Historias del futuro | Poesía, diálogo y derecho

Emilio Spósito Contreras.-

Sólo disipando tinieblas podremos aspirar a un diálogo sincero. Foto: Rubén Sevilla Brand

Se habló primero poéticamente y solo mucho tiempo más tarde se trató de razonar.

Juan Jacobo Rousseau (1712-1778),

Ensayo sobre el origen de las lenguas, cap. 3.

Resulta relevante que cada vez importe menos la forma soez con la cual se expresan nuestros gobernantes y funcionarios públicos. Seguramente porque en los últimos tiempos son más expresivas las reparticiones de bolsas de comida o de bombas lacrimógenas. Es tan lamentable el gobernante que grita y escupe los más bajos improperios, como el auditorio que no exige, no necesita escuchar. Quizás por eso el diálogo hoy parece inviable entre nosotros.

Según Juan Jacobo Rousseau, en una obra póstuma (1781) titulada Ensayo sobre el origen de las lenguas (traducción de M. Gómez Guthart. Godot. Buenos Aires 2014), existe relación entre la libertad y la forma en la que hablamos: “Antiguamente, cuando la persuasión era considerada una fuerza pública, la elocuencia era necesaria” (cap. 20). En tal sentido, las cualidades del romano se aunaron a las del latín y a través de él se extendieron a buena parte de nuestro mundo.

A pesar de la distancia temporal y espacial, los romanos poblaron España y los españoles hablaron un latín vulgar. En su obra, el ginebrino afirma que “…se desconoce el origen de un hombre hasta que no haya tomado la palabra” (cap. 1), y de ser así, al hablar, somos castellanos y romanos. Las voces disidentes, paradójicamente, serán en español. No queremos desconocer con ello los ricos aportes de germanos, hebreos, árabes, arahuacos o yorubas que subyacen en nuestro decir.

A excepción de los germanos, las fuentes de nuestro idioma son meridionales, lenguas a las que Rousseau atribuye el carácter de “…vivas, sonoras, acentuadas, elocuentes y, a menudo, oscuras por su energía” (cap. 11). Es decir, lenguas especialmente sensuales, con las cuales transmitir sentimientos como “…el amor, el odio, la pena, la rabia…” (cap. 2). En este sentido, el filósofo propone que las primeras expresiones del hombre fueron la música y la poesía.

Sólo como antecedentes, se puede decir que fueron españoles grandes poetas latinos como Séneca, Lucano, Juvencio y Aurelio Prudencio; godos como san Isidoro de Sevilla y judíos, como Jehudá Haleví y Maimónides. Parece que España es tierra propicia para esos bardos de primitivo hablar que apuntan directamente al corazón de sus oyentes: “…la poesía fue encontrada antes que la prosa… ya que las pasiones hablaron antes que la razón” (cap. 12).

De entre los mejores poemas castellanos, resaltan aquellos que describen sentimientos como la pena, la pesadumbre, la desolación, la resignación, la añoranza, la indignación o la venganza. El lector acucioso puede apreciar la fuerza acumulada en palabras que, como una ola, va a estrellarse contra la roca de la injusticia. Puede que al principio no percibamos sus efectos, pero tengan por seguro que de los tiranos, al tiempo –como diría Federico García Lorca (1898-1936)– no quedará más que fina arena.

Escuchemos la voz del coro en la tragedia, o la voz del vate solitario, cualquiera de las dos nos indicará el camino recto. No despreciemos el poder del habla, de una acrisolada lengua, capaz de transmitir los más bellos sentimientos, así como decir las más duras verdades, denunciar los agravios e injuriar a los culpables. Recuérdese, por ejemplo, un fragmento del poema del gran cumanés que recitando en la oscuridad de una celda, todavía resuena en nuestras días, denunciando a quienes hoy llamaríamos  criminales de lesa humanidad:

Evencio. Florencio.

Don Juancho. Don Concho.

Eustoquio. Aparicio.

Suplicio. Suplicio. Suplicio. Suplicio.

Una actualización del poema de Andrés Eloy Blanco (1896-1955), Pesadilla con tambor, se haría inusitadamente larga si tuviera que enumerar a los torturadores de hoy, pero hay que hacerla. La sensibilización sobre lo que nos sucede es requisito previo a su racionalización. Como evidenció María Zambrano (1904-1991),  la poesía es anterior y –de alguna manera– generadora de la filosofía. Sólo disipando tinieblas podremos aspirar a un diálogo sincero y una verdadera justicia.

* Emilio Spósito Conteras es profesor de la Universidad Monteávila.

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