En manga ‘e camisa

Vicente Corostola.-

1960

El triunfo de la revolución cubana se expandía por todo el continente. Las barbas de Fidel se mojaban en otros camaradas. El futuro de El Salvador estaba en juego. Los militares lustraban sus zapatos de charol en reuniones donde el licor fluía a mares. Era el previo de las elecciones. Elecciones sin contrincante, pero elecciones. Jose María Lemus al poder. No llovía tanto café.

La desobediencia civil comenzaba a brotar por las esquinas. La rebeldía de esparcía. Obreros, estudiantes, campesinos salían a la calle. La represión crecía. La universidad cerrada. Periodistas encarcelados y la libertad de prensa hundida. La calle pasó a ser un lugar difícil de habitar. Golpe de estado. La junta militar se encarga del resto.

1980

La historia sigue cíclica. Nacen los frentes de masas. Las guerrillas. Demandas. Reivindicaciones. Cada organización forma su frente de batalla. Ejército Revolucionario del Pueblo. Bloque Popular Revolucionario. Unión Democrática Nacionalista. Movimiento de Liberación Popular. Campesinos. Obreros. Estudiantes. Empleados púbicos hasta vendedores de mercados públicos se organizaron al son de la batalla. Todos contra todos. Un pandemónium.

En medio de todo esto, se encontraba el Arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero.

Constantemente perseguido, calumniado e insultado. Vio a los suyos caer asesinados. La defensa a los más necesitados lo puso cara a cara contra la dictadura. Contra el silbido de las balas. Contra la explosión de una bomba.

La Basílica del Sagrado Corazón de Jesus vivió la escena. Un maletín negro debajo del altar mayor contiene el libreto del director. Páginas de dinamita que no explotaron. No hubo investigación alguna. Todo quedó en el aire. Treinta diaz después un francotirador le clavo su mirilla en el corazón. Antes de la consagración, el Padre Antonio “cayó hostia en mano y sin saber por qué”

“Al padre lo halló la guerra un domingo de misa / Dando la comunión en mangas de camisa / En medio de un padre nuestro el matador / Y sin confesar su culpa le disparó / Antonio cayo, hostia en mano y sin saber por qué / Andrés se murió a su lado sin conocer a Pelé / Y entre el grito y la sorpresa, agonizando otra vez / Estaba el Cristo de palo pegado a la pared / Y nunca se supo el criminal quién fue / Del Padre Antonio y su monaguillo Andrés”

Instinto narrativo. Vocación de denuncia. Hace que Rubén Blades haga de la historia un canto popular. Como dijo Ray Barretto en los lejanos sesentas “la música empezó para el bochinche, pero la verdadera se está convirtiendo en un mensaje social. Está levantando conciencia”.

*Vicente Corostola es profesor de la Universidad Monteávila

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