¿Clase o Stand-Up Comedy?

Nelly Meléndez.-

Tic Tac

Hoy deseo compartir con ustedes algunas reflexiones acerca de la pedagogía actual y cuál es la conducta que esperan algunas personas acerca del quehacer docente, de lo que es una clase y sobre qué debe incluir una buena clase.

Previamente llamo a la consideración de los resultados de pruebas estandarizadas, en particular PISA, aplicadas en distintos países del mundo, donde evalúa competencias en ciencias, lectura y matemáticas. Lo curioso es que los países con enfoques pedagógicos “novedosos” no aparecen en primer lugar en los resultados de esas pruebas, sino países cercanos al “estigma” asociado con brindar a los estudiantes abundantes y profundos contenidos.

Entre los países que están en los primeros lugares de PISA 2019 se encuentra Singapur, Japón, China (Hong Kong), Corea del Sur, Estonia, Finlandia, China (Macao), Nueva Zelanda y Australia. De América Latina en el tercio inferior del ranking se encuentra Chile, Uruguay, México, Colombia, Argentina y Costa Rica.

Mi curiosidad radica en que los países europeos que tradicionalmente se caracterizaron por tener una educación de calidad y que en la actualidad realizan grandes inversiones en educación no aparecen de primeros ¿qué ha pasado? ¿por qué no están en primeros lugares del ranking?

Los estudios comparativos de la educación entre distintos países con buenos y malos sistemas educativos, presentado por Inger Enkvisk dan luz en torno a la situación de un país como Suecia, quien después de tener uno de los sistemas educativos con mayor reconocimiento en el mundo, pasó a ser un país con una deficiente educación.

Quizás alguna respuesta podemos encontrarla en la presencia de nuevas pedagogías que consideran que al estudiante no debemos forzarlo para la adquisición de contenidos específicos, ni profundizar en ellos, que consideran que los estudiantes deben decidir qué desean aprender, pero sin mostrarles el camino, ni discriminar cuál conocimiento es útil, a pesar del peligro de la telaraña de información que muchas veces no les permite trascender de los meros datos y cifras.

También ha llegado a considerarse el aula en todos los niveles educativos como una experiencia lúdica, y eso está bien para crear un entorno positivo, pero donde cada quien aprende lo que quiere, eso sí: sin esfuerzo alguno.  Pero si es el estudiante quien decide qué aprender y no existe un seguimiento riguroso, me pregunto ¿qué aprendió? ¿quién indica la profundidad del conocimiento, más allá del mismo estudiante? ¿cómo sabemos que ha aprendido? ¿con qué profundidad aprendió? ¿cuánto dominio tiene de lo que aprendido? ¿qué tan constructivo es para su vida y la sociedad ese conocimiento?

Por otra parte, nuevas concepciones educativas, centradas en técnicas y no en conocimiento, resumen el papel del docente como un “animador” de la clase, suponen que una clase es buena si el estudiante se ríe y divierte, aplican tal y cual estrategia para estimular, pero esto por sí mismo no genera conocimiento, por lo menos el saber que la sociedad espera preservar a través de las nuevas generaciones, lo necesario para transmitir socialmente y construir nuevo conocimiento útil. Lo que se dibujó en el perfil de egreso del currículo.

Nuevas pedagogías consideran que el aprendizaje no debe conllevar ningún esfuerzo, además de ir a clases, nada de tareas. ¿Qué estimulan? ¿clases cargadas de emoción, pero con poco contenido?

Recuerdo una experiencia donde la docente me comentaba lo maravilloso que fue ese año escolar en la universidad, los estudiantes se comunicaron con la comunidad, se hicieron grandes amigos entre sí, elaboraban excelentes cremas para el “compartir”. Mi pregunta fue ¿cuáles competencias específicas desarrollaron estos estudiantes de ingeniería del software? Pensaba muy reservadamente que si lo más importante era compartir, y no vimos los productos que les condujeran a ser buenos ingenieros, entonces habían perdido gran parte del tiempo.

Aún más ¿qué hacemos con un estudiante que posiblemente viene de un hogar poco estructurado y nosotros lo seguimos tratando de “mi campeón” o de “princesita”? ¿Acaso no nos corresponde tratarlos con madurez y no solo de manera emocional? ¿es que no nos corresponde la labor de guiarlos y orientarlos? ¿será que los docentes ahora tendremos que practicar más nuestros shows para hacer clases cómicas y resolver todo a punta de trabajos en grupo para ahorrar tiempo evaluando?

Disculpen tantas preguntas. Espero que esto lo lea algún estudiante, que le lleve a reflexionar, a exigir profundidad, aprendizajes que a lo mejor ahora no requiera pero que se constituya en bagaje que conforme estructuras cognitivas para aprender otras cosas, que le exija al sistema educativo menos show y más conocimiento, que la universidad sea otro nivel y no la repetición del bachillerato, un sistema que temple su espíritu a través del esfuerzo para hacerlo sentir orgulloso y vea la calificación obtenida como una recompensa a su esfuerzo.

*Nelly Meléndez es profesora de la Universidad Monteávila

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