Aprender de nuevo

Ainara Guevara.-

Educación

Cada tanto nos preguntamos cuánto hemos crecido y cambiado respecto a un año anterior. Con el 2020 resulta prácticamente imperativo. Representó una metamorfosis mundial. Y, así como las orugas alcanzan su esplendor al salir de su capullo, creo firmemente que del confinamiento y la pandemia tendremos el espíritu para hacerle frente a la nueva era que se está configurando, cada vez más innovadora y digital. Es allí donde la educación a distancia, más que suponer una mayor exigencia tanto para alumnos como profesores, ha sido como quitar una venda de los ojos.

La sensación de incertidumbre y desorientación de los primeros días de marzo del año pasado me acompañarán por el resto de mi vida. Son de esos momentos históricos que los niños del futuro tendrán como tarea «preguntar a sus abuelitos o a sus papás, seguro ellos lo recuerdan perfectamente».

El día del anuncio de la llegada del Covid al país nos puso a todos en jaque, y en mi caso y el de mi salón, ni siquiera pudimos ver la clase que teníamos pautada a las 11 de la mañana. Lo que hicimos fue discutir el «¿Y ahora qué?» que se avecinaba con suma rapidez. Pensar que la última vez que estuve en un aula fue sin aprovechar el pizarrón y los pupitres resulta un tanto irónico.   

En esa primera cuarentena radical, parecía como si todo el mundo se hubiera puesto en pausa, o al menos, hubiera disminuido su velocidad. Bajar la guardia por ello hizo que pensara que era buena idea hacer asignaciones recostada en la comodidad del sofá de la sala de mi casa, que ver clases en el celular sería increíblemente práctico y que con tal de tener donde anotar cómodamente bastaría. Estaba equivocada. Como dije antes, la educación a distancia ha resultado reveladora, y ha sido así porque en esencia nos exige exactamente lo mismo que la presencial.

A lo largo del último año he leído y escuchado testimonios de puro desagrado al método en línea. No negaré que la educación cara a cara no tiene precio. Creo que no hay mejor forma de manifestar interés y de decir «aquí estoy, tienes toda mi atención» que mirar a los ojos de los profesores cuando explican.  Pero hay algo que se mantiene constante en ambas modalidades para los alumnos, aunque cueste asimilarlo: los hábitos de estudio. Si no se tenían, la pandemia nos ha obligado a prepararnos un horario para nuestra rutina y los merecidos momentos de descanso.

Para mí, el aprendizaje a distancia ha significado designar un espacio en casa donde poder «asistir» a clases con calma, donde no interrumpa la convivencia con el resto de mi familia. Este espacio está lejos del sofá o de mi cama, de lo contrario me distraería con extrema facilidad. Evito usar el pijama cuando no sea de noche, me hace rehén de la modorra. Hago un esfuerzo por aprovechar el día levantándome temprano, independientemente de si tenga una clase o no en la mañana.

Las clases en línea son desafiantes. Necesitan mucha más participación. Somos seres sociales, y como tales, necesitamos saber que en efecto hay alguien detrás de la pantalla escuchando. En lo personal, no soy muy dada a las clases grabadas o en diferido. Si bien son una panacea para cuando sufrimos alguna de las muchas vicisitudes ligadas a la luz y el internet, creo que pierden el chiste y la emoción de preguntar en tiempo real. Soy defensora del respeto a los tiempos, pues estos nos dan sensación de normalidad en medio de esta locura. Por lo mismo, hago lo posible por participar, así sea con una pregunta o una acotación que mantenga viva la conversación.

La educación a distancia también ha sido una de las mayores pruebas de vivencia en el siglo XXI. La revolución informática y tecnológica es un hecho desde hace mucho, pero pareciera que no le habíamos sacado provecho hasta ahora que la naturaleza nos pone a prueba. No pienso que exagero al decir que todos hemos aprendido aunque sea una cosa nueva referente a la tecnología en este tiempo de aprendizaje y enseñanza en línea, ya sea una función desconocida de un programa con el que ya estábamos «familiarizados» o conociendo otras herramientas que se han vuelto de uso cotidiano como Zoom. Yo incluso descubrí que puedo hacer videos con Powerpoint.

Pero, si solo limito mis aprendizajes a distancia al ámbito académico estaría subestimando de alguna manera aquella transmutación llamada Covid-19. He replanteado también la importancia de lavarme las manos, de compartir en familia en los momentos de la comida, de respetar las medidas de bioseguridad no solo por mí sino por los otros, y sí, también sobre el buscar sobre los temas que más me llamaron la atención en clase por mi propia cuenta, con intención autodidacta.

El pasar tanto tiempo en casa me hizo darme cuenta que he dado por sentado la calidez de los rayos del sol, siempre presentes cuando salía con mucha frecuencia a cualquier lugar. Ahora busco un rato para estar cerca del jardín y  quemar energía en un entorno sin cuatro paredes. En última instancia, diría que el mayor bagaje que me llevo de esta experiencia es similar a la de otras circunstancias retadoras: el aprender a vivir de nuevo, y hacerlo con resiliencia y tomando en cuenta los errores del pasado y las adquisiciones del presente. 

*Ainara Guevara es estudiante de la Universidad Monteávila

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *