El extremo extremo

Felipe González Roa-

Corría el año 2017 cuando Emmanuel Macron, al frente de su movimiento En Marcha, vencía, en segunda vuelta, a la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, y se convertía, con solo 39 años, en el mandatario más joven de Francia desde Napoleón Bonaparte.

En esos comicios Macron lideró a las fuerzas moderadas para derrotar la opción de la ultra derecha, que, luego de repetidos intentos, nuevamente fracasó en su deseo de conquistar el Palacio del Elíseo.

Aunque incluso fue ridiculizado por algunos analistas, que llegaron a tildar a Macron como el “extremo centro”, el hoy presidente francés enarboló la bandera del centrismo para triunfar en unas votaciones en las cuales el extremismo alcanzaba mayor protagonismo, no solo por la amenaza que representaba Le Pen, sino también por el avance desde la extrema izquierda en el discurso de Jean-Luc Mélenchon y su Francia Insumisa.

Atrás habían quedado los años en el que el socialdemócrata Partido Socialista, que alguna vez sirvió de piso sólido para el gobierno de Francois Miterrand, y los movimientos gaullistas de derecha que respaldaron a Jacques Chirac, tenían no solo la capacidad de movilizar a los electores sino también de presentar un proyecto que pudiese reunir el apoyo del país.

Aquella victoria de Macron llegó pocos meses después de que, en Estados Unidos, el magnate Donald Trump reconquistara la Casa Blanca para los republicanos, aunque difundiendo un mensaje que llegaba, al menos, a coquetear con las propuestas más ultras del lenguaje derechista, no siempre cónsonas con las líneas que alguna vez llegó a defender el partido fundado por Abraham Lincoln.

En política, como prácticamente todo en la vida, las personas deben tener creencias y valores, los cuales deben llevarlos a fijar posiciones y tomar decisiones. Es prácticamente imposible (y poco recomendable) ubicarse en el centro absoluto porque eso implicaría la ausencia total de cualquier idea clara que permita evaluar y entender el mundo. Sin embargo, esto no significa que sea deseable (o incluso entendible) situarse en los extremos del eje de pensamiento, cualquiera sea este.

El estudio político, avalado por los resultados de cientos de elecciones en diferentes países y en distintos momentos, siempre ha considerado que los ciudadanos tienden a optar por propuestas moderadas para el ejercicio del poder. Tradicionalmente los extremismos han llamado la atención, e incluso han demostrado cierta capacidad de movilización, pero suelen perder en las votaciones.

Esta creencia, empero, empezó a ponerse en duda con el triunfo de Trump en el 2016, seguido por otros formidables números electorales alcanzados por varias plataformas que también promovían un discurso extremo. El ejemplo de Macron, que en otras épocas pudo haberse considerado como la “normalidad”, se comenzó a ver como una “rareza” en un mundo cada vez más y más escorado.

La elección del 2020 en Estados Unidos parecía otra oportunidad que iba a demostrar la atracción que en los electores despertaban los mensajes extremistas, e incluso no era descabellado pensar que, en una sociedad tan políticamente polarizada como la estadounidense, el Partido Demócrata optaría por un anti-Trump, encarnado por una persona que, aunque en las antípodas de la ideología del presidente, también defendiera una visión ultra-radical.

Pero el elegido por los demócratas fue, tal vez, la propuesta más moderada dentro de los aspirantes a la nominación: Joe Biden, quien durante 8 años fungió como vicepresidente de Barak Obama. Y fue, precisamente, el discurso moderado, el llamado a confluir hacia el centro, lo que le permitió derrotar al actual mandatario norteamericano y conseguir, dentro de un par de meses, juramentarse para ejercer el cargo de presidente de Estados Unidos.

Por supuesto, la futura administración de Biden no estará exenta de amenazas, e incluso muchas de ellas provendrán de su propio partido, donde algunos grupos pugnan por situar a los demócratas en posiciones más adentradas en la izquierda. Precisamente es ese impulso al extremismo, de cualquier color, lo que el nuevo mandatario deberá enfrentar no solo para lograr la estabilidad de su gobierno sino para conseguir su principal objetivo: volver a unir al país.

Los tiempos han cambiado y, cuando pronto se iniciará la tercera década del siglo XXI, pareciera que son los extremismos, de todo signo, lo único que despierta la imaginación de los ciudadanos. Pero la democracia, el mejor sistema de gobierno por ser el único perfectible, nunca podrá comulgar con esta postura.

La democracia, por su pretensión de equilibrar la protección de las libertades individuales con la concreción del bien común, siempre buscará la construcción de consensos, la aceptación del otro aun cuando sea diferente, el reconocimiento de las ideas y la no imposición de visiones particulares del mundo. Esto solamente es posible lograrlo si, lejos del maniqueo blanco-negro, se empieza a recorrer la brillante gama de los grises.

Países, algunos muy, muy (demasiado) cercanos a nosotros, que hoy ven amenazadas sus democracias, o que incluso ya presenciaron su absoluto colapso y derrumbe, deberían recordar que su recuperación y reconquista jamás se alcanzará desde los bordes del extremismo. Solamente el llamado a los consensos, a la moderación, al reconocimiento del otro, es lo que permitirá rescatar la convivencia pacífica dentro de toda sociedad.

No es extrañar que todo dictador, incluso en su fase de aprendiz, pretenda siempre invocar el discurso de odio, resentimiento e intolerancia con la esperanza de que alguien recogerá el guante, por supuesto, alguien situado en el otro extremo.

*Felipe González Roa es director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila

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