Esperanza

Rodolfo Bolívar.-

¿Podemos esperar cambios si hacemos siempre lo mismo?, tal vez no, tal vez sí, pero creo que desde la libertad nos determinamos como personas y podemos alcanzar algo parecido a la realización, una que nos lleve a cumplir nuestra misión o al menos nos proporcione los medios para poder sentir que dejamos un legado al pasar por el mundo desde nuestra concepción finita y trascendente; en ello, nuestras creencias entran en juego y nos colocan ciertas veces en una encrucijada de emociones cuando el soporte de las mismas se funda en una esperanza y una fe no sólidas, quizás con trazos de un catecismo moral que nos resulta un poco lejano en el mundo que nos aborda hoy plagado de inmediatez, debilidad, sensualidad y negaciones.

Dice el Catecismo de la Iglesia católica en CIC 26 que cuando profesamos nuestra fe, comenzamos diciendo «creo» o «creemos». Antes de exponer la fe de la Iglesia tal como es confesada en el Credo, celebrada en la Liturgia, vivida en la práctica de los mandamientos y en la oración, nos preguntamos qué significa «creer». La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida.

            Pero, ¿qué es creer y porque se cree en algo?; debemos pasearnos por nuestros puntos de vista personales, más allá del dogma, repasando lo aprendido y contrastándolo con lo expuesto por otras personas, incluso en otras creencias. ¡Dios se ha revelado a la humanidad en una historia de salvación y espera la respuesta del hombre! Hoy día es una oración que puede perder significado desde distintos escenarios académicos e incluso populares, ¿Qué Dios es ese, si existe, y de que me tiene que salvar? El hombre se adueña de la historia en la medida en que la va construyendo desde su experiencia personal, única e irrepetible, pero que comparte con sus pares y sus comunidades; así las cosas, las naciones van marcando un rumbo y así se marca el ritmo del mundo: racionalismo, cientificismo, modernismo y postmodernismo.

El hombre es dueño de lo que piensa, el conocimiento es pleno y puede explicarlo todo, Dios ya no es una categoría razonable y se debe enfrentar un sentido de vida sin la fe. Es posible que nosotros los cristianos estemos tan desfasados en creer en un ser sobrenatural, creador y amoroso, que se hace hombre para la redención de mis pecados y los del mundo entero, pero algunos preguntarán: ¿qué es el pecado, acaso importa hoy?

La experiencia personal debe guiar en la experiencia de fe y desde allí entender lo enseñado en el dogma versus la realidad que nos golpea de frente. Para comprender el misterio de Dios, debemos inicialmente aceptar nuestras limitaciones, las grietas que se avistaron desde la Ilustración aún se ven y minan la credibilidad en una revelación sobrenatural, el hombre hoy se mide por la razón; sin embargo, no puedo dejar de pensar en la frase dicha por San Juan: “La fe es creer en los signos de los tiempos”; mismos que te condicionan una época o te dan aquel lenguaje escatológico con sentido pleno de vida y aceptación de lo que no ves, pero eres capaz de observar, buscar y/o sentir, el hombre es capaz de Dios, elija creer en Él o no.

Esa fe y esa capacidad de llegar a Dios la hacemos visible al mundo desde la vivencia personal: el testimonio, y ya no por adhesión acrítica, buscamos hoy día un camino de libertad, en medio de un mundo plural, donde la trascendencia a Dios desde su revelación sea más que una categoría histórica, cultural o experiencial, allí radica el sentido de nuestra esperanza. Esperamos y seguimos, amando y sufriendo, buscando el sentido de nuestra vida.

*Rodolfo Bolívar es profesor de la Universidad Monteávila

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