El proteccionismo y sus mitos (II)

Rafael J. Avila D.-

economia para la gente

En el artículo anterior iniciamos esta disertación sobre el proteccionismo, básicamente argumentando a favor del libre intercambio, revisando sus loables consecuencias, y en contra de la autarquía y sus terribles resultados. Ahora continuaremos nuestras reflexiones en torno a este importante tema.

¿Por qué el proteccionismo?

A pesar del poderoso argumento a favor del libre comercio, casi todos los países del mundo son altamente proteccionistas, y siempre lo han sido, aunque es cierto que se vienen dando tratados entre países que persiguen acercar los pueblos y reducir las barreras al comercio.

Que siga preponderando el proteccionismo se debe a que este beneficia a un grupo relativamente pequeño de intereses especiales, mientras que el libre comercio beneficia al público en general. Es decir, el proteccionismo genera beneficios concentrados en pocos, costos repartidos entre muchos.

El público en general no está ni bien organizado ni bien informado políticamente, pero los intereses especiales sí lo están. Este desequilibrio político fue reconocido por Adam Smith hace más de doscientos años cuando en La riqueza de las naciones escribió que:

“Esperar, en efecto, que la libertad de comercio se restablezca enteramente en Gran Bretaña, es tan absurdo como esperar que una oceana o utopía se establezca en ella. No sólo los prejuicios del público, sino lo que es mucho más inconquistable, los intereses privados de muchos individuos, se oponen irresistiblemente… El miembro del Parlamento que apoye todas las propuestas para fortalecer este monopolio, no sólo adquirirá la reputación de comprender el comercio, sino también una gran popularidad e influencia en un orden de hombres cuyos números y riqueza los hacen de gran importancia.

Si, al contrario, se opone a ellos, y más aún si tiene la autoridad suficiente para poder frustrarlos, ni la probidad más reconocida, ni el más alto rango, ni los mayores servicios públicos pueden protegerlo de los más infames abusos y detracciones, de insultos personales y, a veces, de peligro real, surgidos de la indignación insolente de furiosos y decepcionados monopolistas”.

Las presiones políticas para conceder privilegios monopolísticos son tan fuertes, que incluso las figuras políticas que pasan su carrera hablando a favor del libre comercio, rápidamente caen en las presiones proteccionistas una vez alcanzan un cargo. Cuesta conseguir un firme partidario de un sistema de comercio libre y abierto, entre los actores políticos sobresalientes.

Se podría esperar que los ciudadanos o votantes se opongan a las políticas que sofocan el crecimiento económico y redistribuyen los ingresos de pobres a ricos, que le quitan a la mayoría para beneficiar a unos pocos. Pero la oposición pública al proteccionismo no es muy fuerte porque, según Mancur Olson, «el ciudadano típico suele ser ignorante racional de los asuntos públicos». Es decir, el ciudadano típico pasa la mayor parte de su tiempo preocupándose por sus asuntos personales y no por la política económica. Esto nos hace caer en la inacción colectiva, preservando el statu quo. Para aumentar la confusión, gran parte de la información que reciben los ciudadanos acerca de las políticas públicas es información auto-servida y sesgada difundida por los grupos de presión, o lobistas, de intereses especiales. Como ha dicho Gordon Tullock:

“Los grupos de intereses especiales normalmente tienen interés en disminuir la información del votante promedio. Si pueden venderle un cuento falso que apoye su esfuerzo particular para robar el tesoro, eso vale la pena. Tienen recursos y normalmente hacen esfuerzos para producir este tipo de desinformación. Pero eso no funcionaría si el votante tuviera un fuerte motivo para aprender la verdad”.

Durante décadas, monopolistas y potenciales monopolistas han elaborado cientos de mitos sobre el libre comercio y el proteccionismo. Los siguientes son sólo algunos ejemplos de desinformación sobre el proteccionismo.

Mitos proteccionistas

Mito #1: Las importaciones (y los déficits comerciales) son malos. Las exportaciones (y los superávits comerciales) son buenos.

Los déficits de balanza comercial (importaciones superiores a las exportaciones) generalmente son motivo de preocupación para los gobiernos, y para el estamento político, convirtiéndolos en una «justificación» primordial para la protección. Pero la noción de que importar más de lo que exportamos es necesariamente malo, ignora algunos principios económicos elementales. Primero, las importaciones son nuestra ganancia del comercio. Cuanto más bienes materiales -mayor comercio- mejor. Recordemos, todo el comercio es mutuamente beneficioso.

La analogía entre el comercio interno (o doméstico) y el comercio internacional pone de manifiesto cómo las estadísticas del déficit de balanza comercial pueden dar impresiones engañosas de salud económica. La mayoría de los ciudadanos probablemente tenemos un “déficit comercial” con las tiendas donde hacemos nuestras compras. Pero, ¿quién podría argumentar que una relación comercial equilibrada entre un consumidor y cada tienda en la que compra es necesariamente deseable?

Una balanza comercial equilibrada establecida y obligada por el gobierno -sea para el comercio nacional o internacional- haría que ambos socios comerciales empeoraran. Además, la idea de que, por ejemplo, Venezuela, con una población de 30 millones, debiera comprar tantos bienes de los Estados Unidos como 320 millones de consumidores estadounidenses compren a Venezuela, es absurda. El argumento de un balance comercial es sólo otra débil excusa más para las restricciones comerciales monopolísticas.

Mito #2: Ser una «nación deudora» es económicamente perjudicial.

Ser una nación deudora significa que los extranjeros invierten más en un determinado país (por ejemplo en Venezuela), que lo que los ciudadanos de dicho país (los venezolanos) invierten en el extranjero. Sin embargo, el estatus de país deudor no es necesariamente motivo de alarma, ya que la inversión extranjera en dicho país puede ser beneficiosa. Por ejemplo, hay muchos beneficios evidentes:

Una empresa extranjera establece en Venezuela una nueva planta productora de detergentes. Esta nueva empresa proporciona empleos, hace que la industria nacional sea más competitiva y estimula el crecimiento económico.

Alarmarse sobre convertirse en una nación deudora es ilógico y contradictorio. Por un lado, los proteccionistas se quejan de que está saliendo del país demasiado dinero (estamos importando más de lo que estamos exportando). Luego, cuando el dinero vuelve al país en forma de inversión extranjera, se quejan de que está llegando demasiado dinero. Los proteccionistas no pueden tener ambas cosas: se aferran a razones o argumentos “halados por los cabellos” para justificar los privilegios monopolísticos.

Por ejemplo, imaginemos una pequeña isla del Caribe sin más recursos naturales que las playas y el sol con que Dios la ha bendecido, pero con muchas tiendas repletas de ropa y calzados para vender, y supermercados con anaqueles repletos de víveres de variadas marcas y presentaciones, que por cierto, no han producido ninguno por ellos mismos (ni la ropa, ni el calzado, ni los víveres).

Entonces, ¿cómo es posible que sin haberlos producido en su misma tierra, todas las tiendas y supermercados estén totalmente surtidos, teniendo tan sólo agua salada, sol y arena? Pues no hay manera mágica como eso puede estar ocurriendo: enfocándose en aquello en lo que tienen ventaja comparativa, especializarse en eso, y prestando el mejor servicio posible (turismo), tienen la posibilidad de recibir dinero para luego comprar, en el lugar del planeta donde más les convenga, todo lo que necesiten y ellos no tengan ventaja comparativa para producir, pero otros sí la tengan (ropa, calzado, víveres, etc.).

En este ejemplo puede observarse que en el fondo el intercambio que realmente ocurre es turismo a cambio de ropa, calzado y víveres; en el que el dinero está sólo para facilitar el intercambio, pero no como fin en sí mismo.

De allí, lo importante que es no entorpecer el comercio, no ponerle trabas o barreras al libre intercambio. Cada vez que los gobiernos entorpecen aquello que por naturaleza se daría, perjudican a sus ciudadanos, condenándolos a productos y servicios de menor calidad y mayores precios; condenándolos a menos bienestar y a la pobreza.

Estas prácticas terminan favoreciendo en el corto plazo a la industria doméstica de dicho país, a expensas del consumidor; benefician a unos pocos y perjudican a la mayoría: trasladan recursos (bienestar) del ciudadano de a pie o consumidor (la mayoría) a empresas protegidas (unos pocos: empresarios y empleados). En el largo plazo, perdemos todos.

Bueno amigos, dejémoslo en este punto por los momentos. Seguiremos disertando sobre el proteccionismo en el próximo artículo. Entender de economía política, identificar ganadores y perdedores, nos permite entender por qué no cambia y por qué es difícil cambiar el statu quo.

*Rafael J. Avila D., decano de la facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Monteávila

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