Desaparecidos

Vicente Corostola.-

1976

Argentina se jugaba los últimos quince minutos de un partido contra la dictadura que comenzó diez años antes. El balón siempre estaba del lado de los verdes. La barra brava calentaba el ambiente. Su consigna “serán inmediatamente ejecutados donde se les encuentre” retumbaba en todo el estadio. En todo el país. El grito de guerra era una bala impaciente que esperaba salir al campo.

La lista negra de los titulares estaba marcada. Juan Domingo e Isabelita recién la habían tipeado. Políticos, senadores, abogados, profesores, obispos, monseñores, comunicadores y artistas estaban a la espera de que el cuerpo colegiado denominado La Triple A diera la orden de entrar al partido. O morir en él.

Casi al minuto 90, la prorroga estaba pactada. Era el momento de hacer el juego más sucio. Se llama a Videla para que entre al campo. Un pequeño flaco de mostacho poblado que rompe tobillos por donde pasa. La guerrilla urbana ha comenzado. Los objetivos son claros. Seguir los lineamientos de los entrenadores anteriores. A la jugada táctica se le llama “desapariciones”.

“Los amigos del barrio pueden desaparecer / los cantores de radio pueden desaparecer / Los que están en los diarios pueden desaparecer / la persona que amas puede desaparecer / Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire / Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle / Los amigos del barrio pueden desaparecer / Pero los dinosaurios van a desaparecer”.

Carlos Alberto Garcia se encuentra en medio de este pandemónium militar. Otro flaco con mostacho nada comparable con el jugador anterior. Joven rebelde que por ser joven rebelde es considerado un peligroso agente subversivo. Le llaman Charly y su afición es hacer canciones.

La censura se apodera de todo. La expresión libre está fulminada. Músicos y artistas son condenados. Algunos huyen al exilio. Otros se quedan a pelear la pelea. La metáfora es el escudo. La manera de decir las cosas. La manera para que la Secretaría de Inteligencia del Estado no entienda el significado de esas letras que a puño escribe en una pequeña libreta. La vuelta de las palabras. El escondite de ellas. La inteligencia de la Secretaría descubre su ignorancia. Tremendo gol a la escuadra.

“El trabalenguas traba lenguas / El asesino te asesina / Y es mucho para ti / Se acabó ese juego que te hacía feliz / No cuentes lo que viste en los jardines, el sueño acabó / Ya no hay morsas ni tortugas / Un río de cabezas aplastadas por el mismo pie / Juegan cricket bajo la luna / Estamos en la tierra de nadie, pero es mía / Los inocentes son los culpables, dice su señoría / El Rey de Espadas”

Consideradas obras poéticamente perfectas. Los textos anti dictadura lograron escapar de la represión. La Alicia, de Lewis Carroll, colaboró en decir aquello que La Reina de Corazones prohibía con toda su furia ciega. El disfraz de Juan Represión quedó tirado en el piso junto a sus héroes de historietas. El Tato Sr. Tijeras descuartizó su moral como a las cortadas, tristes y aburridas películas que dejó. Y Don José Mercado, aquel quien compraba todo importado mientras “los otros” no tienen que comer, se quedó solitario con su fragancia de Chanel. Alegoría pura.

“Los intolerantes no entendieron nada / Ellos decían guerra, yo decía no gracias / Amar a la patria bien nos exigieron / Si ellos son la patria yo soy extranjero”

A diferencia de la dura lucha en las calles, en gran medida, la batalla cultural fue ganada.

Sus aficiones musicales también. La música popular contemporánea, llámala rock, llámala pop era un enemigo a liquidar.

La secretaria de inteligencia del estado censuró algo más de 200 canciones.

En el medio de todo esto, infinidad de artistas cantaban para dentro de si lo que a duras penas podían cantar para afuera.

Al fondo se avecina el mundial del 82. Los dinosaurios están por caer.

*Vicente Corostola es profesor de la Universidad Monteávila

 

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