El derecho y el deber de equivocarse

Felipe González Roa.-

Después de 31 semanas de clase el viernes 8 de mayo los estudiantes de 5to. año de la Universidad Monteávila culminaron sus estudios, jornada que empezó un día de octubre del 2015 y que ahora llegó a su final, el cierre de una fase de vida pero la inmediata continuación de otra.

Durante gran parte del tiempo que los alumnos están en la universidad solo piensan en terminar la carrera, en dejar atrás esta etapa y poder incursionar en el mundo laboral. Por supuesto, la inmensa mayoría realmente quiere finalizar con éxito los estudios, pero no es necesario ocultar los deseos por pronto completar la formación universitaria.

Esta tendencia no es algo especialmente criticable, sobre todo en jóvenes hambrientos de futuro, con ganas de comerse el mundo. Es comprensible que, en esas edades, tengan el ánimo de avanzar rápidamente en sus vidas, de concretar todos los anhelos que se han trazado, de materializar los sueños.

Muchos se dan cuenta solamente muy próximo al final que, probablemente, tuvieron que haber disfrutado más de la etapa universitaria. Estos días de cierre también son marcados por la melancolía, por los recuerdos imborrables e incluso por los deseos de volver a experimentar esos añorados momentos. Porque incluso hasta los sinsabores, los desvelos estudiando, la ansiedad del día de entrega de notas, la “incomprensión” de los profesores, son recordados con cariño en estos instantes culminantes.

Solo queda felicitar sincera y calurosamente a esta generación, conformada por comunicadores sociales, educadores, administradores y abogados

La universidad constituye el mejor momento de la vida. Esto no significa que lo que vendrá ahora será necesariamente malo. Al contrario, ya pronto cada uno de los umaístas iniciará una etapa intensa y apasionante, de concreción de muchos de los objetivos fijados, pero simplemente lo vivido en la universidad jamás se podrá olvidar.

La vida universitaria implica, fundamentalmente, aprendizaje y crecimiento. Todos empiezan como niños, con tiernos delirios adolescentes, y salen como mujeres y hombres con ideas y criterio, profesionales con todas las herramientas para aportar decididamente a la sociedad.

En la universidad todos tienen el derecho, e incluso el deber, de equivocarse. Allí está la posibilidad de aprender y de crecer, esa es la oportunidad que brinda la comprensión del error, asumir con inteligencia y fortaleza las fallas. Ya después, al dejar las aulas, el margen se reduce: hay que comportarse como un profesional.

Justo ahora algunos de los que tuvieron su última experiencia de clase hoy cerrarán los ojos y recordarán con alegría pero también con nostalgia. Muchos de los que hoy permanecen en la universidad, que todavía esperan por el pasar de los años para llegar a la meta, podrían tomar esta reflexión y tal vez el llamado de sus antiguos compañeros: disfruten el momento, vivan la universidad, siéntanla intensamente.

Y mientras todos en la UMA tienen la satisfacción de ver cumplido el ciclo exitoso de otra promoción, solo queda felicitar sincera y calurosamente a esta generación, conformada por comunicadores sociales, educadores, administradores y abogados, que en algunas semanas recibirán del rector los ansiados títulos.

A nadie se le escapa que hoy las circunstancias no son las ideales. Confinados en nuestros hogares, buscando el resguardo que permita derrotar a este terrible virus, este día especial no pudo ser celebrado como todos queríamos, como ustedes lo merecían. Pero eso no empaña el éxito ni significa que deben dejarse arrancar este momento.

Ya pronto llegará el tiempo de festejar. Y vaya fiesta la que será.

*Felipe González Roa es director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila

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