Historias del futuro | La silla como sí­mbolo del poder

Emilio Spósito Contreras.-

Parafraseando a lord Acton, un poder sin fin… corrompe infinitamente. Foto: Cortesí­a

Son muchas las representaciones antiguas de gobernantes sentados, y muchos de ellos en sillas. Bien es cierto que los japoneses no usaron sillas para sentarse, pero los hititas, persas, egipcios y chinos sí­ lo hicieron. También los dioses, cual gobernantes terrenales, se representaron sentados: desde la Diosa Madre, Cibeles, Isis –cuyo nombre Ast hace referencia a “trono”–, Zeus y hasta Jesucristo Pantocrator.

Pero la silla –o el trono– como tal, no siempre fue un sí­mbolo del poder, en tanto no es una insignia personal del gobernante. Por el contrario, la corona por ejemplo, serí­a la aureola que irradia la cabeza del rey.

Precisamente a diferencia de coronas, cetros, espadas, anillos, trajes, mantos, etcetera, la silla es “transpersonal”. Un caso excepcional serí­a la “Piedra del Destino”, reliquia escocesa que según la tradición, corresponderí­a a la piedra en la cual Jacob apoyó su cabeza durante un sueño: “Llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí­, porque ya se habí­a puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y acostose en aquel lugar” (Génesis, 28, 11).

Como llegó a suceder con la idea de corona, que anticipó al Estado independientemente de la persona del gobernante, la silla apunta más al ejercicio del poder que al gobernante mismo (metonimia). También, es un sí­mbolo del poder, independientemente de su naturaleza: divino, real, republicano, imperial o papal.

La silla representa la estructura del poder, el ejercicio del poder. Piénsese por ejemplo, en la cátedra del obispo (del latí­n cathÄ•dra, y este del griego καθέδρα, kathédra: asiento), la silla del profesor, la butaca del académico. Otro ejemplo lo encontramos en la “Cátedra de San Pedro”, y de su despersonalización, en el monumento del cavaliere Gian Lorenzo Bernini, en la Basí­lica de San Pedro de Roma.

Gobernar, juzgar, sólo hoy es una actividad profana, pero en general, el ejercicio del poder polí­tico ha estado revestido de sacralidad, y un trono usualmente es un trono sagrado. Precisamente entre los romanos, pueblo sedente por excelencia, encontramos la silla como sí­mbolo del gobernante: la “sella curulis”.

La curia fue una forma de organización romana primitiva, anterior a la fundación de la civitas, fue una prerrogativa del rex, después de los magistrados mayores y, como su nombre lo indica, del edil curul.

Las sillas curules que conocemos son un mueble muy sencillo, que tendrí­an su origen –como muchas de las cosas romanas trascendentales– en el mundo militar. Una de las armas más avanzadas de la Antigí¼edad, fue el carro de guerra o de combate, inventado por los hititas y copiado por los babilónicos, los egipcios, los persas (vide el mosaico de Issos), los griegos, los etruscos y los romanos. Esta avanzada máquina bélica llevaba una silla tipo curul para el arquero.

Durante la república, las magistraturas mayores tení­an derecho a usar la silla, mientras que el resto debí­a permanecer de pie. Sobre tales costumbres romanas, destacan los trabajos de Pier Grimal y Florence Dupont.

Precisamente Dupont, en su obra La vie quotidienne du citoyen romain sous la République, cuenta que un dí­a Cneo Flavio fue a la casa de su colega edil que estaba enfermo. En la habitación se encontraban numerosos jóvenes de la nobleza. Ninguno se levantó ni se dignó hacerlo sentar. Flavio rio ordenó que se le trajera la silla curul. Se ubicó en el umbral de la casa a fin de que ninguno pudiese salir sin verlo sentado en ella.

Así­ juzgaba el magistrado, actividad predilecta de los romanos, mientras el resto debí­a permanecer de pie. Quizás de allí­ venga la cortesí­a de levantarnos si estamos sentados para saludar a la persona que llega –para allanarnos– y, a continuación, ofrecerle una silla para que tome asiento.

Se cuenta que la silla curul como mueble era particularmente incómoda, lo que hací­a que sus ocupantes no pudieran estar mucho tiempo en ellas. Por eso durante la república, las magistraturas duraban sólo un año, con excepción del dictador (seis meses) y el censor (dieciocho meses cada lustro).

¿Acaso una referencia a la conveniencia o necesidad de permanecer poco tiempo en el poder? Parafraseando a lord Acton, un poder sin fin… corrompe infinitamente.

*Emilio Spósito Contreras es profesor de la Universidad Monteávila 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pluma