Diminutivo y superlativo

Alicia Álamo Bartolomé.-

En Venezuela, no sé si como consecuencia de nuestro nombre que tal vez nos marcó con ese zuela de pequeña Venecia, tenemos la costumbre de usar mucho el diminutivo en nuestro hablar corriente. Un amigo observador se preguntaba una vez: ¿Por que las mujeres nunca dicen que se van a comprar un vestido sino un vestidito?  Hay muchos ejemplos.

Creo que con el diminutivo tratamos de dar énfasis a la intención o al cariño: Me voy a dar un bañito… Un regalito para mi muchachita… Antes me voy dar una peinadita … Espérame un momentico… Ahorita voy… Y así podríamos  enumerar una larga lista de expresiones comunes en nosotros. No sé si en otras partes de Hispanoamérica será igual, desde luego en España no, la prueba es que el DRAE pocos diminutivos acepta. Cuando escribo en digital es común que si uso un diminutivo me lo marquen como error.

En otros idiomas, el diminutivo no existe, si nosotros decimos casita, en francés hay que decir petite maison y en inglés little house. El diminutivo es nuestro, es más, solamente en Venezuela -alguien comprobó que en ningún otro país de Latinoamérica- empleamos el gerundio en diminutivo: Trabajandito… Paseandito… Comiendito… ¿Será que nos sentimos pequeñitos, aplastaditos por una historia que es como una noria repitiendo monótonamente dictaduras, democracias, militares, civiles, para caer siempre en el mismo abismo de incertidumbre?

Por otra parte y a lo mejor por compensación, nos encanta el superlativo: Tienes que ver esa película, es buenísima… No, no estoy nervioso, estoy calmadísimo… Tampoco el DRAE acepta mucho el superlativo, aquí me acaba de subrayar en rojo el calmadísimo. Pero éstos, que la gramática califica de adjetivos superlativos absolutos, sí existen en castellano, no en otros idiomas. No soy experta en filología en español ni en otra lengua, pero me parece que en francés no se usan.

Nos movemos, pues, en nuestro criollo hablar, entre el diminutivo y el superlativo, ¿será el espejo de nuestra inestabilidad existencial y política?

Por eso Dior, cuando sacó un perfume que consideró muy Dior por tener el aroma de los lirios del valle (muguet) que es la flor que siempre está en las vidrieras de exhibición de los productos de la firma, españolizó en parte el nombre del perfume -le agregó una ese- y lo llamó Diorissimo. Por cierto, era mi agua de colonia personal por más de 50 años, hoy desaparecida o inasequible por el precio. No he podido acostumbrarme a ninguna otra, utilizo aguas perfumadas de tenue aroma que al menos puedo soportar. Mis sobrinas gemelas, hoy ya sesentonas, que siempre me han dado un apodo, muy pequeñas decían cuando captaban esa colonia: ¡Huele a tía Lilá!

Nos movemos, pues, en nuestro criollo hablar, entre el diminutivo y el superlativo, ¿será el espejo de nuestra inestabilidad existencial y política? No sé qué dirían Freud o Jung, pero me parece que en la manera de expresarse cada pueblo hay un trasfondo de su idiosincrasia, de su yo emocional. No hay nada más portugués que el saudade y es intraducible, se parece a nuestro guayabo, pero no es igual, es algo más.

Con el superlativo hay una intención, si se quiere, caritativa, de convencer al otro de algo bueno o disuadirlo de una experiencia negativa, decimos: No dejes de leer ese libro, es buenísimo o no se te ocurra leerlo, es malísimo. También lo usamos como oxímoron: Empieza la temporada de béisbol, debes estar tristísimo.

Con el diminutivo me parece necesario tener más cuidado. Hay por allí una aplicación, entre gente religiosa, que me choca, parece, si no sacrílega, al menos irreverente: Diosito. ¡Dios no acepta diminutivos ni superlativos! Dios es total, es el ser por excelencia, no puede ser más ni menos. Dios es Dios y punto. ¿Qué es una expresión de cariño? Dios es Amor, los cariñitos lo ofenden en lugar de darle gloria. Ni al Niño Jesús le va el diminutivo, es el Hijo de Dios, aun recién nacido en las pajas del pesebre, jamás se me ocurriría llamarlo  Jesusito o Chucho.

Hacia el diminutivo indiscutible vamos los venezolanos. Los que se fueron se quedaron sin país; los que nos quedamos también. Aquí lo superlativo es el desamparo. Hacia el diminutivo camina al mundo al son de esta pandemia. En lugar de crecerse en la adversidad, no oye el alerta de Dios, se hunde en leyes aberrantes contra la ley natural. Necesitamos con urgencia superlativos para la fe, la esperanza y la alegría.

*Alicia Álamo Bartolomé es Decana fundadora de la Universidad Monteávila

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