“Tomo cinco pastillas para el corazón y no consigo ninguna”

Yelitza Jaimes.-

Desde hace dos años Urbano sufre una cardiopatía. Foto: Yelitza Jaimes

Con el paso de los años, los enfermos crónicos han padecido de diversas maneras. Primero el viacrucis por distintas farmacias, en busca de los medicamentos necesarios para continuar plenamente su vida. Ahora, en una etapa más crítica dependen en muchos casos de auxilios venidos del exterior o de pequeños milagros.

Tal es el caso de Dionisio Urbano, de 65 años, quien fue diagnosticado en el 2015 de problemas cardiacos. El hombre se enteró de su padecimiento cuando estaba en el Hipódromo de Caracas, donde se desempeñaba como vigilante nocturno.

De repente, sintió mareos y pesadez, terminó su turno y se fue al mercado para comprar “aliños”. Cuando realizó un pequeño esfuerzo al alzar unos sacos de verdura, sufrió un derrame nasal y fue trasladado al CDI más cercano, luego al Hospitalito de Coche y, por último, al hospital Vargas, en donde le realizaron los exámenes necesarios

Desde ese momento requiere medicamentos diarios cuya prescripción debe tomarse disciplinadamente, para evitar futuras y graves complicaciones, que en los peores casos pueden conllevar a la muerte.

“Vivir en Venezuela con una gripe ya es difícil, ahora con problemas cardiacos es más complicado. Recorrí muchos hospitales para ser atendido, porque los mismos no cuentan con los recursos e insumos para atender cualquier emergencia”, indicó el hombre con pesar, quien tiene dos años padeciendo la escasez de medicamentos y la angustia de su comprometido cuadro de salud.

Urbano explicó que entre las limitaciones que le ha generado el padecimiento que sufre está el no poder realizar trabajos forzados, pues esta enfermedad “me obliga a estar tranquilo en casa”, indicó al mismo tiempo que señaló sin lugar a dudas que “la vida ahora es fuerte…, ya que el dinero no alcanza y la pensión menos”.

De las cinco pastillas que debe tomar con regularidad, no tiene ninguna en estos momentos. “No consigo ninguna, en una oportunidad mi hija fue hasta Carúpano a conseguirlas”, señaló. En este viacrucis que representa vivir en la Venezuela actual donde “no hay comida, medicamentos, insumos, ni seguridad”, su hija ha sido su principal compañía, incluso perdió su empleo al dedicarse a buscarle el tratamiento.

La escasez de medicamentos se ha acrecentado en los últimos años. Foto: Mary Ann González

Es triste y fuerte, cuando me diagnosticaron esta enfermedad lloré, porque pensé que iba a morir con esta condición, pues no conseguía los medicamentos, hay temporadas que no los ubico. La cardiopatía afectó mi vida diaria y la de mi familia, pero seguimos luchando y aquí estamos, sobreviviendo con esta enfermedad y con esta Venezuela”, indicó Urbano.

Carlos Manchego, de 56 años, también tiene su historia particular. Él fue diagnosticado hace dos años de diabetes en el ambulatorio de Santa Ana, en el estado fronterizo de Táchira, donde vive.

Esta enfermedad altera los niveles de azúcar en la sangre, que deben mantenerse estables con un tratamiento en específico, que puede ser pastillas o insulina, medicamentos que desde hace algún tiempo son vistos esporádicamente en las farmacias, como comenta Manchego.

“Actualmente tengo el tratamiento porque una de mis hijas lo compró en Caracas, pues en Táchira todo es un contrabando y la vida es más ruda; sin embargo, en lo que va de año no lo he conseguido, lo que tengo es porque lo tenía guardado hace varios meses. Ahora me imagino que cuando lo encontremos estará más costoso”.

Dulce Manchego, hija de Carlos, aseguró que en el tratamiento la salud emocional es importantísima, por esto “tratamos de llevarla con calma y positivismo, ya que esta enfermedad está muy relacionada con lo emocional. No debemos tomar a mal este diagnóstico, sólo aceptarlo y asumirlo”, indicó la mujer quien afirma que la familia hace todo lo posible para conseguir los medicamentos, y no darle preocupaciones a su padre.

Agregó que las personas no deben verse limitadas por la diabetes, aunque reconoció lo difícil que es padecer de una enfermedad en estos momentos, porque “vivimos en una Venezuela diferente y ruda, pero aun así se debe hacer frente a la vida y tener fe de que todo cambiará”.

Situación similar vive Ingrid Espinoza, quien es insulinodependiente desde hace más de 15 años y ha vivido momentos críticos ante la escasez de este medicamento. En su familia no solo ella depende de la insulina, sino también su esposo y su hija mayor. Hasta Colombia han tenido que buscar el tratamiento. Tiene hijos fuera del país, pero las condiciones de traslado (debe permanecer refrigerada) complican que ellos puedan mandársela desde México, donde residen.

La mujer, enfermera jubilada, se indigna ante la situación crítica que vive el país. “No pueden jugar con la salud de uno como lo hacen. Hace 12 años sufrí cáncer se seno y lo superé, si me hubiesen detectado el cáncer hoy, creo que moriría por la falta del tratamiento. No es justo”.

*Yelitza Jaimes es estudiante de la Universidad Monteávila

*Mary Ann González es estudiante de la Universidad Monteávila

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