Historias del futuro| “La etrusca disciplina” y el derecho

Emilio Spósito Contreras.-

Rousseau afirma que las teocracias son “buenas en cuanto reúnen el culto divino y el amor a las leyes”. Foto: Photopin

Etruria, pueblo septentrional de Italia, que floreció entre los siglos VIII y VII a. C., fue considerada una de las naciones más religiosas de la antigüedad. Este hecho resulta especialmente relevante, primero, porque las antiguas civilizaciones ya eran bastante creyentes y, segundo, porque los etruscos –junto a los latinos y los sabinos– concurrieron a la formación del pueblo romano, “el más libre y poderoso pueblo de la Tierra (Rousseau, J. J., Contrato social IV, 4, §2).

Gran parte de lo que sabemos de los etruscos fue referido por los mismos romanos que, aunque en parte descendientes de estos, también fueron culpables de tergiversarlos, quizás porque su orgullo les impidió perdonarles que fueran sus dominadores en los albores de la urbe. Así lo confirman los nombres etruscos de muchos reyes romanos: Tarquinio Prisco, Servio Tulio, Tarquinio el Soberbio.

Como lo señala Alain Hus en su obra Los etruscos: pueblo secreto (1957), las creencias toscanas, llamadas por Aulo Cecina –de antepasados etruscos– la “Etrusca disciplina”, constituyeron una religión revelada, de “libro” y de ritos.

Según las fuentes, de un profundo surco de la tierra surgió un niño con la sabiduría de un viejo: Tages –hijo de Genio y nieto de Júpiter– quien reunió al pueblo y les reveló la existencia de un dios supremo, inefable, cuyo nombre, dicho al oído de uno de los presentes, le causó una muerte instantánea. Sin duda una referencia a la experiencia humana de anonadarse frente a la inmensidad del Ser.

Aunque en un primer momento se trató de “libros orales”, sabemos de escritos sobre arúspices (libri aruspicini), que adivinaban a partir del hígado de animales sacrificados, sobre rayos y relámpagos (libri fulgurales), reveladores del porvenir y, sobre rituales (libri rituales).

En los libros rituales existían disposiciones precisas sobre lo que estaba permitido o era “fas”. La descripción de la fundación de la ciudad de Roma hecha por Rómulo, se corresponde a uno de estos ritos: Después de obtener auspicios favorables, el fundador “…dibujó la figura de un cuadrado alrededor de la colina trazando mediante un arado, compuesto de un buey uncido junto a una vaca, un surco continuo que debía recibir la muralla” (Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma I, 88, §2).

Este cuadrado trazado por Rómulo (pomerium) fue el asiento de las divinidades romanas primitivas: Júpiter, Juno y Minerva, una tríada, al igual que los etruscos Tinia, Uni y Mernva (Eliade, M. y I. Couliano, Diccionario de las religiones 28). Una clara muestra de la finalidad de la ciudad (civitas) como expresión de la “Etrusca disciplina”.

En este espacio no se toleraba (nefas) el poder militar (imperium militiae), de allí que en el pomerium los doce lictores –etruscos, claro– debían prescindir del hacha en sus fasces. De allí, la imperdonable ofensa de Remo. Una ruda forma de advertirnos sobre los peligros de separarnos del Ser, de racionalizarnos, de individualizarnos.

Más sutil Cicerón –amigo de Cecina y también de antepasados etruscos–, en su obra La república, nos recuerda que: “Nada hay de lo que se hace en la tierra, que tenga mayor favor cerca de aquel dios sumo que gobierna el mundo entero que las agrupaciones de hombres unidos por el vínculo del derecho, que son las llamadas ciudades…” (VI, §13). “Vínculo” jurídico desde la perspectiva del Fas.

Como nos recuerda Homero Calderón, Aulo Cecina opinaba que la acción política era a su vez un hecho moral y religioso.

Modernamente, en uno de los pasajes más complicados del Contrato social, Rousseau afirma que las teocracias son “buenas en cuanto reúnen el culto divino y el amor a las leyes”, lo que supone que “…violar las leyes era ser impío y someter a un culpable a execración pública era dedicarlo a la cólera de los dioses (IV, 8, §18).

Sin temor a equivocarnos, en el infierno etrusco, Caronte y Tuchulcha, bien pudieron encargarse de atormentar eternamente a los lucumones que en vida se apartaron de la comunión de las ciudades con la divinidad, inobservaron las leyes divinas o, peor aún, gobernaron con impiedad a su pueblo.

*Emilio Spósito Contreras es profesor de la Universidad Monteávila.

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