La travesí­a de una venezolana atrapada en el exterior en medio del coronavirus

Eloí­sa Arias.-

 “Yo sentí­a que era como si fuera en lí­nea al campo de concentración. Uno no sabí­a para dónde iba, ni cómo iba, ni qué te ibas a encontrar. Todo el mundo tení­a sus mascarillas, sus guantes y querí­a llegar a su destino”, explicó Alexandra Ranzolí­n, decana de la Facultad de Educación, de la Universidad Monteávila, quien estuvo atrapada en el exterior hasta hace una semana.

La especialista en Educomunicación comentó que ella viajó a España por motivo de su doctorado, el cual cada cierto tiempo le exige salir del paí­s por distintas actividades. El paí­s europeo detectó al primer infectado del coronavirus el 31 de enero. Hoy cuenta con 169.496 pacientes y 17.489 fallecidos.

El 12 de marzo, Ranzolí­n estaba en clase cuando se enteró por un tuit que Nicolás Maduro habí­a cerrado la frontera y el espacio aéreo debido a la crisis causada por el virus, y que dio plazo hasta el 15 de llegar al paí­s para aquellos venezolanos que se encontraban en el exterior.

“Yo estaba en ese momento en Andalucí­a y tení­a que llegar a Madrid… Varios amigos se reunieron para comprar pasajes. Compramos en una lí­nea aérea, pero ese vuelo se canceló. Tuvimos que correr a otra lí­nea, pero el espacio aéreo de ese paí­s que era Colombia lo cerraron también. Además, siempre habí­a la amenaza de si te ven con algún sí­ntoma te van a poner en cuarentena en un sitio público y no vas a poder ver a tu familia”, exclamó la madre de cuatro niñas.

España a finales de marzo ya sumaba 97.000 vuelos cancelados, lo cual ha resultado en un problema para la economí­a y la aviación del paí­s. Finalmente, Ranzolí­n logró conseguir un tercer boleto, el cual confiesa que supuso un gasto económico “muy grande” junto al desgaste emocional que hasta el momento habí­a vivido. “El recorrido que tuve que hacer fue realmente muy intenso”, admitió.

La tasa de contagio de la nueva epidemia ha probado ser alta; cada persona infectada puede transmitirle el virus a dos o tres personas, sin embargo, se han visto casos en los que se enferman 16 personas de una sola vez, según indicó el Instituto de Salud Global de Barcelona.

Debido a este gran riesgo, la venezolana confesó que tení­a un “temor” al momento de entrar al aeropuerto, pues no sabí­a con quién viajarí­a. No obstante, logró llegar a República Dominicana donde harí­a escala para luego volver al paí­s, para entonces no se habí­an cancelado los vuelos provenientes del paí­s centroamericano. “Era un vuelo de Air Europa, un vuelo grande, donde habí­a dominicanos, pero sobre todo habí­a muchí­simos venezolanos”, añadió.

Ranzolí­n comentó que al llegar al aeropuerto de República Dominicana le tomaron la temperatura y le hicieron un chequeo general a cada pasajero para descartar la posibilidad de haberse contagiado del Covid-19. En ese momento, contó la comunicadora, se enteró de que Nicolás Maduro habí­a cancelado los vuelos que salí­an de Panamá y República Dominicana. “Esa promesa de hasta el 15 no se cumplí­a y nosotros por lo tanto no podí­amos viajar”, destacó la magister.

Explicó que ella viajó con pasaporte italiano. “Cuando llegué a Inmigración habí­a dos personas. Me chequearon, viendo de dónde vení­a, vieron mi pasaporte y una le dijo a la otra ‘no te preocupes que ahí­ está Salud Pública’”, dijo.

La experta habló sobre el impacto que dejó en ella el ser vista como “enfermedad y no como persona”, e insistió en la importancia de no perder el trato hacia la persona. “Ponte tu mascarilla, tus guantes, haz los comentarios que tengas que hacer, pero entiende que hay una persona que está sufriendo allí­”.

Ranzolí­n también expresó su gratitud hacia las personas que la ayudaron a pesar de las circunstancias que cambiaban rápidamente. En Dominicana unos amigos la albergaron mientras lograba solventar su situación.

Todo este proceso representó un desafí­o importante para la especialista. “Pensábamos dí­a a dí­a era que ya no me iba a quedar una semana sino un mes. Lo último que pensamos fue que me quedarí­a dos meses o todo el año”, admitió Ranzolí­n. La incertidumbre crecí­a con el paso del tiempo. “Representaba un estrés psicológico muy importante y económico también”.

Dado que ella presentaba sí­ntomas de gripe fue al médico que la encontró bien, pero igual le recomendó que se hiciera la prueba para descartar completamente el coronavirus. A través de una llamada telefónica, Ranzolí­n contactó al centro médico que podí­a ir a realizarle la prueba a domicilio. Esta consistió en obtener una muestra de la mucosa con hisopo y tuvo un costo de 5.500 pesos dominicanos ($100 estadounidenses aproximadamente). El resultado negativo se lo enviaron al dí­a siguiente por correo electrónico.

La comunicadora reveló que el hecho de que el laboratorio haya ido a visitarla causó un estigma en el edificio donde estaba viviendo. “Fue una situación muy incómoda porque te sientes acusado por una situación que no es tu culpa”.

Por “el amigo de un amigo”, la experta se enteró de que se estaba organizando un vuelo humanitario para llegar al aeropuerto de Maiquetí­a por los venezolanos varados en el paí­s caribeño. Ranzolí­n explicó que primero se anotó en una lista y luego se reunieron para ir al consulado venezolano donde revisaron sus pasajes impresos que iban a utilizar al volver de España.

Luego de llegar al paí­s en un avión de Conviasa, los pasajeros fueron recibidos con reporteros y fotógrafos, además de otra sorpresa: una de las muchachas en el vuelo estaba infectada. “Eso significó otra serie de experiencia”, dijo la especialista.

Yo vení­a con una prueba que decí­a ‘negativo’ de República Dominicana, pero al exponerte al avión y al aeropuerto no sabes si agarras el virus o no, pues esto es un tema muy difí­cil de controlar”, indicó Ranzolí­n. Añadió que en Inmigración les pidieron los datos con mucho detalle.

Actualmente, se encuentra en un apartamento desalojado que una vecina le “prestó” para que se quedara “catorce dí­as completamente en cuarentena”. Su esposo o sus hijas le dejan la comida en la puerta del apartamento, tocan el timbre y se retiran para evitar todo tipo de contacto, “siempre con guantes y mascarilla”. “Prácticamente no he visto a mi familia sino de lejos”, explicó la magister.

Asegura que esta experiencia ha supuesto un “descanso” del viaje “traumático” que tuvo que atravesar, pero que hay momentos en que “extraña la luz del Sol”. Ranzolí­n también agrega que todos los pasajeros han sido contactados por médicos. Ella fue visitada por cinco médicos de un CDI que le realizaron una “muestra rápida” que ellos mismos calificaron como no tan fiel. Salió negativa.

El fin de semana unos funcionarios fueron a fumigar con hipoclorito de sodio las áreas por las que pasó la especialista y que la llaman de vez en cuando para saber cómo se siente. Afirmó que todo formó parte de un sistema protocolar. “Si Dios quiere esto será un capí­tulo cerrado pronto y mi cuarentena pasará de un extremo del pasillo del edificio al otro extremo, pero ya con mi familia”, finalizó Ranzolí­n.

Eloisa Arias es estudiante de la Universidad Monteávila

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