Historia y libertad | El Oeste es una cárcel

Carlos Balladares Castillo.-

Fuerzas de seguridad impiden que opositores marchen al oeste. Foto: Rubén Sevilla Brand

A partir del 2014 el gobierno chavista ha fortalecido su mito de una Caracas dividida geográficamente entre ricos y pobres, prohibiendo el paso de cualquier marcha hacia el “Oeste de los pobres” y la sede de los poderes del Estado-PSUV. La ideología totalitaria creó un relato en que los del Este habían venido el 12 de febrero a “quemar el Oeste” y eso no se lo iban a permitir más nunca.  Este discurso se puede leer permanentemente cada vez que se justifica el hecho de prohibir las marchas de Chacaito hacia Plaza Venezuela y más allá. Esta región es un símbolo, una especie de Stalingrado, que de ser “conquistado” lo logrado por la Revolución se derrumbaría, por ello el grito es “¡No pasarán!” Pero esta zona caraqueña tiene un significado más importante, es una especie de zona piloto en la cual se implanta el modelo chavista de urbanidad: una forma de estar en la ciudad sin ser ciudad: una especie de corral donde los seres humanos nos convertimos en animales domesticados.

Hace años se podía comenzar a notar esto. Las marchas comenzaban en el Este y terminaban en el Oeste, y esto se veía como una invasión. La mayoría de los chavista – en especial sus opinadores y las declaraciones de sus dirigentes ante los medios – calificaban a las mismas como una provocación u ofensa. Se dedicaron a fortalecer la división de la ciudad, y el mito de que dicha división era social. Los ricos no podían venir a marchar al espacio de los pobres, “eso era un abuso” y debía ser castigado por métodos violentos. Cualquier actividad proselitista de la oposición en el Oeste recibía los golpes y los tiros de los círculos bolivarianos con la complicidad de las autoridades policiales.

No es nada nuevo, es un hecho desde el primer año del gobierno de Chávez. El hecho solo se ha perfeccionado, multiplicado y repetido mil veces por su propaganda a través del su casi total dominio de los medios. De esa manera los que viven de este lado nos acostumbramos a callar, a evitar vivir la ciudad, que es como nos enseñaron los griegos pero también nuestros repúblicos: ser políticos: ser libres en nuestra hablar y circular, discutiendo sobre
nuestro destino común.

Otros medios de coerción han sido el permitir el rápido crecimiento de la violencia delictiva y los consejos comunales (siempre chavistas, de lo contrario no son aprobados o no reciben financiamiento). Con los primeros establecían un toque de queda no declarado: de 7 pm a 6 am son muy pocos los que circulan por las calles (en el Este se ha tendido a ello pero en los años recientes y la gente se resguarda un poco más tarde), de modo que la vida política se restringía al evitar reuniones después de llegar del trabajo. Y si estas llegaban a hacerse, pues les mandaban los círculos o colectivos para amenazarlos con violencia. Los segundos se dedicaban a conservar la lealtad de los electores chavistas por medio del tradicional clientelismo, pero también han ido desarrollando las bases de la vigilancia del vecino no leal al Estado-partido. También se ha logrado la “desaparición” de los espacios comunes como plazas, parques, museos o centros comerciales en el sentido de que los mismos han sido dominados por la propaganda y militancia oficialista, la basura o la delincuencia.

En el Oeste no podía ni puede haber disidencia del chavismo y aunque hubo zonas donde la oposición siempre fue mayoría, no pasaba así en los barrios ni en la totalidad del municipio Libertador hasta hace dos años. Ahora que han cambiado y la oposición gana allí, las amenazas con los que expresan su rechazo al gobierno son mucho más agresivas que en el Este. Los testimonios  de lo ocurrido en el Valle y otras zonas al principio de las jornadas de protestas que hoy vivimos son terribles, y cada vez que se propone una concentración en el Oeste las fuerzas represivas intentan por lo general evitar incluso que se empiecen a reunir las personas. Carlos Moreno de 17 años fue asesinado por un miembro de un colectivo (según las primeras investigaciones de la Fiscalía) el 19 de abril, cuando la gente se congregaba para marchar.

Se puede decir que en la mitad de la ciudad se han suspendido los derechos humanos a la asociación, reunión, manifestación, expresión (hasta este momento: Sergio Contreras, vecino de San Bernardino, sigue preso por haber ido a una manifestación y hablado por un megáfono) y circulación; por no hablar de otros derechos que hemos perdido en todo el país. Ante la imposibilidad de encerrar a la oposición en el Este, la dictadura pone a prueba una parte de los caraqueños intentando robarle su derecho a ser diferentes. En pocas palabras, los habitantes del Oeste somos los ratones del laboratorio totalitario que padecemos los primeros experimentos. Los que creemos en la dignidad de la persona humana no podemos permitirlo, por lo que estamos llamados a luchar por nuestra condición ciudadana.

* Carlos Balladares Castillo es profesor de la Universidad Monteávila.

* Rubén Sevilla Brand es estudiante de Comunicación Social de la Universidad Monteávila.

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