Una primera aproximación a la “Navidología” venezolana

 

Carlos Balladares Castillo.-

En los últimos años al acercarse el mes de diciembre me convierto en un “navidólogo”. Es decir, anhelo conocer con una mayor profundidad todo lo relativo a las costumbres que asumimos en torno a la Navidad (y el Año Nuevo también por ser imposible de separar). Este año me he preguntado por lo que las define en Venezuela y el impacto en ellas de la mayor crisis que hemos padecido en los tiempos contemporáneos. E identificado cuatro valores-sentimientos que las caracterizan y me atrevo a afirmar que son nuestras fiestas más importantes en el año.

Los cuatro valores-sentimientos que se han ido forjando al pasar del tiempo en torno a las Navidades criollos son: la paz, la alegría, la generosidad y la esperanza. He observado aunque no medido, que las personas tienden a pedir sus vacaciones en diciembre más que en agosto porque es en estas fechas que pueden compartir con la familia. El descanso y un silencio que no logro percibir en todo el año se da especialmente del 25 al 30 y del primero de enero hasta el seis. Es probable que ante la falta de dinero haya más silencio ahora que antes, pero no sé si por la angustia que genera la pobreza y una crisis económica que no parece resolverse; y ante esta realidad los venezolanos tenemos menos paz.

Noche Buena y Noche Vieja son las fiestas más alegres del año, el venezolano a pesar de los pesares busca siempre prepararlas lo mejor que puedan. No conozco otra efeméride en nuestro país en que se anhele tanto la celebración: la alegría de la música (aguinaldos y gaitas), los platos típicos (la hallaca ocupando su sitial de honor) e importados, el alcohol, la música y los bailes; y todo ello junto el mayor número de familiares. Pero hoy lo que escucho es un lamento repetitivo en las mayorías porque ya todo esto no se puede hacer a lo grande ¡ni en lo pequeño tampoco! No se puede “botar la casa por la ventana” y ya la familia se ha reducido por la diáspora (más de 5 millones de venezolanos han emigrado). Ya no hay “estrenos” de ropa, pintar la casa, comprar cosas… E incluso hacer hallacas es un milagro, ni hablar del resto de las comidas. La nostalgia de la abundancia del pasado se ha instalado entre nosotros. A pesar de ello, y si hay niños especialmente, la familia hará los sacrificios para sonreír y alegrarse en medio de tantas carencias.

Dar regalos a los niños, los familiares, amigos y compañeros de trabajo, pero también vecinos, era lo normal. En Navidad se desbordaba generosidad, aunque es evidente que los llamados “aguinaldos” (pagos de utilidades por la fecha) lo permitían. Pero se puede decir que nunca fuimos un pueblo austero y nos alegraba ser generosos y en abundancia. Hoy a las mayorías de los cercanos les decimos con vergüenza: “el año que viene podré darte un buen regalo”. Y el significado de la Navidad y el Año Nuevo nos generaban esperanzas: el Niño Dios nos traerá lo que tanto anhelamos y el año que viene todo será mejor. Hoy las dudas sobre un cambio domina el ambiente.

¿Podrán renacer esos 4 valores que cultivábamos en Navidad? No dudo que sí, pero mi mayor certeza es la oportunidad que tenemos ante estos tiempos tan duros. La oportunidad de meditar en el verdadero sentido de la Navidad que no es otro que eso que ahora llaman solidaridad y que no es más que la secularización de la caridad cristiana, caridad-Dios que se hace ser humano y que nace un 25 de diciembre ¡y que se celebra muchas veces sin saber lo que se celebra! Ante esta realidad se puede vivir una alegría más sencilla y humilde, una generosidad más auténtica entregando lo poco que tenemos en lo material pero lo más importante en lo humano: el cariño, la compañía, el don de nuestras vidas y tiempo. La esperanza que aprendiendo todo cambiará y tendremos la paz de la certeza que las próximas Navidades las hallacas nos las comeremos en libertad.

*Carlos Balladares es profesor de la Universidad Monteávila

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