Historia y libertad | ¿La enseñanza de la historia genera ciudadanía? (III)

Carlos Balladares Castillo.-

La historia no se repite, pero si alecciona. Foto: Lifestyle de AméricaEconomía

A continuación vamos a seguir analizando el papel de la historia en la educación ciudadana, a partir de la iniciativa del profesor Fernando Vizcaya Carrillo (Decano de la Facultad de Educación de la Universidad Monteávila) en sus artículos sobre el tema para “Pluma”.

De nuestra parte hemos propuesto para lograr este fin educativo, una relación entre las tres formas para conocer y/o enseñar la Historia: la historia oficial, la historiografía y la memoria colectiva. Si al principio le dimos mayor importancia a la historiografía por la mayor cercanía de esta a la verdad, y porque consideramos que por este hecho evitaría que la propaganda o el mito se impongan en la conciencia histórica; ahora queremos tratar el papel de una sana historia oficial en el reforzamiento de las conductas y valores ciudadanos.

Una enseñanza de la historia centrada solo en los productos de la investigación historiográfica, podría faltarle una guía y coherencia en lo que respecta a la meta de formar ciudadanos. Es lógico que sea así, porque aunque la misma necesita de las libertades para llevarse a cabo, no tiene por qué dedicarse a tales temas debido a que no es una obligación (¿acaso no es libre?).

De manera que necesitamos de la historia oficial íntimamente ligada al régimen democrático, para que a partir del consenso ofrezca – ahora sí siguiendo al profesor Vizcaya en su más reciente artículo del 16 de abril de 2018 – “un modelo digno a los alumnos, de manera que se pueda convertir en “norte” para la conducta de ese alumno. En todo caso, conocimiento, convertidos en experiencia, que sostenga la prudencia en el actuar y no cometer los errores de ese pasado”.

La anterior idea es sostenida también por Timothy Snyder en su más reciente libro: “Sobre la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX” (2017), al afirmar: “la historia no se repite, pero si alecciona” (p. 3) y al recordarnos que “tener en cuenta la historia cuando nuestro orden político parece estar amenazado es una tradición fundamental de Occidente” (p. 4).

Para ello extrae sus 20 lecciones de las crisis, caídas y resurgimiento de la democracia en diversos países, en especial durante el período entreguerras con la expansión del fascismo y del tiempo de la Guerra Fría con la del comunismo. Advierte que “el legado democrático no nos protege automáticamente de las amenazas” a las libertades, pero el estudio de la historia nos ayuda a “comprender las profundas fuentes de la tiranía y cuáles son las respuestas adecuadas que debemos darle” (p. 5).

Creemos que esta tarea solo lo puede lograr una cooperación entre la historia oficial y la historiografía, entre los ciudadanos organizados en el Estado (y fuera de él) y los investigadores de la historia.

Una historiografía animada y apoyada por el Estado democrático podría “observar pautas y sacar conclusiones, esbozando las estructuras en cuyo seno podemos encontrar libertad (…) y nos brinda la compañía de quienes han hecho y han sufrido más que nosotros” (p. 60).

Estas mismas ideas ya las había planteado el historiador Germán Carrera Damas en su discurso de incorporación como Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, “Sobre la responsabilidad social del historiador” (2007) (y que me fue recordado por el amigo y colega Miguel Prepo Cusati), al decir que no debemos asumir la actitud de los pueblos que se “postran” ante su historia y creen “la falaz certidumbre de que seremos porque hemos sido” (p. 8). Snyder se refiere a esta idea como el error de ver la historia como algo inevitable.

Carrera Damas señala que lo correcto es: “considerar la historia el hacer cotidiano, marcado por la determinación de pagar con sus esfuerzos, y hasta con su sacrificio, su pasaje a la plena realización de los valores históricamente generados y propuestos” (Ibíd). Nuestro pueblo se ha “postrado” ante una historia oficial convertida en un culto mítico lleno de dogmas y mortales divinizados, abandonando las tradiciones republicanas y liberales que nacieron en nuestro momento fundacional.

En cambio la cooperación entre historiografía e historia oficial puede ayudarnos a lograr la realización de nuestros valores ciudadanos.

Otro aspecto para lograr la meta planteada y que afecta a todo profesor, es que si queremos formar ciudadanos el educador debe cumplir con esta condición. Parece algo obvio pero no lo es en nuestra actualidad donde las personas tienden a ser súbditos o incluso siervos.

El ejemplo siempre será el mejor medio para aprender, de manera que se tiene que establecer un perfil de profesor que sea investigador, lector y analista de su tiempo, y preocupado por lo público, por el destino de la “polis” (las instituciones, la ciudad, la nación). Para la próxima entrega nos centraremos en el papel de la memoria colectiva en la educación ciudadana.

*Carlos Balladares Castillo es profesor de la Universidad Monteávila

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