentimiento y el odio sino transformar el sufrimiento en una entrega llena de caridad, asumiendo desde muy joven la vida sacerdotal.

Mi niñez y adolescencia me descubrieron un Papa de una gran vitalidad viajando por todo el mundo en un trabajo incansable de acercamiento a todos y en todo; y con una producción intelectual sin parangón, iluminando con la verdad una sociedad que se globalizaba pero que al mismo tiempo todo lo hacía parte del dominio de la duda y el relativismo. Juan Pablo, como le decíamos, nos llenaba de una inmensa esperanza en el deseo de tener una vida auténtica. Muy especialmente al tener una cariñosa “preferencia” por los jóvenes, y yo lo era en ese entonces.

Si alguna vez podría ser débil y dudar, él me recordó la hermosa y profunda fuerza de la tradición religiosa y cultural de mi familia y mi nación. Ser católico no se reduce a una fe, sino que va más allá y asume una forma de entender el universo y la realidad toda. Juan Pablo nos recordaba la gran dignidad del ser humano en su naturaleza libre y amorosa,  que ningún sistema político por opresivo, poderoso y persuasivo podría destruirla. Sus palabras llenas de fuerza y esperanza nos hacían erguirnos y caminar de frente ante el mal… “¡No tengáis miedo!”

Nunca olvidaré el día que sufrió un atentado, del cual salió herido de bala, y al enterarme le avisé a mi abuela, yo solo tenía 10 años. Cuando la escucho llorar y llenarse de gran angustia pude aprender lo que significaba el Papa para los católicos. Como niño me preguntaba: ¿cómo mi abuela llora por alguien que nunca ha visto en su vida? Porque es algo que va más allá del liderazgo religioso; es un sentimiento de cariño paterno-filial, pero es también el símbolo de la unidad, de la Comunión (incluso con los hermanos separados).Sus palabras llenas de fuerza y esperanza nos hacían erguirnos y caminar de frente ante el mal… “¡No tengáis miedo!”

Sus palabras llenas de fuerza y esperanza nos hacían erguirnos y caminar de frente ante el mal… “¡No tengáis miedo!”

Aprendí que estemos o no de acuerdo con las acciones de cualquier Papa, es después de Cristo, la fortaleza de la Iglesia. Su papel en el cristianismo ha sido reconocido por el Evangelio (“Tú eres Pedro y …) y la Tradición. San Juan Pablo II tuvo la oportunidad una vez más de mostrarnos la capacidad redentora, formadora y de profunda transformación del dolor. No salió del hospital condenando a sus asesinos, y a la primera oportunidad visitó al autor material en la cárcel y lo escuchó en una silente “confesión”.  

Y después cuando me dediqué en la universidad a estudiar una carrera de ciencias sociales, pude vivir uno de los acontecimientos históricos más esperanzadores, y en los que el Papa tuvo un papel protagónico gracias a su acción diplomática y pastoral. Me refiero a la caída del bloque comunista entre los ochenta y principio de los noventa, hecho histórico que San Juan Pablo II nos permitió comprender a través de su concepto de la “ideología del mal”.

Idelogía que tiene en la violencia su principal medio para gobernar, porque no negocia ni dialoga, ve al contrincante político como el enemigo, y por tanto susceptible de ser destruido o execrado de la vida pública. En su discurso la mentira es lo dominante, porque “la revolución” está por encima de toda verdad, ley o moral. Por todo ello no promueve la paz debido a que manipula la justicia y no cree en la solidaridad sino en la homogenización social obligada, donde las mayorías son pobres e incluso miserables, de modo que el control por el hambre se facilita.

Sobran las anécdotas y enseñanzas por contar de nuestro querido San Juan Pablo II, pero los artículos no pueden ser muy extensos de manera que finalizo con sus palabras:

(…) Acoged con gratitud al amor de Dios y expresadlo en una verdadera comunidad fraterna; estad dispuestos a entregar cotidianamente la vida para transformar la historia. El mundo necesita, hoy más que nunca, vuestra alegría y vuestro servicio, vuestra vida limpia y vuestro trabajo, vuestra fortaleza y vuestra entrega, para construir una nueva sociedad, más justa, más fraterna, más humana y más cristiana: la nueva civilización del amor, que se despliega en servicio a todos los hombres. Construiréis así la civilización de la vida y de la verdad, de la libertad y de la justicia, del amor, la reconciliación y la paz. (Sois la esperanza de la Iglesia, 11-IV-1987

Carlos Balladares es profesor de la Universidad Monteávila

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