La conciencia del tiempo

Fernando Vizcaya Carrillo.-

En estos tiempos –un poco más de 20 años-, del comienzo de la Universidad Monteávila, escribo unas líneas, que hagan traer  al presente, unos momentos de inicio en aulas, aunque años atrás, estábamos preparando ese arranque, que dio a luz con alumnos ese día. Y lo hago, con premura, pero buena intención, sabiendo que se me escapan cosas, anécdotas que quizá alguna persona recuerda.

En el mundo hay gran espacio para lo inútil, y uno de los peligros de nuestra época es la mercantilización de lo inútil, para lo cual son particularmente sensibles los jóvenes. De cualquier modo, estoy escribiendo esto porque doy clases. Un producto inútil por completo, según alguna mentalidad pseudo-progresista y pesimista.

Pero creo que esta es una de las características de nobleza del profesor, aunque no es la única, luchar contra un ambiente que desprecia lo presente y va a lo virtual, pero puesto que la docencia es una enfermedad absolutamente endémica e incurable, es la vida misma la que ofrece esas oportunidades.

No se sospecha hasta qué punto está embotada la capacidad de apreciar lo que es auténtico, en qué medida falta la reacción adecuada ante la producción intelectual, y que solo se da con la presencia del profesor y del alumno, y no su imagen que llega a través de medios informáticos.

Durante muchos años los catedráticos universitarios habían predicado la necesidad de la muerte del arte de enseñar en el aula física, esperando quién sabe qué resurrección, cuyos signos no pudieran ser vistos, y dejarlos a los “tiempos tecnológicos”.

¿Qué conclusión debe sacarse de estos hechos? Es evidente que las artes visuales son cada vez más democráticas en el peor sentido de la palabra. El arte es ahora la producción de objetos para el consumo, y hay poca producción intelectual, y ese consumo se suele “desechar”  al final de un tiempo. Estamos invirtiendo el tiempo en mirar imágenes visuales y auditivas, y a esto hay que ponerle atención.

De esa primera clase, que fue un 4 de octubre, prácticamente no recuerdo nada. El salón donde comenzamos es el que se denomina 4 en el aulario actual. La cátedra era Lógica y Dialéctica en la Facultad de Educación y teníamos más de 20 alumnos, creo además que eran puras alumnas. Sin embargo, sí tengo lo que se llama memoria semántica. Significó mucho ese comenzar, con una actitud de especial esperanza y la alegría propia de “salir a escena” universitariamente.

Vienen a la memoria estos recuerdos, porque percibo que tendremos pronto cambios de paradigma, ya institucionalizados, que no necesariamente serán buenos. Hay que volver a los principios que sostienen la dignidad de la persona y allí están  esos trascendentes de Verdad y Bien.

*Fernando Vizcaya Carrillo es profesor de la Universidad Monteávila

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