La pandemia implicó un rejuvenecimiento y la confirmación con el compromiso académico

Redacción.-

Universidad Monteávila

El profesor de la Universidad Monteávila Résmil Chacón recuerda la labor de un sacerdote de un pequeño pueblo al servicio de su comunidad en el marco de una epidemia de viruela, en 1764, al hacer el paralelismo, el académico reconoce que la situación actual ha empujado al profesorado a aprender nuevas herramientas, lo que ha conllevado al rejuvenecimiento del académico y a la confirmación de su compromiso académico.

Tales palabras fueron dadas con ocasión del comienzo del nuevo semestre académica en la Universidad Monteávila, el profesor Résmil Chacón ofreció unas palabras de aliento a sus colegas, quienes siguen al frente de la labor educativa a pesar de las limitaciones impuestas por la pandemia.

“Debemos seguir prestos cualquiera que sea el escenario, saber que para nuestros estudiantes y sus familias tampoco ha sido fácil, los que cumplimos el doble rol de docentes y padres bien lo sabemos, pero como Antonio Xavier Monasterios en el siglo XVIII, debemos hacer el mayor de los esfuerzos y seguir cumpliendo nuestra labor sin desfallecer, con responsabilidad, con optimismo, con fe y con esperanza”.

Palabras del profesor Résmil Chacón:

Agradezco a la Facultad de Ciencias de la Educación por permitirme compartir con todos ustedes, queridos compañeros, unas breves palabras en esta reunión de profesores que marca el inicio de un nuevo semestre. Para mí, que este 2021 cumplo 23 años de labor ininterrumpida en la universidad, sigue siendo motivo de ilusión el comienzo de cada período académico.

Voy a relatar un hecho histórico ocurrido en el siglo XVIII para después concluir con algunas reflexiones. Cualquier parecido con la realidad actual es mera casualidad. En 1763 se produjo en Caracas una epidemia de viruela cuyos efectos fueron devastadores, se extendieron a otras partes de lo que hoy es nuestro país y se prolongaron por algunos años. Sólo en 1764 ocasionó más de mil muertes en una población caraqueña que rondaba las 25 mil almas. Debe entenderse que para la época, la viruela tenía un tasa de mortalidad de alrededor de un 30 %, con una mayor incidencia en los infantes. Hoy la OMS considera a la viruela como enfermedad erradicada en todo el planeta.

En relación con lo acontecido en el siglo XVIII nos topamos con relatos que narran el siguiente panorama:

“La mayoría de los enfermos morían sin poder obtener ayuda, para lo cual se construyeron varías zanjas cerca del campo de Santa Rosalía, donde se lanzaban los cuerpos de los fallecidos por la enfermedad; mientras que los enfermos eran trasladados hasta el degredo, con intención de esperar que murieran o superaran con vida la enfermedad”.

Sin duda se trata de un cuadro trágico, pero como suele ocurrir en toda adversidad, descubrimos evidencias de personas coherentes con su vocación y dispuestas a cumplir con la misión que les ha sido confiada.

Hace unos años, investigando, me topé en el Archivo Arquidiocesano de Caracas, en la sección Documentos Episcopales, con tres cartas de un cura de pueblo a su obispo. En las mismas, hace alusión a la epidemia de viruela que venimos considerando.

En la primera, de fecha 6 de mayo de 1764, Don Antonio Xavier Monasterios, que es el nombre de este cura, escribe en términos optimistas:

En orden a la epidemia, ahora ha sido el Señor, y su Santísima Madre vernos con la piedad, pues hasta el presente sólo han salido tres, que la trajeron de la ciudad (Caracas), de los cuales dos fueron, a la ciudad, donde, llegaron bien, y el otro se regresó con la mayor asistencia, y cuidado, … pero fue Dios servido llevado a su Santo Reino con el consuelo de los Sacramentos, que le administre…

Pronto la situación se agrava, como se puede apreciar de la segunda carta dirigida al obispo, el mes siguiente, en fecha 7 de junio de 1764:

(Habiéndose propagado) la epidemia aquí en este Valle en uno que luego murió, en esta ocasión pongo en noticia de V.Y. haber después prendido más, pues del presente se hallan seis y muertos tres, pero con el consuelo de haberlos administrado todos, y administraré a los demás que en lo adelante salieren, pero como quiera que yo no había pasado semejante epidemia, temo prudentemente el que me dé, y en este caso quedamos así yo como ellos careciendo del pasto espiritual (sin que se entienda VY ser excusa de mi obligación, ni menos miedo de la epidemia, sino vacante prevención de que no falte a mis ovejas, y de VY, el pasto, pues ínterin yo pueda, no les falta) (sic)…

La tercera carta de fecha 15 de julio de 1764, nos permite inferir que la situación continuó agravándose:

Señor en mi antecedente di noticia a V.Y., había tomado cuerpo la epidemia en este valle y si Dios no se duele de nosotros creo continuará, por cuyo motivo, suplico a V.Y. para consuelo de los enfermos, se sirva concederme licencia, para disponer, y bendecir un lugar determinado donde darles sepultura, pues, como aun el pueblo se mantiene guardado, y libre no se permite traerlos a la Iglesia.

Me atrevo a señalar que con lo que llevo dicho, si la intención era motivarlos, no lo he logrado, pero espero que al final así sea.

Lo cierto es que la epidemia se superó, sin que el pueblo desapareciera.

Pero hay otra cosa que merece ser destacada, y es que ese sacerdote del siglo XVIII, de aquel pequeño pueblo, en aquel momento, un hombre como cualquiera de nosotros, jamás pudo haber imaginado que en el siglo XXI un curioso de la historia, en una reunión de profesores, lo colocaría como ejemplo de lo que es cumplir con su deber.

Él simplemente comprendía cuál era el papel que le tocaba desempeñar en aquel momento aciago y así lo hizo. No tenemos noticia y quizá jamás sabremos si logró sobrevivir.

No hacía publicidad de su labor esperando reconocimiento, sino que de manera privada informaba a su obispo, como era su obligación, sobre una situación que afectaba a su curato y del temor cierto de que siendo el único cura, de morir, no habría quien administrara lo sagrados sacramentos a los enfermos.

Hoy nosotros atravesamos una situación de pandemia de efectos globales que también ha afectado a nuestro país y, en ese ambiente de desasosiego, donde quizá algunos han tenido experiencias más duras que otros, todos hemos cumplido de la mejor manera posible con el papel que nos has tocado, como abuelos, como padres, como hijos, como hermanos y como profesionales de la docencia.

En este último rol, hemos acompañado la formación de los alumnos que la vida nos ha confiado con voluntad inquebrantable. Hemos tenido que salir de un saber hacer para adaptarnos a un esquema novedoso para la mayoría. Sin duda ha sido una oportunidad de aprendizaje, una oportunidad de entrega y de poner ese extra por el bien del otro.

Hemos tenido que adaptarnos a herramientas tecnológicas desde lo más básico, empezando por aprender a pronunciar el nombre: Google Classroom, Google Meet, pero con el incentivo de saber que estábamos haciendo lo que teníamos que hacer en el momento preciso. Con esto no pretendo minimizar el lado oscuro de toda esta pandemia, pero al mismo tiempo tampoco quiero cubrir con un velo las experiencias exitosas que hemos cosechado.

Nuestra Facultad de Ciencias de la Educación ha seguido activa, funcionando y ese es un logro de todos nosotros: Autoridades, profesores, familias y alumnos. Como docentes nos hemos incorporarnos más ampliamente a una realidad digital frente a la cual quizá nos hubiéramos resistido de ser otras las circunstancias. No es fácil después de pocos o muchos años de labor docente, un cambio tan radical y la resistencia suele ser habitual. Sin embargo, nos hemos renovado, nos hemos rejuvenecido y nos hemos manejado con medios que muchos de nuestros alumnos ya utilizaban con soltura. Cuánto hemos aprendido en apenas un año.

Hoy nos reunimos para dar inicio a un nuevo semestre, que si continuará a distancia, que si será un esquema mixto o presencial, no lo sabemos a ciencia cierta. Pero debemos seguir prestos cualquiera que sea el escenario, saber que para nuestros estudiantes y sus familias tampoco ha sido fácil, los que cumplimos el doble rol de docentes y padres bien lo sabemos, pero como Antonio Xavier Monasterios en el siglo XVIII, debemos hacer el mayor de los esfuerzos y seguir cumpliendo nuestra labor sin desfallecer, con responsabilidad, con optimismo, con fe y con esperanza.

Quizá en el siglo XXV otro curioso de la historia puede que no hable en particular de cada uno de nosotros, pero seguro reconocerá, como en el siglo XXI un grupo de hombres y mujeres conscientes de la responsabilidad que tenían por delante, trabajaron arduamente y fueron coherentes, en nuestro caso, con su vocación docente.

Como toda institución, la Universidad Monteávila está construyendo su historia y nosotros somos parte de ella.

*Palabras del profesor Résmil Chacón con motivo de la reunión de profesores por el inicio del semestre

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