¿Y la juventud?

Alicia Álamo Bartolomé.-

Como anciana que soy, he venido hablando mucho de la vejez, claro, es terreno muy conocido para mí y entro por él a mis anchas. Distinto y difícil es hablar de otras edades. Sin embargo, he pasado por ellas y, si no, no estaría aquí. ¿Las habré olvidado? Ha transcurrido tanto tiempo desde que fui joven hasta hoy.

Hace 80 años estaba en plena adolescencia, ¿cuáles eran mis intereses de entonces, acaso muy diferentes a los de una muchacha de 15 de hoy? Pienso que no, lo que cambia es el contexto histórico, las modas, las costumbres, los hallazgos científicos, la tecnología, pero el ser humano es el mismo con sus afanes y sueños.

La jovencita que yo era hace 80 años quería estudiar, salir bien en sus exámenes, llegar a la universidad. Por otra parte, se interesaba en los jóvenes del otro sexo, tenía como ideal de galán a los del cine, la gran distracción del momento, todavía no había llegado el gran auge de los cantantes populares aunque ya comenzaba.

Aún en mi niñez, abrió esta era de ídolos de la canción, en Hispanoamérica, Carlos Gardel. Coincidió con el nacimiento de la radio y el desarrollo de la cinematografía. Toda América escuchó lo tangos de Gardel y lo vio, sobre todo después de su muerte, en sus películas.

Yo tenía 9 años cuando estuvo frente a mí, en vivo, cantando y derrochando simpatía, en el Teatro Principal de Caracas, un par de meses antes del trágico accidente de aviación, en Medellín, el 24 de junio de 1935, que le segó la vida. Murió 114 años después de la Batalla de Carabobo, cuyos 200 aniversario celebraremos pronto.

La juventud es la misma ayer y hoy. Una parte, es sueño y promesa, otra, abulia y entreguismo. Así ha sucedido siempre. Hay quienes luchan por alcanzar una meta y otros que ni siquiera se han planteado esa meta.

Es decir, hay gente joven que busca formación y superación, mientras otra se conforma con la facilidad de no hacer nada. De esta última, líbranos, Señor.

Venezuela y el mundo necesitan de una juventud fuerte y audaz, capaz de enfrentar las crisis que atravesamos, buscando soluciones y herramientas para despejar el panorama.

Esta juventud de perentoria necesidad, debe estar dispuesta al heroísmo porque la pelea que hay que dar ante la adversidad, es heroica. El heroísmo no ha sido nunca ajeno a la juventud, por el contrario, es su gloria.

Jóvenes fueron los hombres de nuestra Independencia. Justamente la Batalla de Carabobo el 24 de junio de 1821, desde una colina, la dirigió y ganó Simón Bolívar cuando sólo tenía 38 años.

Cuentan que Páez, ya anciano, visitó el sitio, miró hacia esa breve altura, se le alumbró el rostro y exclamó: ¡El Libertador!

 Los viejos nos escandalizamos un poco con las “cosas” de la juventud y sólo son modas. No voy decir que me gustan los tatuajes, las narices y cejas perforadas ni los blue-jeans rotos. Me parece grotesco, pero quienes los llevan no, simplemente son jóvenes de su tiempo.

En el mío recuerdo un momento dado en que todas las muchachas andábamos de falda negra acampanada, larga, a mitad de la pantorrilla, cinturón dorado, blusa blanca y zapatillas toreras. Perecíamos uniformadas. Moda era y como tal pasó.

A finales del siglo XIX y principios del XX, los caballeros usaban un bigote bastante ridículo, partido en dos y de lados puntiagudos que retorcían con alguna vaselina, supongo, para mantenerlos erectos. Tengo retratos de mi padre con éstos en su juventud, aunque no muy exagerados. Más delante el excéntrico y genial pintor Salvador Dalí los llevó al extremo de la caricatura.

En este panorama mundial tan desolado, donde la pandemia parece amainarse para volver luego más arrasadora, muy poco podemos hacer los viejos. Sólo orar, tratar de comunicar fe y esperanza, nos faltan las fuerzas y la iniciativa para la acción. Éstas están reservadas para la juventud.

Son los jóvenes de hoy los que tienen que poner en ejercicio sus facultades evidentes o latentes. En ellos está la creatividad necesaria para inventarse un porvenir en esta hora oscura cuando no se vislumbra ninguno; la energía intacta para emprender una acción difícil y dura; el ímpetu para lanzarse a una lucha sin cuartel; el heroísmo, a lo mejor juvenilmente inconsciente, para buscar triunfos, ambiciones y gloria; y generosidad para amar y entregarse a una causa.

Confío en que esta juventud del siglo XXI nos sacará adelante

*Alicia Álamo Bartolomé es decana fundadora de la Universidad Monteávila

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