Taza para zurdos

Alicia Álamo Bartolomé.-

En tono menor

Uno de estos viernes no pude dar mi acostumbrada clase para veteranos en nuestra Universidad Monteávila. Mi curso se llama “Momentos estelares del teatro universal” y es los viernes de 7.30 a 9 am en la Sala del Consejo Universitario, por si a alguien le interesa, de paso, es gratuito (valga la cuña).

¿Pero qué pasó ese día? Muy sencillo, las dependencias militares anejas, vigilantes constantes de nuestras entradas y salidas de la zona, pidieron suspender actividades a la universidad y supongo que también a las empresas vecinas, como la misa de 12 m en Sta. María Eufrasia, iglesia de las Hermanas del Buen Pastor. ¿Qué de extraordinario sucedía? Vamos a contarlo.

En la calle Vargas -mejor decir callejuela por su lamentable estado de abandono- de acceso a la universidad, como a las dependencias militares dichas, Locatel y  unas industrias, hay una pequeña redoma con un busto del Dr. Patrocinio Peñuela, médico, con cuyo nombre existen, además, un hospital en el estado Táchira, muy agitado en los últimos tiempos por choques entre médicos y el gobierno, más una clínica popular en la caraqueña parroquia de El Valle.

Esa minúscula plaza tiene mucho tiempo allí, sin asegurarlo, me parece que la hizo un gobierno copeyano. Pues bien, en estos días las fuerzas armadas inteligentes resolvieron reparar, embellecer o correr un poquito de sitio -no lo sé bien- la modesta redoma. Entonces el pasado viernes 16 de noviembre reinauguraron con gran pompa -con reparto de comida y todo- y se me hace que como obra inmortal del gobierno bolivariano.

Hoy, la calva en bronce del ilustre galeno, luce pulida y brillante, sin la noble pátina correspondiente, ¿qué se podía esperar? Eso sí y lo apruebo, ahora sembraron en las jardineras circundantes plantas ornamentales, quiera Dios que las cuiden y no terminen como depósito de terrones, colillas de cigarrillos y otros desperdicios.

Son muchas las apropiaciones del régimen actual de obras realizadas en el pasado, en las cuatro decenas de años anteriores, la más emblemática, el Sistema Nacional de Orquestas, pero hay otras y profusas: tramos de carreteras, del metro, puentes, represas, etc. y, por supuesto, cambios de nombres ilustres por los de palurdos revolucionarios y otros, como nueva denominación de ministerios -al de Educación se lo han cambiado tres o cuatro veces– con la consabida alteración de títulos y membretes en la papelería, desperdicio de la vieja y tremendo gasto para acondicionar la nueva, ¡con razón no hay papel para recibos ni comprobantes!

Las únicas ideas “originales” que yo recuerde en estos 20 años -por lo demás ridículas, inútiles, costosas y casi todas completamente fracasadas- son: el cambio de dirección de la cabeza del caballito blanco en el escudo, los cultivos hidropónicos en la avenida Bolívar, los gallineros verticales, la ruta de la empanada, el baño con totuma…

Y no crean que el título de esta artículo es como aquel del teatro del absurdo, “La cantante calva”, de Eugene Ioneso, que nada tiene que ver con el contenido de la obra, no, en este caso es muy cuerdo y coherente; de esta manada de genios creativos saldrá su máxima figura, el más grande del siglo XXI, qué digo, de los últimos siglos: el inventor de la taza para zurdos.       

*Alicia Álamo es Decana fundadora de la Universidad Monteávila

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