Leo, luego existo

Felipe González Roa.-

Cogito, ergo sum es la expresión en latín. Pienso, luego existo puede traducirse en castellano. Tal vez una de las frases más conocidas y repetidas, sin importar si aquel que las pronuncias tiene mayores conocimientos sobre filosofía o si tiene algún tipo de idea sobre quién fue René Descartes, el autor original de la afirmación.

Descartes fue un filósofo y matemático francés que desarrolló su actividad durante el siglo XVII, época en la que, tras los primeros pasos emprendidos en el Renacimiento, se empezó a madurar el pensamiento moderno, dando inicio a una nueva era que definitivamente dejó atrás el medioevo.

Descartes fue uno de los pensadores que enarboló la bandera del racionalismo, corriente filosófica que se sustenta exclusivamente sobre la razón como herramienta fundamental para alcanzar el conocimiento. Es la razón, precisamente, la que terminó de definir al hombre moderno.

Al momento de estudiar el tránsito de la Edad Media a la modernidad muchos son los hitos que eligen los historiadores para marcar el momento cumbre. Por supuesto, todos son válidos y permiten comprender una nueva etapa en el pensamiento del hombre, pero no es posible pretender que realmente un solo hecho modificó el curso de la historia. No es tan simple, los procesos y transiciones son siempre complejos.

Pero, si hay que elegir uno entre todos, conviene tal vez ir a 1453, momento en el que Johannes Gutenberg, orfebre de origen alemán, inventó los tipos móviles de la imprenta. Con esa creación, absolutamente revolucionaria, logró incrementar enormemente la capacidad de elaborar libros, los cuales ya no tenían que ser escritos a mano, sino que podían ser impresos rápidamente sin un exhaustivo esfuerzo.

Fue la lectura, por lo tanto, la posibilidad de difundir ideas e intercambiar en los debates, lo que enriqueció al ser humano.

Con la imprenta de Gutenberg las ideas y la creatividad salieron de los claustros, dejaron de ser un privilegio de las élites, y pasaron a estar en manos, en la boca y en las mentes de todos los seres humanos. Una vez más, no fue algo que se dio de un momento a otro: tardó siglos, pero ese paso fue crucial para construir nuestro mundo contemporáneo.

Fue la lectura, por lo tanto, la posibilidad de difundir ideas e intercambiar en los debates, lo que enriqueció al ser humano. No solo compartir el conocimiento, difundirlo con mayor velocidad, sino lograr que quedara asentado para las futuras generaciones, para su estudio, para su comprensión, para su crítica, para servir de punto de partida que permita recorrer el camino del saber.

Ha pasado el tiempo. Ya muchos siglos han transcurrido desde los años de Gutenberg. Hoy nuevos artefactos han aparecido, la tecnología ha seguido su rumbo indetenible. En estos días reina la informática, internet, la gran autopista de la información.

La web no está en las antípodas de la lectura. Puede cambiar la forma, la plataforma, se puede leer en  una pantalla, ya no sobre el papel, pero es un hábito que jamás se debe apartar.

La lectura permite establecer una relación cercana y personal con las ideas. Una reflexiva conversación con el autor, un momento de profunda introspección que invita a la más maravillosa cualidad del ser humano: pensar.

*Felipe González Roa es director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila

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