Historias del futuro | El Tlatoani, la voz de Tezcatlipuca

Emilio Spósito Contreras.-

Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) fue un fraile franciscano radicado en Nueva España inmediatamente después de la conquista de Cortés, que desarrolló una extraordinaria labor de investigación enciclopédica sobre la cultura mexicana.

Sahagún fue uno de los preceptores de la élite indígena educada en el célebre Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, fundado en 1536 bajo los auspicios del célebre obispo Zumárraga –protagonista de la aparición de N. S. la Virgen de Guadalupe– y el virrey de Mendoza, y que serviría de fundamento a la universidad mexicana, hoy representada por la Universidad Nacional Autónoma de México.

En tres años, Sahagún aprendió el náhuatl, y tras un trabajo de casi veinte años, compuso su magna obra: Historia General de las cosas de la Nueva España. El ejemplar manuscrito, conocido como Códice florentino (1577), es un tratado bilingüe náhuatl-castellano sobre el saber de los mexicanos antes de la llegada de los europeos, tomados por el franciscano directamente de sabios tlatelolcas.

La Historia General, está conformada por doce libros. El primero de ellos referido a “los dioses que adoraban los naturales”, y en su capítulo III se describe al dios Tezcatlipuca, creador de la escritura, como ocurrió con el Nabû babilónico, el Thoth egipcio, el Brama hindú y el Odín germánico.

Asimismo, Sahagún se refiere al tlatoani u “orador” –la palabra es poder–, nombre dado a los gobernantes mexicanos: líderes religiosos y comandantes militares de su pueblo. Huey Tlatoani de la triple alianza de México-Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopán, por ejemplo, fue el título de Moctezuma II (1466-1520), el último emperador de los aztecas.

En la Historia General, libro octavo, capítulo XVIII, se describe “la manera que tenían en elegir los señores”. A veces se critica que se identifique al huey tlatoani como emperador pero, sobre todo, en la forma de elección, los mexicanos coincidían en mucho, con la forma de elegir al emperador del Sacro Romano Imperio.

Evidentemente, a la nobleza de sangre, debía corresponder una acendrada virtud. Pero sobre todo, las cualidades tan finamente descritas y lamentablemente extrañas entre nosotros, debían ser identificadas por los mejores exponentes de la sociedad mexicana: tecuhtlatoques, achcacauhtis, yautequihuaques y tlenamacaques o papahuaques.

La elegancia de los nahuas no deja de sorprendernos. Compartimos el original entusiasmo que experimentaron los hermanos Sahagún, Toral, Navarro, Ovando y Sequera. La simplicidad del razonamiento es pasmosa: los gobernantes, que basan su poder en el consenso del pueblo, deben ser piadosos, porque de lo contrario, el pueblo y la divinidad que permitió su gobierno, pueden y deben derrocarlos.

*Emilio Spósito Contreras es profesor de la Universidad Monteávila

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