Economí­a para la gente | Lo visible vs. lo invisible (I)

Rafael J. ívila D.-

La inflación afecta a los ciudadanos de a pie. Foto: Cortesí­a
La inflación afecta a los ciudadanos de a pie. Foto: Cortesí­a

Dado lo perjudicial que es la inflación para el bolsillo de todos y cada uno de nosotros, los ciudadanos de a pie, he considerado útil hacer una serie de reflexiones en cuanto a las causas, consecuencias, las terapias que frecuentemente emplean los gobiernos para tratar de solucionar el problema, y sobre las que considero pudieran ser las mejores prácticas para resolverlo. ¿La razón para esta reflexión? Creo que resolviendo la inflación resolverí­amos todos nuestros sinsabores económicos… O casi todos…

Nos quejamos con frecuencia de elevados precios de bienes y servicios, escasez, desabastecimiento, acaparamiento, especulación, pobreza, crisis económicas, desempleo, insuficientes salarios, inseguridad, entre tantas otras cosas. Y nos quejamos con razón: estas son todas unas calamidades.

La invitación que les hago es a reflexionar sobre la causa de estas calamidades, para ver si como sociedad llegamos a algunos consensos sobre cómo resolverlas. Considero que la inflación está en la raí­z de estas calamidades, por lo que resolviendo aquella solucionaremos éstas. Ese es el argumento. Entendida la inflación como causa de los mencionados problemas, la pregunta consecuentemente lógica serí­a: ¿y qué causa a la inflación? Así­, buscando la raí­z del problema, su causa primera, entender qué debemos hacer, como sociedad, para no tener inflación y por lo tanto no sufrir sus nefastas consecuencias.

Comencemos por la causa de la inflación: el aumento de la cantidad de moneda en circulación en la economí­a pone en manos de la ciudadaní­a más dinero para poder consumir. Esto hace que la demanda sobre bienes y servicios aumente, lo que para una oferta de bienes y servicios más inelástica y que no puede ajustar su producción instantáneamente a los nuevos niveles de demanda, tiene como efecto un aumento en los precios de los bienes y servicios. Es decir, hay más dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes, por lo que, en términos de moneda, cada bien se encarece. Se requiere más dinero para comprar la misma cantidad de bienes. Pero, ¿quién coloca en circulación una mayor cantidad de moneda? Dejemos esta pregunta en el aire por un instante.

Comúnmente los gobiernos argumentan que la causa del fenómeno inflacionario proviene de un tercero: acaparadores, especuladores, desestabilizadores. Cuando en realidad estos fenómenos son más bien consecuencias de las medidas inflacionarias.

Otra causa argí¼ida por los gobiernos es que la inflación es crónica y heredada, y por esta razón la dificultad para bajarla.

La realidad es que todos estos argumentos son para ocultar la verdadera causa de la inflación, que es el aumento de la cantidad de moneda en circulación, y esta solo la puede originar la banca comercial y los bancos centrales. Y si además el entorno económico ahuyenta las inversiones, la creación de empresas y generación de bienes y servicios, en lo que tiene gran cuota de responsabilidad un gobierno, la situación inflacionaria es peor aún.

Lo que no dirí­an nunca los gobiernos es que su avidez de financiar gastos, con emisión monetaria por parte de un banco central no autónomo, cumpliendo con prácticas populistas, para tener a la ciudadaní­a, especí­ficamente a los electores, de su parte, y así­ ganar elecciones (o preservar el poder), es lo que genera los incentivos para que el gobierno (el banco central como parte de él) tienda a emitir moneda. Dicho de otra manera, la causa está en el deseo del gobierno de querer gastar más de lo que le ingresa, y cubrir el déficit con emisión de dinero con este nefasto impuesto llamado inflación. Los gobiernos están tomando decisiones constantemente atendiendo al corto plazo, dejando de lado el largo plazo, en el que aparece la inflación y las crisis económicas, y todos los ciudadanos terminamos perjudicados.

Pero de estas dos lí­neas argumentales, una la expuesta por los gobiernos y, otra, la verdadera causa, la más defendida es la de los gobiernos. Y aquí­ se ejemplifica lo que Bastiat llamarí­a la tensión entre lo invisible y lo visible: el gobierno vs. el comerciante acaparador. A quien el ciudadano de a pie entiende como el culpable de la inflación es al comerciante especulador y acaparador, que por sus ansias desmedidas y egoí­stas de riqueza, por su interés propio desmedido, sube los precios de los bienes que vende, para maximizar sus ganancias, perjudicando al ciudadano común, como todo un juego de suma cero, en los que hay un ganador y un perdedor: gana el comerciante, pierde el ciudadano, o en la retórica populista, pierde el pueblo. El “supuesto culpable” visible es el comerciante.

La verdadera causa de la inflación, que es el aumento de la cantidad de moneda, cuyo último y verdadero autor es el gobierno (y el banco central alineado), y en segundo grado, la banca, es menos visible para los ciudadanos de a pie. Los ciudadanos comunes no ven a simple vista que la decisión que termina originando al fenómeno inflacionario se toma en los últimos pisos de edificios gubernamentales. Está muy lejos como para verlo a simple vista.

En cuanto a las consecuencias de la inflación, podemos decir lo siguiente:

El fenómeno inflacionario tiene nefastas consecuencias para el ciudadano de a pie. Entre ellas pueden destacarse, inicialmente, la pérdida del poder adquisitivo del dinero, y secundariamente, y por ello no menos importantes, las causadas por las formas en que el gobierno trata de corregir la inflación. Revisemos cada una de ellas.

El aumento de la cantidad de dinero en manos de los ciudadanos, que termina reflejándose en un aumento general de los precios de bienes y servicios, hace que el poder de compra de esa moneda descienda. El valor de una determinada moneda no está en la cantidad de ceros o en el tamaño de la cifra que indique el papel moneda, sino en su capacidad de comprar, de ser canjeado o intercambiado, por una mayor cantidad de bienes o servicios. En la medida en que este poder de canje desciende durante un perí­odo, en esa misma medida la moneda en cuestión pierde valor, se hace débil.

Dado esto, los ingresos que reciben los ciudadanos como contraprestación del servicio que prestan a la sociedad, el fruto de su trabajo y esfuerzo diario, y los ahorros producto de ese esfuerzo, con el paso del tiempo tienen menor poder de compra, es decir, valen menos. Si esta situación de pérdida del valor de la moneda, persiste en el tiempo, la ciudadaní­a se va empobreciendo materialmente, va a descender en su nivel de vida, lo que a largo plazo va generando un malestar general tendiendo a conflictos sociales. Más si en el proceso una mayorí­a se empobrece mientras una minorí­a se enriquece.

Si existe una expectativa de inflación en la ciudadaní­a, o si ya se ha materializado el aumento general de los precios, y con ello, la pérdida del poder adquisitivo de la moneda y el consecuente descenso del nivel de vida, los grupos de interés más organizados, como pueden ser los sindicatos de trabajadores, presionarán para obtener de las empresas en las que prestan servicios mayores retribuciones y beneficios salariales, lo que a su vez estimula a la empresa a aumentar los precios de sus productos, lo que por ende encarece la vida de los trabajadores, desencadenándose así­ un cí­rculo vicioso.

Creo que ha quedado bastante claro el terrible efecto que la inflación tiene sobre el bienestar del ciudadano de a pie en cuanto a la pérdida del poder adquisitivo de la moneda. Pasemos ahora a revisar unas que tal vez no se ven muy claras: las consecuencias causadas por las formas en que el gobierno trata de resolver la inflación, y que podrí­an resumirse en un corregir errores con errores. Por esta razón creo que vale la pena analizarlas con detalle, pero lo haremos en los próximos artí­culos.

* Rafael J. ívila D. es decano de la Facultad de Ciencias Administrativas y Económicas y director del Centro de Estudios para la Innovación y el Emprendimiento de la UMA.

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