Telenovela

Alicia Álamo Bartolomé.-

Durante la prolongada cuarentena por la pandemia, todos nos hemos acostumbrado a reacomodar la vida según la circunstancia. Ya no salimos como antes, no frecuentamos lugares públicos y, si, por alguna razón nos hemos vistos obligados a dejar nuestro techo, pronto, no más allá del anochecer, volvemos bajo éste. Hablo en general, porque personalmente, no cruzo el umbral de mi hogar desde febrero de 2020. Tengo 1 año y 9 meses de feliz encierro. Para nada me ha hecho falta la calle. ¿Soy una excepción? No creo, pero de todas maneras cuento mi historia.

La felicidad es aceptar la realidad. Yo estaba muy contenta con el curso que dictaba en la Universidad Monteávila, Momentos estelares del teatro universal, para gente adulta, tanto del personal docente y del administrativo, como para personas de fuera. Alumnos fieles, casi eternos, pues no querían abandonar el panorama teatral en que se hundían todos los viernes matinales, donde encontraban cultura, solaz y diversión. Yo tampoco, pero, junto a otras actividades, la pandemia me marcó la hora aquel último viernes de febrero del 2020. Entonces, en mi aislamiento doméstico, me hice un plan de vida.

Lo primero es levantarme a las 7 am, darme un baño, sentarme en mi sillón a meditar media hora y luego oír la santa misa por TV. Después viene desayuno, subida a la terraza a coger un poco de sol, mientras rezo el rosario del día, la coronilla de la misericordia y hago 15 minutos de lectura espiritual. Bajo directo a sentarme frente a la computadora y comienza mi jornada laboral. Mi oficio es escribir. Mi descanso es ver telenovelas y deportes por la TV. Escribo artículos para la prensa digital, como éste para Pluma; y mis memorias. Mi larga vida abarca un gran trecho de historia personal, de Venezuela y del mundo. Estoy muy divertida en esta tarea. En cuanto al reposo, tengo el cuidado de que sea suficiente para preservar mis neuronas, no sólo las 8 horas reglamentarias del nocturno, sino 3 horas en la cama antes de éste viendo TV y otra hora en mi sillón después de almuerzo. Ese fifty-fifty entre actividad y ocio me mantiene lúcida.

Por razones técnicas -más las ya dichas- estoy aficionada a las telenovelas de habla hispana. Pocas buenas -entre colombianas y nuestras-, otras regulares y muchas malas. Mi sistema audiovisual es mediocre; un canal venezolano se ve bastante bien. Los internacionales fluctúan entre regular o invisibles. Los otros criollos deficientemente o son del oficialismo, lo que es peor. Así, ¡veo unas 4 tele-culebras al día y de éstas quiero hablar!

Toda telenovela tiene una base fundamental: no dejar que el otro se explique. Sobre todo los protagonistas buenos, que en general son bastante bobos. No hay manera de que el malinterpretado por una escena equívoca o un chisme pueda contar a su amado (a) la verdad. No la cree de antemano e interrumpe -o interrumpen por un suceso- el relato. Pasan días y semanas sin llegar a una conversación clara por la cual han debido empezar. Así se llenan y extienden capítulos. Otro punto básico: la falta de privacidad de los lugares, siempre por una puerta, ventana, tras la pared o una cortina, alguien escucha conversaciones ajenas, que no se guarda sino que las suelta donde duele la llaga. Y, por supuesto, el tema central: el embarazo de una inocente seducida por alguien diferente a su nivel social. Todas estas peripecias no nos libran jamás de escenas en cárceles, hospitales y salas de parto. Protagonista que no haya aparecido en ellas está subestimado.

Sin embargo, en todo este empalagamiento de telenovelas que he padecido en mis horas de descanso, tengo una palabra de elogio para el folletón televisivo: en ningún caso se pronuncian a favor del asesinato por aborto. Hay crímenes a granel, familias enteras de asesinos. En general los pobres son buenos y los ricos malos, pero una persona correcta, de la clase que sea, jamás aprueba un aborto. Al menos, es lo que he visto hasta hoy y eso lo aplaudo. Observo en esta producción audiovisual una esperanza cuando se pronuncia por la vida desde su concepción, a pesar de estar en un mundo perverso que aboga por lo contrario. Es un paso adelante y valiente para buscar un mundo mejor, donde reinen la vida, la justicia y la paz.

*Alicia Álamo Bartolomé es decana fundadora de la Universidad Monteávila

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