Volver a pensar la Democracia VIII

Fernando Vizcaya Carrillo.-

Dentro de la intencionalidad de transmisión, los procesos de captación, incorporación o de aprehensión de formas, estructuras, valores o criterios de valoración se ubican generalmente en las estructuras profundas de la naturaleza humana, y no sólo en la naturaleza racional o volitiva, abarca también los deseos y hábitos, todo el aspecto afectivo y del entorno.

Parece que este proceso pertenece, en el caso de la formación para la democracia, al ser humano completo, con lo cual podríamos decir que es un proceso ontológico y no simplemente racional o  conductual. Muchas de las teorías que intentan explicar el aprendizaje están fundamentadas en apreciaciones de tipo empírico deductivas, o en mediciones por comportamiento y por observación de conductas predecibles ante ciertas acciones. No obstante todo esto, el “medir” el comportamiento social es mucho más difícil que medir el comportamiento individual, en el sentido de poder predecir la captación del consenso en los fines de las acciones cooperativas en los elementos que intervienen en esa actividad. Se requiere, lo que menciono anteriormente como “alfabetización moral” del ciudadano, redactar objetivos transversales en los diferentes currícula de la enseñanza formal.

La mezcla de inclinaciones, tendencias y deseos  produce en la conducta humana consciente, algunas estructuras sociales que aseguran ese aprendizaje. La familia en primer lugar. El Estado es otra de esas instituciones que se crean por medio de la intersubjetividad del comportamiento humano. Y se constituye por la necesidad de permanencia de unas costumbres, que luego se especifican en leyes y se concretan en normas y reglamentos.

Sin embargo, uno de los grandes problemas es que esa estructura –estatal- con mucha frecuencia se convierte en medio de opresión, medio de poder para conseguir fines egoístas personales o de grupos, en lugar de ser medio de servicio a los demás. Recordamos lo que decía Weber: “Todas las formas políticas son organizaciones de fuerza” (Weber,M.;1987:668). Incluso si no tiene el ciudadano unas disposiciones al cambio —disenso— ancladas en la racionalidad, se convierte en un obstáculo real para la vida democrática. Impide la discrepancia ciudadana, actividad vital del contexto democrático. En muchos casos el consenso que también es parte vital del sistema, se convierte en obligación, con lo cual, el derecho al voto —por ejemplo—, al sufragio electoral, es una actividad que si no se realiza, se quisiera incluso penalizar, impidiendo la plena y más profunda  conducta democrática, la del disentir o consentir en el ámbito ciudadano. “El consenso cívico, que es activo, significa que los ciudadanos «dan o rechazan su confianza con un completo conocimiento de causa» y, destaca Durkheim, «el Estado nada puede hacer sin el consenso ciudadano” (Geneyro, J; 1991:95)

Esto plantea problemas complejos, pues la metodología del aprendizaje o para el aprendizaje, no es de fácil captación. No es “normativa” sino que se mueve más en el plano de la libertad de acción cívica, de las disposiciones interiores de convicciones personales y esto requiere un tipo de docente especial, un tipo de docente que sea capaz de tener la flexibilidad suficiente como para adaptarse a las situaciones más tirantes sin caer en situaciones de irrespetar la dignidad del hombre que actúa en ese sistema político.

El desconcierto que se puede generar en una estructura como la del trabajo ordinario de un ministerio público, por ejemplo, acostumbrado a normativas perennes y estáticas, rayando en el totalitarismo en muchos casos, hace que se mueva esa estructura en un plano de destrucción del Estado democrático más que de creación y recreación de ese estado. ”En un gobierno autoritario la fuente de autoridad siempre es una fuerza externa y superior a su propio poder; de esta fuerza externa que trasciende el campo político, siempre derivan las autoridades su autoridad, es decir, su legitimidad  y es con respecto a ellas que miden su poder (Arendt, H:;1996:107)

*Fernando Vizcaya Carrillo es Decano de la Facultad de Educación de la Universidad Monteávila

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