Roland Garros

Alicia Álamo Bartolomé.-

Al fin Nole pudo con Rafa y alcanzó a ganar su gran anhelo, el único Gran Slam que le faltaba: el Roland Garros. Pero no se dio el gusto completo: no le ganó en una final, sino en la semifinal; lo eliminó, pero no pudo humillar con el premio de un platón como subcampeón, al trece veces ganador del legendario certamen. No creo que el serbio pueda ganar doce veces más para igualar al mallorquín, quien seguirá muchos años con su récord y su leyenda.

Y como son las cosas: en mis cálculos, yo tenía a Stefano Tsitsipas como posible ganador de Nadal en esa contienda y el que más me gustaba para destronarlo. No salió según mis deseos, pero sí se consagró el joven griego como uno de los grandes tenistas del momento con un prometedor porvenir por delante.

¿Y no tengo palabras para Novak Dyokovic el gran triunfador de la jornada en la cancha francesa, el domingo 13 de junio de 2021? Me obligan los hechos, porque el individuo no es de mis simpatías, me cae como porrazo en la espinilla, por su arrogancia y malacrianza.

Le reconozco su férrea capacidad para levantar un partido con dos sets en su contra. Sabía que si llegaban a cuatro sets, Tsitsipas estaría perdido, porque es muy difícil ganarle al serbio cuando se enfila decidido a rescatar un juego.

Reconozco también que ningún tenista actual tiene ese amplio compás de apertura de piernas, prácticamente abarca el ancho de la cancha y eso le permite responder los más difíciles tiros de su contrincante. Aunque Djokovic me sigue cayendo mal, acepto que en su triunfo del Roland Garros 2021 se portó comedido, ni rompió raquetas ni celebró con aspavientos desafiantes ni provocativos, como era de esperarse; lo tomó con calma y se arrodilló en la arcilla…, sin comérsela. ¡Bravo, Novak, te portaste a la altura, estás aprendiendo la hidalguía de los campeones!

Rafael Nadal respira esta hidalguía. Jamás un gesto ni un comentario destemplado dentro o  fuera de la cancha. Su tío Tony lo enseñó, no sólo a jugar tenis, sino a ser humilde, le incrustó en la mente: tus derrotas son tu culpa, no las achaques a causas ajenas a ti mismo.

Y tenemos así a ese gran caballero del tenis que es Nadal, quien además utiliza las jugosas cantidades de dinero ganado en fundaciones benéficas, sin hacer ruido, ni tomar posiciones de divo envanecido. Sí, mi gran simpatía es por Rafa, como deportista, como persona, pero…

Tengo razón y libertad para esta simpatía, mas no la tengo para mi antipatía hacia Djokovic. Debería tener presente la conocida frase de san Josemaría Escrivá: No digas esa persona me cae mal, sino que esa persona me santifica. Porque el serbio piernas largas me puede ser muy útil para mi mejoramiento espiritual. Si cuando lo veo en pantalla en lugar de hacerle higas le dedicara una sonrisa…, si en vez de desearle derrotas le deseara triunfos

Jugando frente a Rafael Nadal esto realmente me costaría mucho, no me comprometo a hacerlo, pero sí a no desearle nunca en su servicio una doble falta, cuando vendría como anillo al dedo. De hecho y aunque parezca mentira, he procedido así, me digo: No hay que desearle mal a nadie y sigo tranquila disfrutando el espectáculo deportivo.

Parece tonto contar mis infantiles “miserias” de televidente deportiva, pero quizás no lo sea tanto si sirven para recordar esas pequeñas e inútiles mezquindades de todo ser humano que lo hacen, no solo desmerecer ante Dios, sino empequeñecer su dignidad de persona. Algunas veces este rechazo a otro es una solapada muestra de envidia por algo que éste tiene y nosotros no.

Otras, es una pose snob: nadie vale, sólo yo. Un ser así se cree muy elegante un su escepticismo, pero en realidad es un factor dañino en la sociedad. Destruye la confianza en los demás. Desvaloriza posibles candidatos para altas responsabilidades.

Es lo que pasa en gran parte de la oposición política venezolana: se dedica a destruir y poner por el suelo la reputación de quienes se destacan. Según esta gente, nadie califica, pero no se lanza a reemplazar a esos despreciables luchadores que sí se están partiendo el pecho en la palestra. Son críticos cobardes tras la barrera. Cuidado. Si caemos en la exhibición de nuestras antipatías, podemos hacer daño a la imagen de un buen líder.

*Alicia Álamo es decana fundadora de la Universidad Monteávila

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