La necesaria Relación entre Educación y Democracia (III)

Fernando Vizcaya Carrillo.-

En los escritos anteriores, tratamos de acercarnos a conceptos y formas de encontrar vías de solución a problemas que estamos viviendo en Venezuela. Buscar una Cosmología (conocimiento de leyes del mundo) es un paso importante en un pensador, porque es un esfuerzo por dar «piso seguro» a cualquier planteamiento posterior. En eso, es tan realista como lo plantea Hannah Arendt, que parte del inicio del conocimiento seguro, la realidad empírica.

La afirmación de Arendt en «Condición Humana» que la realidad es esencialmente plural, coincide con los argumentos y razones de lo que escribe en las «Fuentes del Conocimiento» y su llegada a él, como coherencia con su razón, que percibe no con afirmaciones acríticas de ideologías impuestas por grupos de presión o por la misma soberbia de «no dar su brazo a torcer, sino con la amplitud de su erudición. La manera en que una persona pueda percibir su entorno, produce conocimientos y también posibilidades de acercarse a soluciones.

Estas son premisas iniciales de poder reflexionar en algunas cosas, y ofrecer algunos argumentos adecuados para posibles propuestas. La democracias requieren la aceptación de que “el otro” puede tener razones tan válidas de argumentación, como las que pueda ofrecer cualquier persona. Aprender a “escucha al otro”, el esfuerzo por acercarse, es la vía para los acuerdos y las convenciones, lograr caminos compartidos.

El fin es la verdad, ese trascendente sin el cual no podemos avanzar. Que la verdad tenga o pueda tener una existencia relativa, no significa que la verdad sea relativa. Mientras sea una respuesta a problemas planteados, es la pauta a seguir, mientras no se «falsea», usando ese vocabulario de Popper. Pero creo que si es precaria. En la ciencia humana es temporal porque la ciencia es falible, ya que los humanos lo somos, y ella –la ciencia- es un producto humano.

La posibilidad del error, siempre está allí, detrás de esos conocimientos que nos parecen más sólidos. Sin embargo, esta conciencia de lo falible no significa que la verdad sea inalcanzable. Significa que para llegar a ella, debemos esforzarnos en su verificación, comenzando por el análisis de las fuentes utilizadas, en la crítica a sus procedimientos, y prudentes cuando hayamos conseguido certezas en ella y flexibles para aceptar las críticas.

Esto requiere de un hábito poco común en los servidores públicos que es la humildad. Es la virtud que produce la posibilidad de rectificar. La humildad es la verdad, en palabras de Josemaría Escrivá. Sin esa disposición del espíritu, no podemos llegar a otros niveles de acción humana recta.

Hablo de “podemos”, porque los hábitos requieren lucha y esfuerzo diario. No son rutinas. Además, en este caso, ese hábito –humildad- se inculca desde el seno familiar, como los principios y valores realmente centrales de la vida. Aprendemos también desde la enseñanza del Nuevo Testamento, Jesús de Nazareth nos dice que seamos “mansos y humildes como Él”.

Conocer con detalle las Sagradas escrituras y mantener la unidad en ese núcleo importante de la civilización, como es la familia heterosexual, son aspectos centrales de estas reflexiones.

*Fernando Vizcaya es profesor de la Universidad Monteávila

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