De la pantalla al salón

Después de año y medio, la pantalla y las fallas del internet dieron paso a la pizarra y al video beam, los exámenes nuevamente fueron presenciales y la Universidad Monteávila se llenó otra vez de juventud.

Eric Dassy.-

La ansiedad se escondió tras una mascarilla, dos años de incertidumbre y sin ver la luz al final del túnel. Muchos alumnos estudiando a través de una pantalla –los afortunados-, pero eso ya acabó y la nueva rutina ha vuelto poco a poco.

A medida que el mundo se reconstruye tras la pandemia, estudiantes cambiaron de mentalidad y ahora descubren nuevos aspectos que no sabían. “Las redes sociales fueron mi día a día y ahora no tengo ni tiempo para revisarlas”, es la frase que más suena en los pasillos.

“Realmente el conocimiento no me llega, no puedo prestar atención online, siempre me pongo a hacer otra cosa en la casa”, es otra afirmación escuchada con regularidad.

El quórum de estudiantes gritaba en silencio la necesidad de clases presenciales, hasta que un día de agosto el rectorado envió las normas poco acatadas de cómo sería la vuelta al segundo hogar.

Poco a poco la universidad se llenó, primero los tapabocas existían y con el paso del tiempo comenzaron a desaparecer. Las sonrisas volvían a las caras y el conocimiento realmente lograba entrar en la cabeza.

La falta de wifi dejó de ser un problema, no existían excusas para no tener aquel regreso tan anhelado. “Mi cámara no sirve profe” ya no era un inconveniente ni un pretexto.

Pasaron meses de alegría y el ambiente universitario era algo que no se veía en casi dos años. Tropiezos y repuntes de covid no impidieron que la rutina siguiera.

Hace siete años rondaban alrededor de 1.500 personas en la universidad, con diversas historias de sus vidas, hoy solo pasean 950 personas cuando están todos, nunca se llega a coincidir gracias al programado plan de regreso, pero igualmente la felicidad no es algo que falte en la universidad.

El aroma a café tostado se siente desde la subida cuando el DGCIM te pide que bajes el vidrio, los cuatro si se sienten normal y la maleta si estás de suerte, probablemente no es la mejor manera de comenzar la mañana pero es el anuncio que estás a pocos metros de llegar a la casa de estudios.

Al principio, el estacionamiento fue un dilema, nadie sabía si el puesto era del rector o libre, la logística fue confusa las primeras semanas, pero luego se entendió que el estacionamiento principal es del personal de la universidad y de los alumnos del último semestre.

Ahora por tan solo cinco bolívares Joel y Andy te reciben con la mejor actitud y te ayudan a estacionar el carro, por si fuese poco tienen valet parking, puesto fijo y por 10 dólares el carro te queda brillante.

Personajes que no se nombraban pasaron a tomar protagonismo:

¡Que pases un excelente día! Creo en ti. Palabras que no pueden faltar en la recepción de la señora Virginia.

Los concesionarios de comida comenzaron a averiguar qué era lo que más gustaba, aunque, desde la primera semana, los motorizados de Yummy y Pedidos Ya eran frecuentes en la puerta esperando a los chamos que buscaran su pedido.

Oasis sigue siendo un sitio frecuentado por pocos que solo se llena cuando hay karaoke, eventos que daban paso a los primeros respiros de la nueva vida universitaria.

“Hay días que no aguanto el horario, me levanto y ya me quiero dormir”, afirma uno de los estudiantes de Comunicación Social.

El hecho de no poder levantarse dos minutos antes de la clase y pasar a tener que despertar 30 o 40 minutos, “cuando me tardo menos”, para llegar a tiempo fue un cambio duro, pero necesario.

Necesario porque casi toda la generación z tiene, en mayor o menor grado, déficit de atención, adicción a redes, fue un tiempo en donde realmente se descubrió que la concentración no es su fuerte y en la casa menos.

Desde hace seis meses sillas de madera rozan el suelo, las pizarras se llenan de marcadores, el video beam vuelve a ser un problema, profesores se encuentran dando lo mejor de sí mismo pero sin duda poco a poco el cambio pasará a ser como era hace dos años.

La Universidad Monteavila pasó de llenarse de mangos a alumnos, sus pasillos volvieron a cobrar vida, su verde es más intenso y “sin duda estar tan cerca de El Ávila es una de las cosas más bonitas de estar aquí”.

*Eric Dassy es alumno de la Universidad Monteávila

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