Andrés Bello y la agricultura, nodriza de las gentes

Emilio Spósito Contreras.-

Durante su estadía en la brumosa Londres, el sabio americano Andrés Bello (1781-1865) publicó uno de sus poemas más perfectos y conocidos: La agricultura en la Zona Tórrida (Repertorio Americano, I. Londres, 1826, pp. 7-18). En él, un nostálgico Bello rememoró los paisajes venezolanos: “…desde el llano | que tiene por lindero el horizonte, | hasta el erguido monte, | de inaccesible nieve siempre cano” (versos 14-17); repasó además algunos de sus frutos más representativos: la blanca yuca (40), “la fresca parcha” (44), el altanero maíz (48) o el dulce banano (50); así como sus principales cultivos: el cafetal que adorna la ladera (218-219) y el teobroma amparado a la sombra de su maternal bucare (220-221).

Como muchos migrantes venezolanos, en un primer momento Bello evocó la calidez y fertilidad de la patria. Pero sin caer en una pueril idealización de ésta, en un segundo momento reconoció que a pesar de la naturaleza benigna, contrastantes males nos aquejan: “…tanta zozobra, ansia, tumulto, | tantos años de fiera | devastación y militar insulto” (274-276); y a pesar del tiempo y la distancia, el poeta otea el peligro acechante: “…el humo [que] en negro remolino sube, | aglomerando nube sobre nube” (245-246), y hasta se desespera: “…de lo que antes era | sólo difuntos troncos, | sólo cenizas quedan…” (249-250).

Bello advirtió que la decadencia y ruina física o material ocasionada por el desorden de la guerra y el abandono de los campos, tienen su correlación moral, institucional, y entonces, entre impotente y angustiado se preguntó por el futuro de las incipientes repúblicas americanas: “¿Y será que se formen de ese modo | los ánimos heroicos denodados | que fundan y sustentan los estados?” (106-108), “¿…la dura juventud saldrá, modesta, | orgullo de la patria, y esperanza?” (111-112), “¿Sabrá con firme pulso | de la severa ley regir el freno…?” (113-114).

Como otros insignes caraqueños que se plantearon el problema de constituir pueblos –v. gr. Miranda, Rodríguez o Bolívar–, el humanista recurrió a los ejemplos de Roma, propugnando la práctica de la agricultura, “nodriza de las gentes” (225), como la mejor vía para formar ciudadanos: “No así trató la triunfadora Roma | las artes de la paz y de la guerra; | antes fio las riendas del estado | a la mano robusta | que tostó el sol y encalleció el arado” (125-132).

Leyendo a Bello, es imposible no asociar su poesía a los destacados autores latinos que escribieron sobre la agricultura en verso, tales como Virgilio (70-19 a.C.) en Geórgicas: “…comenzaré a cantar qué es lo que hace | ser gruesos y abundosos los sembrados” (2-3), o Columella (4-70) en Sobre la agricultura, X: “También voy a enseñarte, ¡oh mi Silvino! | a cultivar el huerto deleitoso” (1-2). En el mismo sentido, no parece casual que Bello frecuentemente refiriera en su obra el principal producto de los romanos: “de qué ley regidas” (112) “la severa ley” (114), “la ley templo” (358); que luego él mismo cultivó tan bien en su Código Civil de Chile (1855).

Otro antecedente de tal opinión favorecedora del agro, lo encontramos en el célebre Contrato social (1762) de Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), en el cual a propósito de los comicios romanos, el ginebrino subrayó que “…todo lo que Roma tenía de ilustre, vivía en los campos cultivando la tierra, acostumbrados a buscar en ellos el sostenimiento de la república” (IV, iv). Eco de este pensamiento entre nosotros, resulta evidente en el también conocido aunque desatendido llamado de Arturo Uslar Pietri (1906-2001), en su artículo Sembrar el petróleo (Editorial del diario Ahora, año I, número 183. Caracas, 14 de julio de 1936, p. 1):

La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar, es la de transformar la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el campo, crear cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios para otros.

Sin imaginar el futuro rentista, minero, y el devenir histórico y social de Venezuela, Bello aspiraba que “…suelto el cuello de extranjero yugo, | erguiese al cielo el hombre americano…” (291-292), para lo cual no vacilaba en recomendar: “…honrad el campo, honrad la simple vida | del labrador, y su frugal llaneza. | Así tendrán en vos perpetuamente | la libertad morada, | y freno la ambición, y la ley templo” (356-358).

Nuevamente en tiempos de crisis, a los que se suman problemas climáticos, es propicio recordar el llamado del bardo americano y reconstruir la patria desde sus cimientos, tan propicios para las cosechas y la construcción de sólidas estructuras, bajo cuya protección y paz pueda contemplarse como “…vuelve alentado el hombre a la faena, | alza el ancla la nave, a las amigas | auras encomendándose animosa, | enjámbrase el taller, hierve el cortijo, | y no basta la hoz a las espigas” (346-350).

*Emilio Spósito Contreras es profesor de la Universidad Monteávila

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