Teología infantil

Alicia Álamo Bartolomé.-

Los seres humanos adultos somos complicados y a menudo nos enredamos en nuestras propias redes. Una vez oí o leí una explicación de lo que es la filosofía y los filósofos, me encantó: un grupo de señores encerrados en un cuarto buscando desesperadamente una ventana y resulta que había una puerta.

No menos gráfica aquella anécdota o leyenda atribuida a san Agustín. El gran Padre de la Iglesia estaba un día a la orilla del mar sumido en sus reflexiones sobre el Misterio de la Santísima Trinidad. En eso, ve a un niño metiendo el agua salada en un huequito en la arena; le preguntó qué hacía y el niño le contestó: “Estoy metiendo todo el mar aquí”. Agustín le señaló lo imposible de su intento y el muchachito le acotó: “Tú estás haciendo lo mismo”.

Queremos reducir a nuestras pobres dimensiones lo inconmensurable. Esa  ambición humana, después de todo no las ha donado Dios, quizás para hacernos avanzar en la civilización, si no pensáramos en alcanzar el sol no habríamos llegado a la luna. De manera que no es censurable sino ponderable. Soñar de acuerdo a nuestras capacidades y un poco más. Así avanza la ciencia. También la soberbia, pero ante este peligro, podemos recibir lecciones de la sencillez de los niños.

Acudo a mi memoria de lo escuchado o leído, quién sabe dónde;  recuerdo al pequeño que le pregunta a su padre: “Papá, ¿quién y cómo es Dios?” Difícil pregunta, por supuesto, pero más aún la respuesta. El padre piensa un poco y empieza con cuidado: “Mira, Dios no es alto ni bajo…, no es gordo ni flaco…, ni hombre ni mujer…, ni negro ni blanco… Y el chico interrumpe: “¡Ya sé, Dios es Michael Jackson!

Otro niño escucha a su abuela tratando de hablarle de la Santísima Trinidad y su inexplicable Misterio. La simplicidad y concreción infantil no se hacen esperar: “Abuela, si es muy fácil, la Santísima Trinidad es como el perico: huevo, tomate y cebolla, pero un solo perico”. Confieso que es la mejor definición de este Misterio que he oído.

Porque yo me he planteado a veces alguna fórmula, no para hacer entenderlo, porque de logarlo no sería misterio, sino para aproximarme al menos con mis entendederas a la superficie del mismo. Claro, he sido más sofisticada, me he ido por la geometría: un triángulo isósceles tiene tres lados iguales distintos entre sí, a, b, y c, pero hacen un solo triángulo Y habrá muchos otros símiles pero ninguno distinto a tratar de meter el mar en un agujero en la arena.

De los niños tenemos mucho que aprender los adultos, a la vez que debemos educarlos nosotros. El sentido de la justicia, por ejemplo.

En los juegos hay unas reglas, los niños las toman en serio, no trates de saltarlas cuando juegas con ellos, es el peor ejemplo que puedes darles. Como la peor paliza recibida en mi vida, nunca la he olvidado. Mamá y otras señoras se antojaron de aprender a jugar béisbol y los niños que lo jugábamos debíamos enseñarlas. Sacados los tres outs, nos tocaba batear, pero las viejas querían seguir bateando. Me negué a entregarles los trastes del oficio, que eran míos; ante la insistencia amenazante de mamá, se los tiré encima…

Al llegar a la casa recibí mi inmerecida paliza. Era ella quien había faltado primero a la justicia. No recuerdo otras palizas, en mi criterio justiciero de niña las sentí merecidas por malcriada.  Por eso las olvidé.

Lo mismo en cuanto a las mentiras, les enseñas a tus hijos que digan siempre la verdad, pero cuando estando frente a ellos te llama por teléfono alguien que no quieres atender, mandas a decir que no estás en casa. Malo. Es caer en la incoherencia, predicamos lo que no practicamos, ¿quién nos va a creer? Las excusas por salir del  paso son una mentira. La sencillez y espontaneidad infantil nos marcan un camino espiritual grato a Dios, nos lo enseñó Teresa del Niño Jesús, la dulce y recia santa de Lisieux: considerarse nada para ganarlo todo.

*Alicia Álamo Bartolomé es decana fundadora de la Universidad Monteávila

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