Felipe González Roa-
No es porque sea perfecta, sino porque es perfectible. Esa es la razón por la cual la democracia es el mejor sistema de gobierno. Es el único modelo político que puede superarse día a día, adaptarse a las necesidades de una sociedad, y no imponer una rígida estructura que ahogue anhelos u obligue a seguir una particular forma de entender el mundo.
Son varios los requisitos que necesita una democracia para mantenerse vigente, pero en estas líneas es posible reducirlos a tres: la preminencia de un régimen constitucional, el sostenimiento de una fortaleza institucional y el desarrollo de conciencia ciudadana. Estos elementos, aunque pueden estudiarse por separado, no podrían comprenderse plenamente sin establecer una estrecha relación entre cada uno de ellos.
Un régimen constitucional implica el reconocimiento de una serie de derechos que ofrezca garantías a los individuos y el diseño de una estructura jurídico-administrativa que vele por el cumplimiento de esos principios. De esta base nacen instituciones que se encargan de mantener en funcionamiento los valores del sistema, fundamentalmente amparados en el espíritu de las leyes y no en la mera voluntad de los hombres. Son estos hombres quienes, al internalizar estas ideas y tomarlas como propias, adquieren noción de la importancia de alcanzar un equilibrio dentro de esa comunidad: son ciudadanos con plena conciencia democrática.
Cualquier evento perturbador rompe esta armonía. Así puede entenderse por qué la democracia no es el gobierno de una mayoría, por qué debe respetarse a las minorías, por qué la justicia se sustenta sobre el estado de derecho, por qué son esenciales los partidos políticos, por qué los ciudadanos se interesan y participan… Y un larguísimo etcétera.
La comprensión de los fundamentos de la democracia permite también saber por qué las elecciones son un mecanismo para elegir a los que tomarán las decisiones, por qué deben ser libres y competitivas, y por qué nunca deben asumirse como una guerra fratricida o como un instrumento de desmovilización. Saber por qué el voto es el derecho de un hombre libre solo puede tener sentido bajo este contexto.
No puede sino generar una inmensa tristeza la lenta degradación que el voto ha sufrido en Venezuela, rechazado por los unos y manipulado por los otros. Tanto luchó este país para, entre alzamientos y golpes, entre caudillos y dictaduras, construir un sistema electoral que permitiese decidir de forma civilizada el ejercicio del poder y, hoy, simplemente es apartado y denigrado.
Es absolutamente aberrante utilizar los comicios como un mecanismo de opresión, para imponer un solo color y para chantajear a la sociedad. Es altamente repugnante usar una coyuntura electoral para obtener prebendas personales, para simplemente ser un demócrata de papel, vendiendo los principios y, por encima de todo, el decoro.
Pero, sobre todo, es profundamente lamentable no entender que solo el voto y su reconocimiento pueden permitir la construcción de una sociedad democrática y las condiciones que se necesitan para mantenerla viva.
Inquieta muchísimo que amplios sectores de la sociedad confíen más en imaginarias intervenciones extranjeras, en la mano del destino o en las más rocambolescas casualidades para recuperar el rumbo perdido del país. Es, precisamente, la mermada confianza en el voto lo que hace que hoy muy pocos se animen no solo a defenderlo sino a exigirlo como un fundamental derecho.
Un derecho que pertenece no a los gobiernos, no a las oposiciones, sino a los ciudadanos.
*Felipe González Roa es director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila