Los nombres en la filosofía de Fray Luis de León

Emilio Spósito Contreras.-

Todo logro perdurable se basa en la búsqueda de una calidad superior. Por el contrario, nunca un proyecto alcanzó el éxito despreciando el mérito o fomentando la mediocridad, desgraciadamente muy en boga en los últimos años.

La excelencia no es un concepto capitalista o contemporáneo. Desde la obra anónima y colectiva de las pirámides de Egipto hasta los sonetos de Lope de Vega (1562-1635) necesitaron de ingenio y mucho trabajo.

Un buen ejemplo de uno y otro atributo, lo encontramos en fray Luis de León (circa 1527-1591), religioso castellano de la orden de san Agustín, profesor de la Universidad de Salamanca y destacado humanista del particular renacimiento español.

Resulta relevante el gentilicio de fray Luis, porque en su tiempo, Castilla experimentó el vértigo de saberse a la cabeza de la humanidad: dueña del Nuevo Mundo y sus inimaginables riquezas, así como al centro de un torbellino de pueblos y culturas.

Su estado de fraile es remarcable, porque junto a dominicos y franciscanos, los agustinos empezaron a reflexionar sobre los profundos cambios que ocurrían a su alrededor. El carisma del santo de Hipona vendría muy a propósito para ello.

Es de subrayar el escenario de los claustros de la universidad y su trabajo metódico, la escolástica, porque a pesar del transcurso del tiempo ello nos permite tenerle como causante de nuestra cultura y como interlocutor en el marco de la ciencia.

Pero sobre todo, es notable el contexto renacentista del pensamiento luisino, porque en él se entrelazaron gustos medievales, conocimientos antiguos de griegos y romanos, así como también interesantes elementos hebreos y hasta egipcios.

Un buen ejemplo de la obra de fray Luis de León es De los nombres de Cristo (1583), trabajo inscrito en la tradición medieval, presentado bajo la forma de diálogo, al modo de Platón y Cicerón, y desde la visión de un experto retórico.

De los nombres de Cristo es una obra fundamental, en la cual su autor –a semejanza de un cabalista judío–, pretende descubrir los secretos de la divinidad a través de los signos, de las palabras, de los nombres, que componen las sagradas escrituras.

Efectivamente –indica el autor– “…el nombre es una palabra breve que se substituye por aquello de quien se dice y se toma por ello mismo”. Pero de éste, existen dos tipos: “…unos que están en el alma y otros que suenan en la boca”.

Según Platón –tan estimado por san Agustín–, una cosa son los conceptos y otra sus sombras reflejadas en la caverna. De allí que evocando ciertos signos, palabras o nombres, podamos hacer reminiscencia de las luminosas ideas que éstas designan en el mundo real.

Consecuencia de ello es que el lenguaje puede ser más o menos preciso: un lenguaje vulgar versus un lenguaje culto; por lo cual no vale llamar de cualquier forma las cosas y deben preferirse unas palabras a otras para mejor comprender el mundo circundante.

El problema está en la forma en que designamos a Dios –prohibido por los hebreos que mantuvieron oculto su nombre–, o en la que nombramos a los hombres en particular, el nombre civil. El autor cita el nombre de Pedro, puesto por Cristo a su discípulo Simón.

Para resolver el problema de las cosas cuyos nombres propios son palabras comunes, fray Luis de León apela al Apocalipsis de san Juan, al pasaje que refiere una piedrecita con un nombre preciso que Dios entregará a cada uno de los bienaventurados.

Algunas veces también ocurre lo contrario: cambiar los nombres por palabras inofensivas, como un intento de enmascarar o modificar la naturaleza malvada de las cosas. En el antiguo Egipto borraban los jeroglíficos para conjurar el mágico poder de la escritura.

Aunque a veces parezca superfluo, es importante distinguir entre “vacío de poder” y “usurpación”, simplemente porque la mejor respuesta para uno u otro caso es distinta, si no contradictoria. Es responsabilidad del mundo académico ofrecer luces al respecto.

Fray Luis de León enfrentó el severo control del Santo Oficio y pasó más de cuatro años en la cárcel por el sentido dado a sus palabras. Pensemos antes de hablar y llamemos las cosas por su nombre. La claridad es una virtud muy apreciable en nuestros días.

* Emilio Spósito Contreras es profesor de la Universidad Monteávila

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