En lo más profundo

Alicia Álamo Bartolomé.-

En tono menor

Sí, regístrate ahí, en ese hueco hondo de tu corazón, de tu psiquis, de tu alma. Ahí, donde guardas afectos o desafectos, atracción o antipatías, animadversión, odios, discriminación, en fin, sentimientos o pasiones que quizás a veces manifiestes con sinceridad o quizás los guardas por vergüenza, por no parecer retrógrada, conservador o poco liberal y menos  democrático. Eso pasa, cosas enquistadas allí dentro que impiden la universalidad, la amplitud de espíritu.

Me considero privilegiada porque recibí muy pronto el impacto de la discriminación y la rechacé. Tenía 10 años cuando pasé por Panamá, camino con mi familia al exilio en Costa Rica. Allí estaba todo dividido: sanitarios, bebederos, taquillas de venta, asientos, de un lado los blancos (gold) del otro los negros (silver), a los primeros pagaban en patrón oro y a los segundos en plata. Mamá me mandó a comprar unas estampillas; sin pensarlo dos veces, me dirigí a la taquilla silver.

Estalló la II Guerra Mundial, terminaba mi escuela primaria en San José. Tenía una compañera alemana, cuando salimos al recreo, las demás la dejaron sola, yo la tomé del brazo y paseamos por el patio. A esa misma muchacha, ya al comienzo del bachillerato, tuve que arrebatarla de los insultos de otra compañera judía polaca. Estábamos en clase de cocina y la profesora ni la defendió ni mandó callar a la otra.

Mamá era racista, no le gustaba que lleváramos sol porque quien tenía un buen colorcito –nunca he entendido que haya colores mejores que otros-  debía conservarlo; sufría preocupaciones conmigo por el color de mis amistades y porque me fuera a casar con un negro, lo que le causaba pesadillas nocturnas. Ya ves, mamá, ni con negro, ni blanco, ni amarillo ni piel roja, me quedé soltera. Mi hermana menor (†) era muy sencilla y caritativa.

El año que vivimos en Barquisimeto cuando regresamos del exilio, estudió en la escuela pública que dirigía una tía nuestra, allí había niñas que vivían en barrios marginales: hasta allá fue a buscarlas con el chofer para que no faltaran a su fiesta de cumpleaños. Y; sin embargo, ya adulta, vino a contarme un episodio desagradable con un individuo y su reacción: ¡Negro tenías que ser! La regañé y desde entonces bulle en mi mente el tema que hoy abordo: si no nos empeñamos en desarraigar de lo más profundo de nuestro corazón discriminaciones atávicas, que nos vienen en la sangre, seguiremos, los cristianos, siendo anticristianos y, los otros, antihumanos.

Una amiga mía, a quien le fue mal en el matrimonio, me habló de otra suya, casada con un chino muy bueno, cariñoso y atento con su esposa, por lo que ella sacaba la conclusión que era mejor casarse con un hombre de raza inferior. Por supuesto, puse el grito en el cielo, ¡no hay razas mejores que otras! Todos somos iguales por ser hijos de Dios.

Me pasó con un viejo francés, muy liberal, de la resistencia en su país, un anti-nazista total, creía yo…, pero cuando le recomendé una película de Barbra Streisand, saltó: ¡Elle ne me plait pas avec sa gueule de juif (Ella no me gusta con su jeta de judía)! ¡Ah…! Allí estaba el antisemitismo anquilosado. Mi amiga Paulina Gamus lo sabe.

Me he pasado la vida en un quijotesco esfuerzo de enderezar los entuertos de la discriminación. Hoy veo con horror el renacer del antisemitismo en Francia y por eso va de ultima la triste anécdota anterior. Justamente Paulina me envió un artículo con una foto que me horrorizó: un cementerio judío profanado en todas sus tumbas con la pintura de la esvástica. ¿Hasta dónde podemos llegar con ese fanatismo?

Clamo al cielo y a la humanidad porque busquemos con afán tozudo extirpar de una vez por todas este pus de la discriminación que yace en las almas y las envenena. Nosotros los cristianos, con mayor razón: Cristo sólo predicó perdón y amor universal. No olvidemos nunca que nuestra religión nació en la sinagoga, tenemos que amar y respetar a nuestros hermanos mayores. Si nos equivocamos en el pasado, tenemos el presente y todo el futuro para rectificar.

*Alicia Álamo Bartolomé es Decana fundadora de la Universidad Monteávila

Deja un comentario